lunes, 5 de noviembre de 2012

La Diosa Luna

      El hombre prehistórico veía en la luna y en sus fases un fenómeno misterioso que se repetía con una determinada periocidad. Los cambios lunares se producen con una regularidad que despierta en el hombre la noción de medida.  Sabemos que ya en la prehistoria el hombre medía el lapso de tiempo transcurrido durante las fases lunares. No hay que olvidar que la raíz indoaria “men” (luna), en el griego “mene”, está en la base de las palabras que significan medida o control del tiempo, como en latín “mensis” (mes), “mensura”, “medida”, “menstruación”. La observación de los ciclos lunares posibilitaron “medir” por primera vez periodos de tiempo que superasen el día, cuya duración calculaban por el movimiento del sol.

      Esto sería lo que sucedió si lo narramos empleando términos laicos; utilizando conceptos religiosos, para el hombre la luna era misteriosa, una epifanía de la Diosa Madre. Las fases lunares pasaron a representar las fases de la vida de la diosa:

 La luna creciente era la joven, la doncella.

 La Luna llena era la mujer encinta, la madre

 Luna menguante, la mujer envejeciendo

 La luna nueva era la anciana sabia, cuya luz está oculta en su interior.


     Así de esta manera se contemplaba la Diosa Madre como un trinidad, como podemos ver en el Abrí Du Roc Aux Sorciers (Angles-Sur-l’Anglia) con una antigüedad de 11 a 13.000 años, donde aparecen tres enormes figuras esculpidas en la roca, sin cabeza ni pies, de pie sobre un bisonte, recordándonos a la diosa de Laussel que sujeta el cuerno del bisonte como imagen de la luna creciente, esculpida 10.000 años antes.



Detalle del friso de las Venus. Abrí Du Roc Aux Sorciers (Angles-Sur-l’Anglia)

      Este culto a la luna se conserva todavía en nuestra época, como lo observó Laurens van der Post en las tribus de bosquimanos, los cuales, cuando la luna comenzaba a menguar, empezaban a danzar y su baile duraba toda la noche para demostrarle cuanto la querían y hacerla regresar.



Pintura de los antepasados de los bosquimanos

      En las fases rítmicas de luz y oscuridad, las tribus del Paleolítico debieron percibir un patrón de crecimiento y decadencia siempre renovado, y ello les proporcionaría confianza en la vida (Anne Baring  y Jules Cashford, op. cit, pág. 38). Reconocerían la oscuridad como el tiempo de espera previo a la reaparición de la nueva vida. Posiblemente pensaron que al morir serían acogidos de nuevo en el oscuro vientre de la Madre, y posiblemente creían que volverían a nacer, como lo hacía la luna.

        Alexander Marshack en “The Roots of Civilization” muestra como los pobladores paleolíticos utilizaban un sistema de notación lunar desde el año 40.000 a.C. Marshack pensaba que la humanidad no podía haber inventado “de pronto” la escritura, las matemáticas, la astronomía… Así, pues, lanzó la hipótesis de que estas surgieron de la observación de las fases lunares y los ritmos estacionales. Durante el Paleolítico superior se documentan objetos muebles con diversas representaciones que han sido interpretadas como la prueba arqueológica de los primeros calendarios utilizados por la humanidad. Estas piezas arqueológicas también serían pruebas del desarrollo y el uso habitual de las notaciones numéricas y el inicio del pensamiento matemático, desvirtuando esa imagen popular del ser humano del Paleolítico como hombres y mujeres salvajes. Las piezas más antiguas tienen unos 30.000 años. Muy interesante me ha parecido el artículo de Ivan Díaz (ver texto completo en Ciencia divulgativa) sobre astronomía y paleolítico, del que presento un resumen a continuación.

