martes, 9 de diciembre de 2014

Historia natural del alma

Historia natural del alma según la neuróloga Laura Bossi

      El voluminoso libro de la italiana Laura HYPERLINK "http://www.puf.com/wiki/Auteur:Laura_Bossi"BossiHistoria natural del alma (1), es un libro eminentemente erudito en el que la neuróloga recorre, en busca del “alma”, las tradiciones míticas, el pensamiento filosófico y los estudios de biología antiguos y modernos. Sus conclusiones, en cambio, son poco innovadoras y termina defendiendo una especie de eclecticismo entre el cristianismo y el cientificismo.


    Al final de todo el recorrido no consigue demostrar que el “alma” exista realmente, aunque sí es cierto que existe su concepto en el interior del ser humano, cosa que no implica su existencia efectiva. A mí, particularmente, me hubiese gustado que el conocimiento y la consciencia que tengo de mí mismo pudiese perdurar en el tiempo de manera que fuese una especie de inmortalidad, si bien no física, al menos, mentalmente. Desgraciadamente, me temo que con la desaparición del soporte físico que alimenta y sustenta la mente, también desaparecerá nuestra conciencia del “yo”, de ser único entre todos los seres y cosas de este mundo.


      Para Laura Bossi el “alma” es un concepto que distingue lo vivo (lo animado) de lo inanimado. Además, propone una división tripartida del concepto “alma”, como hacían los antiguos y los escolásticos.  En el hombre existen las tres almas: la vegetativa (de los vegetales) que nos permite desarrollar las actividades vitales básicas, como la reproducción o la nutrición; el alma sensitiva, presente en los animales, nos permite el conocimiento o percepción de lo sensible, los apetitos inferiores (sexuales, ganas de comer) y el desplazamiento local; y por último, el alma intelectiva, la parte más elevada del alma humana, que no se encuentra en los vegetales ni en los animales. Gracias a ella el hombre posee la voluntad o apetito superior y el intelecto o entendimiento.



Fuente: cmapspublic

      La autora se introduce, en la última parte del libro, en laberintos éticos y jurídicos sobre el cuerpo y los transplantes de órganos, las técnicas de reanimación, el prolongamiento de la vida por medios mecánicos… etc., así que he de confesar que me resultó fatigosa su lectura, entre otras cosas, por dejar entrever demasiado sus credos religiosos.

     La neuróloga alardea de su espiritualidad, hasta el punto de que durante un dialogo que mantuvo con el físico nuclear Trinh Xuan Thuan, budista de creencias, éste tuvo que acotar su vehemencia religiosa recordándole lo que significa ser científico:

     “Como budista, considero que el hombre no es puramente neural y de que hay algo más que no sea la pura materia. Es una corazonada, pero nada en la ciencia actual me lo permite creer. Me resulta difícil concebir que el amor que sentimos por nuestros hijos o la emoción que siento en mi telescopio ante la belleza del universo, sean  sólo el resultado de la transmisión de corrientes eléctricas y químicas neuronales. Pero yo soy un científico, y si la ciencia demuestra, alguna vez que el pensamiento, las emociones y el amor derivan de las corrientes electroquímicas, voy a aceptar su veredicto” (Traducción del autor: Laura Bossi y Trinh Xuan Thuan. Mi viaje cósmico. Rencontres de Fès, Marruecos,  publicado por Philosophie Mag, nº 33)

    Estas mismas creencias religiosas vuelven a aflorar cuando se ocupa del aborto. Por supuesto, Laura Bossi defiende la presencia del alma –de la vida, según ella- en el feto desde el momento mismo de la concepción. Puedes ampliar la doctrina católica al respecto en el artículo ¿Cómo se debe tratar al embrión humano? de Infovaticana.


Tan sólo uno de estos fetos es un embrión humano de 7 semanas

     Nos cuenta que hace tiempo la doctrina de la Iglesia católica no consideraba al aborto un pecado, ni estaba mal visto. Sin embargo, según los católicos, en la actualidad cualquier embrión es considerado humano; por lo tanto, es pecado interrumpir la vida del mismo.

    Según la primitiva doctrina cristiana, entre los siglos XII y XIX, se consideraba al feto como un ser sin alma, la cual tan solo llegaba al feto masculino después de los 40 días de su fecundación, mientras que al femenino llegaba después de los 80 días.