Las fases lunares

      En el yacimiento siberiano de Mal´ta (Irkutsk) al lado del lago Baikal, se han encontrado varios objetos de arte mobiliario fechados entre 18.000-15.000 a.C., entre lo s que se encuentra una placa de marfil que el arqueólogo soviético Boris Frolov interpretó como un calendario lunar. Se trata de una placa rectangular en marfil de mamut en la que mediante la incisión de orificios se ha dibujado una espiral central con siete espiras crecientes. El conjunto se cierra con dos grupos de espirales menores en los laterales de la placa. En la espiral central se observan 243 orificios, mientras la suma del resto de las espirales denota otros 122 orificios. Un fácil cálculo de los orificios totales nos da la suma de 365, exactamente la duración de un año. Por otro lado en la zona siberiana de Mal´ta la duración del invierno se prolonga justamente durante 243 días, por 122 del verano. Un aspecto importante a considerar y que refuerza la consistencia de la interpretación calendárica de la placa de Mal´ta es el ciclo de gestación del reno, básico en la dieta de la zona por su importante aportación calórica que ayuda a combatir las bajas temperaturas, siendo 243 días.



Placa de marfil de Mal’ta

      En la antigua Checoslovaquia se localiza el excepcional yacimiento de Dolni-Vêstonice (Brno), con una cronología de 28.000 a.C. se documentaron dos fragmentos de una misma piedra que se puede asimilar a un calendario lunar. En ellas se aprecian una serie de incisiones que representarían cada uno de los días que componen el mes lunar. Las incisiones de la piedra representan a la luna tanto en el ciclo creciente como decreciente. Muy significativo para la interpretación de la piedra como calendario lunar es el hecho de que la marca que hace el número 30 tiene la mitad de longitud que el resto, remarcando así su importancia: el fin de ciclo.



      En Hungría, en el yacimiento de Bodrogkeresztur se produjo el hallazgo de un artefacto arqueológico de piedra caliza cuyos excavadores interpretan como un calendario lunar.



Vértes, L. (1965), Lunar Calendar” from the Hungarian Upper Paleolithic (Bodrogkeresztur). Science vol. 149. 20 August. pp. 855–856

      La datación (por contexto) ronda los 20.000 años (solutrense). El objeto presenta una forma redonda con muescas en los bordes, el lado que no presenta marcas es achatado. En la parte superior tiene grabadas dos líneas verticales, flanqueadas en la izquierda por doce marcas y en la derecha por otras once. El conjunto se cierra en la parte inferior con un trazo horizontal grabado. La línea vertical de la izquierda junto con las otras doce muescas se interpretan como los primeros trece días del ciclo lunar, el cuarto creciente, los días 14, 15, 16 estarían representados por la línea inferior horizontal, las once muescas de la derecha representarían la parte final de ciclo, el cuarto menguante. Finalmente la línea vertical de la derecha representaría el último día del mes.

      En la Dordoña francesa, en el Abri Blanchard (Sergeac), se encontró un omóplato con 69 marcas de tendencia circular que según el antropólogo norteamericano A. Marschack hay que interpretarlas como las diferentes fases lunares. Estaríamos ante la representación de dos meses lunares y un medio. De hecho, las marcas parecen ser dibujos en miniatura de la luna, algunas grabadas de forma totalmente redonda, y que representarían la luna llena, las restantes no acaban de tomar forma totalmente redondeada, por lo que cabe una clara interpretación de cuartos crecientes y decrecientes, los cuartos están dibujados hacia la derecha o hacia la izquierda.



Calendario auriñaciense, según A. Marshack



Marshack, A. (1972) The Roots of Civilization. London: Thames & Hudson.

      La representación da comienzo por el centro de la superficie de la placa, siguiendo una línea serpenteante con marcas acumulativas y secuenciales que los primeros astrónomos de la humanidad asimilarían a la continuidad de los cambios lunares observada en el cielo. Los niveles arqueológicos en que se recuperó este calendario lunar se corresponden con el auriñaciense, en los inicios del Paleolítico superior, por lo que la datación de la placa se remonta a 30.000 años.

      En la cueva de Taï (Drôme, France), con una datación relativa de 10 000 años, se encontró otra plaqueta de hueso que podría representar un calendario lunar y solar (Marshack 1991 y D’Errico 1994).



      Poco después del inicio del Paleolítico superior, en torno al 30.000 a.C., se produce un recrudecimiento del clima, bajando las temperaturas mínimas que provocan un retroceso en la expansión de los bosques, los cuales sólo se mantienen en pequeños reductos en el sur del continente europeo: sobre todo en los Pirineos franceses y en la Península Ibérica, así como Italia. La expansión de la masa glaciar alcanza su extensión máxima hace unos 18.000 años, lo que provoca una importante regresión del nivel de las aguas marinas. Los hielos han invadido Europa más allá de París, al tiempo que han descendido los hielos de los Alpes dejando un estrecho pasillo en el centro de Francia que aprovechan los hombres para refugiarse en la Península Ibérica, sobre todo en el País Vasco, Cantabria y Asturias. A partir de ese momento el clima va recuperándose hasta alcanzar valores similares a los actuales en el inicio del Holoceno (10.000 B.P). Al tiempo que aumenta la temperatura, el hombre se expande hacia Europa central, Siberia y Asia, llevando consigo un idioma con el que bautizan multitud de accidentes geográficos, como ríos y montes. Este idioma dio origen al euskera.

             Todo esto ocurrió antes de la Edad del Bronce y estas observaciones sentaron las bases para esos descubrimientos “repentinos” relacionados con la escritura, las anotaciones numéricas y los calendarios. También fuera de Europa aparecieron estos calendarios, como en el hueso de Ishango, en las fuentes del Nilo, aparecen notaciones lunares.



Hueso de Ishango

      El Hueso de Ishango es un peroné de babuino del  18.000- 20.000 a.C.  al que se le han realizado unas muescas en sus tres lados que siguen ciertas pautas matemáticas y que se cree servían para contar y realizar operaciones básicas.



Esquema del hueso con el número de muescas. Fuente: Historias con Historia

     Por ejemplo la suma de las muescas  laterales es 60 y la central de 48,  ambos  múltiplos de 12. También en un lateral comienza con 3 muescas y luego se doblan hasta 6. Lo mismo pasa con 4 muescas que se doblan en 8  lo que sugiere que además de sumar y restar, tenían ciertas nociones del concepto de división y multiplicación.



Muescas del lateral izquierdo.



Muescas del centro.



Muescas del lateral derecho.

       Estas anotaciones también aparecen en piedras, cornamentas y figuras de diosas, y, como hemos dicho, constituyen las bases del descubrimiento de la agricultura, el candelario, la astronomía, las matemáticas y la escritura. Los cazadores europeos en el año 30.00o a.C. ya utilizaban este sistema de notación lunar. También lo utilizaron hombres modernos como el de Combe Capell (Gravetiense oriental, República Checa y Rusia), los de Italia y España.




Notación lunar en una placa del abrigo de Blanchard (c. 30.000 años) y su comparación con una notación actual

      Si nos fijamos en las notaciones lunares veremos que presentan unas formas sinuosas, lo que estableció una conexión analógica entre la luna y la serpiente. La luna moría y retornaba a la vida, como la serpiente que mudaba la piel, permaneciendo viva. De esta manera la serpiente se convirtió en una imagen del renacimiento y de la transformación. 




Anotación lunar serpentina

      Es posible que se desarrollase una habilidad para pensar de modo abstracto a partir del discernimiento de la existencia de cuatro fases lunares, en vez de tres. Fase creciente, llena, menguante y la cuarta -los tres días de oscuridad-, cuando la luna no puede ser vista por nadie, sólo imaginada. La cuarta fase invisible debió de comprenderse como la dimensión invisible en la que la nueva vida se gesta, y desde la que la luna pasada renace como luna nueva (Anne Baring  y Jules Cashford, op. cit, pág. 39). Los meandros y las espirales constituyen la evidencia de un pensamiento abstracto. En la cerámica del Neolítico las imágenes de las cruces de cuatro brazos representan las cuatro fases de la luna.

Los ritmos estacionales

      Todo lo que observaban era definido por un ritmo estacional: las aves emigraban y retornaban (grullas, gansos, garzas y cisnes); los salmones y las anguilas remontaban los ríos en determinadas épocas del año; las plantas les ofrecían incesantes secuencias de brotar, florecer, fructificar y caída de las hojas; los animales gestaban, nacían, crecían y morían, como las personas.