Embriones humanos de 2 y 7 semanas

       Al respecto de la generación de los individuos, durante tiempo hubo posturas diferentes. Para los ovistas, todo estaba en el óvulo, y la función del espermatozoide era apenas excitarlo. Para los animalculistas ocurría todo lo contrario: la semilla (no en vano llamada semen) era el gameto masculino, y el óvulo servía sólo para nutrirlo. Sin embargo, las teorías más antiguas, desde Empédocles, Demócrito, Aristóteles, Paré, Bacon, Van Helmont y Descartes habían defendido la teoría de la “doble simiente”, que daba intervención a ambos sexos en la creación del feto.


Fetos de Leonardo Da Vinci

      Sin embargo todos reservaban el papel protagónico para el varón, amparándose en los prejuicios de su tiempo. Para Galeno, el primero que describió los ovarios, la simiente femenina tenía un rol secundario “por ser menos cálida”. Van Helmont, por su parte, pensaba que el feto nacía de la unión de la sangre menstrual con el esperma. En cuanto a Aristóteles, la hembra ponía la causa material y el macho la formal (hoy diríamos: el “hardware” y el “software” del embrión), según leemos en La guerra de los homúnculos de Pablo Capanna (publicado en Página 12). Laura Bossi, sin aceptar el dualismo (por ejemplo, de las corrientes gnósticas), tampoco acepta el mecanicismo que compara al ser humano con un autómata, o el cerebro con el ordenador. Según ella, el concepto de “alma” es mejor que el de “forma”, “idea”, “esencia”… etc., para comprender que es el hombre.

       Los fetos masculinos se animaban antes que los femeninos porque esta tesis se basaba en la teoría aristotélica que creía en la superioridad del hombre sobre la mujer. Aristóteles, en su Historia de los animales, afirmaba que los fetos masculinos se articulan con mayor precocidad en la scala naturae que los femeninos. Según la tradición del Antiguo Testamento (Levítico, 12, 1-5) la mujer es impura hasta 40 días después del nacimiento de un hijo y 80 días después del nacimiento de una hija. Lo que quiere decir que, pasada la cuarentena de rigor, las mujeres se van equiparando en lo que al alma se refiere a los hombres.


Scala naturae del libro de Ramon Llull De nova logica  (escrito en 1304, publicado en 1512). Fuente: biologydirect

     Los ovistas pensaban que los mamíferos debían tener un “huevo” análogo al de las aves, que crecía cuando era activado por el “fluido” masculino, que Fabrizio D’Acquapendente describió como “aura seminalis” (el cual podía actuar a distancia), sin embargo, para el fisiólogo suizo Albrecht von Haller (1708-1777) este fluido –que daba fuerza y vigor al macho- le pareció nauseabundo, lleno de partículas fétidas, que impedían comer la carne de los animales recién castrados, y provocaban náuseas y vómitos en las embarazadas (2).


Albrecht von Haller

     Hacia 1680 el holandés Leeuwenhoek y el italiano Vallisneri lograron ver con microscopios los primeros espermatozoides, calificados de “animálculo” o “vermes” repugnantes por el holandés y de “auténticos gusanos” por el italiano.

     Pero Buffon (1707-1788), el naturalista, le restó importancia al flagelo surgido del testículo, y trató de encontrar el semen femenino dentro del ovario, imaginándolo como “un humor semejante a la clara del huevo” que era “eyaculado en el acto venéreo”. En la segunda mitad del siglo XVIII, ovistas y animalculistas, incrementaron sus esfuerzos por descubrir en uno de los gametos una especie de embrión miniaturizado, un “hombrecillo” semejante al homúnculo de Paracelso.

     Harvey, el descubridor de la circulación de la sangre, creyó que el embrión miniaturizado era el huevo, al que no relacionó con la fecundación, el cual nacía dentro del ovario, que había sido descrito por Nicolás Stenon (1638-1687), quien lo había señalado como el “testículo femenino”, aunque el primero en llamarlo “ovario” fue Regnier de Graaf (1641-1673). 