Una bandada de aves migratorias en formación de uve. Dan Davison en Flickr

      Había una estación para construir herramientas y otra para cazar, y para transformar pieles en prendas de abrigo y mantas. En invierno, alrededor del fuego se contaban historias de viejos mitos, leyendas y cuentos de hadas. Ya habían aprendido a almacenar comida, al menos ahumando la carne y el pescado. En las narraciones se manifestaba el instinto específicamente humano para establecer analogías entre los diferentes órdenes y dimensiones de la vida. Existía un orden celeste simbolizado por la luna y sus fases lunares, que tenía una analogía en el terrestre, donde también se daban los ritmos estacionales.



Recreación de un hogar durante el Paleolítico Superior. Fuente La Salle

      En todas las mitologías que perduraron hasta la Edad de Hierro, hacia el 1250 a.C., se percibía la luna, la gran luz que brillaba en la oscuridad de la noche, como una de las imágenes supremas de la Diosa. Ella era medida de los ciclos temporales; recomponía lo que en apariencia se había hecho pedazos; gobernaba la fecundad de las mujeres; era la imagen de la regeneración en el tiempo; era expresión de la dualidad, de la vida y la muerte, no como opuestos, sino como fases de una misma cosa que se suceden la una a la otra.




      Pero el cielo estaba cubierto de estrellas y constelaciones brillantes que en la antigüedad más remota existieron como diosas y se convirtieron, con el paso del tiempo, en semidiosas o heroínas: Casiopea y Andrómeda en Grecia, Mayi en Australia, Maliki en Nueva Zelanda y Omechiualt en Centroamérica. Al imponerse la mentalidad patriarcal el dios pasó a ser la divinidad regente del cielo, aunque la diosa ha sabido conservar su título de “reina de los cielos” hasta la actualidad.

Mitos lunares

      La mayoría de los mitos consideran al sol y la luna como opuestos emparejados, en calidad de hermanos o cónyuges, con una tensión interna tan intensa que les resulta imposible compartir los cielos. Por eso muchos mitos suelen describir el cielo como el escenario de los conflictos, el lugar donde se producen las hostilidades entre la oscuridad y la luz. Por eso las divinidades celestiales suelen desempeñar las funciones de guerreras, como la diosa persa Erlik (“la valiente”) que cada noche asesinaba a las estrellas para permitir la llegada del amanecer.

      Pero otras diosas guerreras, como la persa Anahita, todavía conservan su carácter de diosa nutricional, pues se creía que el agua emanaba de las estrellas y fertilizaba la tierra y, por extensión, también creían que fertilizaba a los humanos, lo que la convirtió en patrona del semen. Es posible que esta diosa indoeuropea fuese asimilada en Egipto y Babilonia bajo el aspecto de Nut, Anat e Istar. Estos recuerdos de la diosa del cielo como diosa de la fertilidad, se manifiestan en Grecia durante los ritos sacrificatorios del Año Nuevo, en los que la aparición de las Pléyades se convierte en el punto culminante de la ceremonia.




Ardvi Sura Anahita (también Anahita, Anahit, o "Inmaculada"), significa "la humedad, un fuente”, encarna la fertilización del agua cuya fuente proviene de las estrellas. Anahita se originó en Babilonia y se extendió a Kemet (Egipto antiguo. Los griegos la asociaban con Atenea o Afrodita . En el Oriente Medio, se asoció con Anat. El culto de Anahita se extendió a Armenia, Persia, y varias partes de Asia occidental. Zoroastro fue su consorte masculino.

      Aunque en la mayoría de los mitos el sol suele considerarse una divinidad masculina, existen casos en que es femenina, como la diosa solar báltica, de lituanos y letones, Saule (pronunciado Sow-lay), cuyo nombre significa el sol mismo, es la reina de los cielos y la Tierra y matriarca del cosmos. O la diosa solar de los inuit de Groenlandia. En Japón existían grupos de aldeas controladas por chamanas consagradas a Amaterasu (la diosa solar), dentro de la práctica del sintoísmo popular, definido así con la finalidad de distinguirlo del sintoísmo estatal que sentó las bases del nacionalismo japonés.




La diosa solar báltica, de lituanos y letones, Saule (pronunciado Sow-lay), cuyo nombre significa el sol mismo, es la reina de los cielos y la Tierra y matriarca del cosmos

      La diosa solar Amaterasu es la diosa solar sintoísta, la más poderosa. En el siglo VII erigieron su santuario en Ise y cada veintiún años lo reconstruyen en el mismo emplazamiento y exactamente de la misma forma.  Sería un acto de recreación del tiempo mítico de acorde con la teoría del eterno retorno explicada por Mircea Eliade. La dinastía imperial japonesa afirma que procede de Amaterasu, la hija de Izanami e Izanagi (la pareja primordial) que la hicieron reina de los cielos. Pero durante una etapa de ataques destructivos protagonizados por su hermano Susano-Wo (Susanoo), tuvo que refugiarse en una cueva rocosa. Allí su hermano profanó con sus excrementos la morada de la diosa y atravesó la vagina de Amaterasu con el eje de un huso. La ausencia de la diosa oscureció el mundo y lo volvió fúnebre. Para que saliera de la cueva, ochocientos incontables dioses adornaron un árbol con joyas, cintas y espejos y lo dejaron en la entrada de la cueva, junto a un gran espejo de cobre fabricado por la diosa herrera. La diosa de la alegría –la chamana Uzume- interpretó una danza ritual con la intención de restaurar las energías fundamentales de la tierra. A medida que el baile se convertía en más frenético, la divinidad comenzó a desnudarse y a bromear. El jolgorio desató las carcajadas de los dioses y, al salir para ver a qué se debía tanta hilaridad, Amaterasu se vio reflejada en el espejo de la entrada. Deslumbrada por su propio brillo, la diosa retornó al mundo y desterró s Susano-Wo.




La diosa solar Amaterasu

      Hemos explicado que los antiguos consideraban  al sol y la luna como hermanos o cónyuges, pero opuestos y terriblemente belicosos entre sí, con una tensión interna tan intensa que les resultaba imposible compartir los cielos. De esta manera los mitos lunares narran conflictos entre la oscuridad y la luz, rivalidades fraternales y de competitividad femenina, que dramatizan conflictos universales que subyacen en el fondo de la conciencia de la humanidad. Dichos relatos suelen ser trágicos y violentamente dramáticos, como el que narra la  decapitación de Coyolxauhqui  (diosa  la luna azteca) que fue decapitada por su hermano el sol por oponerse al asesinato de su madre la Tierra.




Relieve de Coyolxauhqui descuartizada por su hermano, encontrado en el Templo Mayor. Wikipedia

      La competitividad y las rivalidades femeninas las podemos observar en los siguientes mitos camboyano y griego:

      La joven Biman chan contrajo matrimonio con el señor de los cielos (Brah Chan) y sus otras esposas se sintieron celosas de la recién llegada, convenciendo a su marido para que la trasladase a un lugar más alto en los cielos. Una vez allí, los vientos huracanados le arrancaron la cabeza, que cayó en el estanque de un monasterio budista. El Buda de allí la restituyó al cuerpo de la divinidad, convirtiéndose en diosa de la luna.




Frixo y Hele según un fresco romano, datado entre el 45 y el 79 d. C, reproducido en un libro de J.C. Andra, editado en Berlín en 190w por Verlag von  Neufeld & Henius

       Ino, esposa del rey de Beocia, fue una reina que exigió que sus hijastros Frixo y Hele fuesen ofrecidos en sacrificio para restaurar la fertilidad de la tierra. Un carnero con alas de oro los rescató y los trasladó a Cólquide, pero Hele –la luna- se mareó y cayó en el estrecho que separa Asia de Europa, al que pusieron el nombre de Helesponto. Como otras diosas lunares, Hele y Biman Chan caen al agua, lo que indica su relación con el mar, las mareas y los líquidos como la sangre.




Frixo y Hele, pintura de Theophilus Hatzimichail. De By Painting