Regnier de Graaf, De Mulierum organis generationi insevientibus

      El descubrimiento de que existían ciertos animales y plantas que se reproducían sin fecundación (partenogénesis) fue utilizado por los ovistas para desacreditar a los “animálculos” (espermatozoides). La escritora feminista Charlotte Perkins Gilman escribió su utopía Herland (1915) apoyándose en la partenogénesis (y en sus escasos conocimientos de biología). Imaginó en Amazonia una sociedad de mujeres que se reproducían solas.


Danza Xingú (Amazonia)

     Aunque reacios a recrear conceptualmente el objeto de sus estudios, finalmente algunos biólogos pensaron como los filósofos y se preguntaron en qué consistía este embrión: ¿era un conjunto de partes o una totalidad?, ¿qué se formaba primero, el órgano o el organismo?. Buffon se sirvió de la metáfora del escultor, quien, al crear su obra puede elegir entre tallar un bloque de mármol o apilar trozos de arcilla. Según el científico, la naturaleza obraba de este último modo: el organismo se construye ensamblando moléculas que abundan en la naturaleza. “Cada órgano actúa como un “molde” que filtra las moléculas que le son afines y envía el sobrante al testículo. Los animálculos no son pues organismos sino componentes, que se ensamblan en el útero como en la fábrica de Ford” (La guerra de los homúnculos, por Pablo Capanna, publicado en Página 12)

    La gran pregunta la planteó Maupertuis en 1745: ¿si el feto es apenas un gusanillo que nada en el líquido seminal del padre, por qué habría de parecerse a la madre? Y si no fuera más que el huevo, ¿por qué tendría que tener rasgos del padre?

      Mientras tanto los animalculistas andaban buscando al germen que suponían “preformado” en el espermatozoide. Se atribuye el término “homúnculus” al holandés Hartsoeker, cuando supuestamente escribió en 1694: “si fuera posible verlo, descubriríamos que en el espermatozoide hay un ‘homunculus’, un hombrecito microscópico de gran cabeza encogido como un feto”. En realidad, él dijo que con los instrumentos adecuados podrían verse  “pequeños animales” y “niños” en el interior de los espermatozoides, pero nunca dijo que los vio. Sin embargo, al realizar un dibujo de ellos, muchos creyeron que los había visto.



Un grabado preformista publicado por primera vez en A ground-plan of the origin of man (Anthropogeniae ichnographia) por el anatomista holandés Thomas Kerckring en 1671. Los embriones  con sólo unas unas semanas de vida están igual formados que los niños. La Figura I muestras dos huevos humanos de diferente tamaño, la II son embriones, la III es la placenta. La Figura IV el esqueleto de un embrión de tres semanas, la V un embrión de un mes y la VI  el esqueleto de un embrión de seis semanas. Fuente:  The pardoxal (sic) discourse of F. M. Van Helmont, part 2, London: printed by J.C. and Freeman Collins for Robert Kettlewel, at the Hand and Scepter near St Dunstan’s Church in Fleetstreet, 1685, f. 22. 19 x 11.5 cm. Wellcome Library, London. hps



Figura humana en la cabeza de un espermatozoide, publicado en un libro escrito por el físico holandés y microscopista Nicolas Hartsoeker. Fuente: Nicolaas Hartsoeker, Essay de dioptrique, Paris: Jean Anisson, 1694, p. 230. 24.5 x 18.5 cm. (By permission of the Syndics of Cambridge University Library). hps

      El más fantasioso fue François de Plantade  (secretario de la Sociedad Real de Montpellier) quien aseguró en 1699 que había visto al homúnculo: era “un espectáculo admirable e increíble”. Aseguraba haber visto brazos, piernas y torso del hombrecito, aunque por desgracia no los genitales, debido a su reducido tamaño.

      Los preformistas -la mayoría de los biólogos de entonces- creían que el organismo estaba preformado, con todos sus órganos en miniatura, en alguno de los dos gametos. Así pues, siguiendo a Buffon, pensaban que nuestros antepasados y nuestros descendientes estaban contenidos en un solo germen, de Adán o de Eva según unos u otros.


Gulielmus Harvey en Exercitationes de Generatione Animalium (c.1651) concibe la teoria de la muñecas rusas. Photo © The Hunterian Museum and Art Gallery, University of Glasgow 2014


 Detalle del “ovo omnia” de Harvey

    Estos huevos estaban encapsulados o embutidos uno dentro del otro como las muñecas rusas. Esto planteaba el problema de averiguar el tamaño del primer huevo. El que contenía todos los huevos del pasado, presente y del futuro. Tanto Hartsoeker como Buffon calcularon su tamaño partiendo de un espermatozoide y concluyeron –absurdamente- que sería igual grande que el universo.

     Sin intención de alargarnos, concluiremos que ganaron los partidarios del homúnculo, según el biólogo Richard Lewontin, al que ahora se llama “genoma”. Sin embargo, la concepción mecanicista no podía saber que lo que se miniaturiza no es el organismo sino la información codificada en el ADN. Sin embargo, actualmente se discute sobre el “estatus” del embrión, mezclando conceptos biológicos y jurídicos. En la sociedad actual existe un debate sobre si el feto es un ser humano desde el momento de la fecundación del óvulo por el espermatozoide o, por el contrario, esta categoría se alcanza posteriormente o en el nacimiento. Se plantean discusiones sobre la existencia de consciencia en el feto, sobre si es una persona o una cosa y sobre su propiedad o su carencia de propietario: ¿Puede la madre disponer del feto como quiera?

     Antes de exponer el debate sobre el origen del embrión, vimos anteriormente como la Iglesia consideraba al feto como un ser sin alma.  Fue en 1869 cuando Roma dejó de distinguir entre un faetus animatus e inanimatus, justo cuando Pío IX estaba a la cabeza del Vaticano. En 1864 condenó todos los «errores» del mundo moderno mediante el Syllabus (que incluía la proscripción del liberalismo, el racionalismo y el cientifismo) siguiendo las opiniones del obispo alemán Ketteler, destacado propulsor del sindicalismo obrero católico, del aumento de salarios y la disminución de las horas de trabajo, así como la obligación del descanso dominical y la prohibición del trabajo a los menores.


El papa Pio IX (1846-1878)

      La doctrina actual, consagrada en el derecho canónico en 1917 y de nuevo en 1983, durante el papado de Juan Pablo II, es la misma que imperó en el seno de la Iglesia desde el siglo IV, cuando Basilio el Grande y Gregorio de Nisa defendieron la tesis de origen estoico de la animación en el momento de la concepción (el alma se “inyecta” en el útero con el esperma”).


 "Tolle, lege!"  de Benotius Gozzoli, representando a San Agustín . En la Iglesia de Sancti Augustini  de San Gimignano (Siena, Toscana) 


Santo Tomás de Aquino,  de Carlo Crivelli (circa 1435–circa 1495)

      El naturalista Alberto el Grande (fallecido en 1280 y maestro de Tomás de Aquino) también era partidario de la “animación simultánea”, aunque su propio discípulo Tomás y san Agustín se subieron al carro de la animación progresiva del embrión, defendida por Aristóteles. Durante largo tiempo la Iglesia defendió la postura de que el embrión es una especie de homúnculo, un ser que en la alquimia se consideraba como anterior al ser humano.


Caricatura del Doctor Dan (los alquimistas) creando un homúnculo. Grabado del siglo XIX para la II parte del Fausto de Goethe

     De hecho, según Paracelso, la creación de un homúnculo en el interior de una probeta sería mejor que la concepción natural de un embrión, porque podrías mantenerlo puro, ya que según imaginaba Paracelso, los fetos reales estaban corrompidos con los fluidos femeninos.


Homúnculo
      Según Paracelso, la única forma de crear un hombre puro sería fabricar un homúnculo, para lo cual era necesario tomar algo de semen, ponerlo en una botella y sumergirlo en estiércol de caballo durante 40 días. Después, cuando el diminuto humano que has creado comience a formarse y a agitarse dentro de la botella, Paracelso aconsejaba alimentarlo con sangre durante otros 40 días.

NOTAS

(1) Antonio Machado Libros, colección La balsa de la Medusa, traducción de Eric Jalain, Madrid, 2008, 522 páginas. La edición original francesa se publicó con el título Histoire naturelle de l’âme (PUF, París, 2003)

(2) La guerra de los homúnculos, por Pablo Capanna, publicado en Página 12

Historia natural del alma
(Basada en la obra de L. Bossi y la historia del pensamiento de Arthur O. Lovejoy)

1. ¿Que es el alma?


2. El alma en la Antigüedad


3. El alma de los animales


4. El racionalismo y el hombre máquina

5. El Idealismo


6. Transformismo: la escala en movimiento


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