lunes, 13 de agosto de 2012

La Diosa y el Cosmos

      Al comienzo había un caos o un espacio oscuro ilimitado y amorfo, que en ocasiones describen como aguas primigenias. De aquí surge la primera conciencia, deseosa de crear el orden a partir del caos: la Diosa. Con su voluntad y esencia forma el cosmos y lo puebla con dioses y humanos.




     En todas los mitos de los orígenes la diosa se manifiesta a través de una gran variedad de elementos que van de los cuerpos celestes a plantas concretas. Por consiguiente es múltiple y, a la vez, inmutable. La tierra es su cuerpo, organismo vivo en el que participa toda la materia, sea orgánica o inorgánica.

      Aunque el cosmos es imperecedero, las formas de vida que contiene están sometidas a un ciclo constante de nacimiento y muerte. La creadora contiene la vida, la muerte y otros pares indivisibles de opuestos, como el caos y el orden, la oscuridad y la luz, la sequía y la humedad.

1. Los tres mundos

      Las mitologías y religiones de todo el mundo suelen dividir el universo en tres partes: el cielo, la tierra (el mundo de los mortales) y el infierno (el reino de los muertos, que en algunas casos se extiende bajo el mar). Los pueblos de la antigüedad creían que les estaba vedado el conocimiento del mundo de los muertos, al que temían. Esto les llevó a crear imágenes de un reino extraño, plagado de oscuridad y miedo, y a concebir la muerte como sufrimiento, pérdida y castigo. Esto es lo que ocurrió en el II milenio a.C. en Sumeria y lo que creían los pueblos indoarios y semitas. Pero con anterioridad, cuando los pueblos creían en la diosa, la muerte y la vida eran las dos caras opuestas de la misma moneda, la diosa, y el hombre no temía a la muerte, pues creía que con ella se producía el regreso al útero materno para su renacimiento.




El árbol cósmico representa  la unión entre los tres mundos existentes: Cielo, Tierra, Inframundo.

      La pérdida del poder de la diosa se observa en los relatos de Sumeria y Egipto que nos cuentan como las creadoras y gobernantas de los tres mundos (Ereskigal y Neit) fueron desterradas por una divinidad masculina que las confinó en el infierno. Existen muchas descripciones de diosas que visitan los infiernos, por lo general en su juventud, como un viaje de autodescubrimiento. Estos viajes son los que realizan los  iniciados para completar su iniciación, y descubren que la diosa es útero y sepulcro, por lo que no hay fin, sino un nuevo cambio de ser. La vida, la muerte y el renacimiento son partes de la totalidad (la diosa) más que fragmentos discontinuos de la existencia.

2. El secreto de la inmortalidad y el viaje al inframundo.

      Algunas mitologías cuentan que la Diosa ocultaba a los hombres el secreto de la inmortalidad, mientras que  las mujeres –hechas a su imagen y semejanza- podían reproducirse a sí mismas. Por eso, muchos hombres iniciaron “viajes” en busca de la inmortalidad, como lo hizo Gilgamesh, quien buscó la vida eterna descendiendo al inframundo, pero no la consiguió por su arrogancia. La muerte suele humillar a muchos de los héroes y dioses, como al dios japonés Izanagi y al bardo griego Orfeo, quienes negociaron las condiciones del retorno del inframundo de sus esposas, pero al no cumplir el pacto, tuvieron que regresar a la vida solos. Quienes visitan el inframundo regresan con algún defecto físico como cojeras, cegueras…etc. porque el muerto no puede jamás regresar íntegro al mundo de los vivos.

      El portico torii de los templos sintoístas es el emblema de la vulva o yoni y representa la continuidad entre la vida y la muerte.



El Torii de la isla Miyajima, santruario de Itsukushima

       Como viajeras de los tres mundos, a menudo las figuras de las diosas trasportaban o guiaban las almas humanas, es decir, eras diosas psicopompas. Muchos animales nocturnos, como las aves rapaces y los leones, las panteras y los leopardos y, por defecto el resto de felinos, están vinculados al más allá por ser cazadores nocturnos, capaces de ver en la oscuridad, por lo que, según creencias populares antiguas, sirven de guía a las almas de los muertos.

3. El origen de la diosa   

            Hace 20.000 años aparece la Diosa Madre y su culto se extiende desde los Pirineos hasta el lago Baikal en Siberia, representado por efigies con signos arañados en ellas, normalmente líneas, triángulos, zig-zags, círculos, redes, hojas, espirales, agujeros...  Algunas tribus de cazadores se establecieron de manera permanente en los Pirineos (Dordoña, Vézère, Ariège…) y en la cornisa cantábrica: por aquel entonces se pintaron las paredes de las cuevas y se tallaron estatuas de las diosas, sin embargo, la Diosa nunca aparece pintada. Se han encontrado más de 130 esculturas, apoyadas sobre tierra y en rocas; otras cinceladas sobre salientes y en terrazas de las cuevas. Representan siempre mujeres desnudas, de pequeño tamaño, muchas salpicadas de ocre rojo, como sustituto de la sangre. Su base se estrecha hasta formar una punta carente de pies, lo que facilita su inserción en las entradas (exterior) de las cuevas y los santuarios.

      La más antigua tiene 22.000  años y se conoce como diosa de Brassempouy (Las Landas), esculpida en marfil de mamut, de la que sólo se conserva la cabeza de 3’65 cm.




       En el refugio rocoso de Laussel (Dordoña) cerca de Lascaux, se encontró una estatuilla cincelada sobre la caliza que representa a una mujer con un cuerdo de bisonte en forma de luna creciente, con muescas que representan los trece días de la fase creciente de la luna y de los 13 meses del año lunar.



      En Lespugue, en los Pirineos, se encontró una estatua de 14 cm. De marfil de mamut. Tiene grabadas diez líneas verticales que han sido trazadas desde debajo de sus glúteos hasta la parte trasera de sus rodillas, dando la impresión de ser las aguas del parto que caen profundamente de la matriz, como la lluvia. Las diez líneas sugieren los diez meses lunares de la gestación en el útero.




      Estas estatuillas ¿representan mujeres o diosas? Se observa en todas ellas falta de proporción humana, por lo cual trascienden la simple representación del cuerpo de la mujer y parece que son una historia  sobre el origen de la vida, que representen el misterio del cuerpo femenino: el misterio del parto, lo cual nos conduce al misterio de la vida. Por otra parte, no se ha encontrado ninguna figura masculina similar. El considerarlas como ídolos de la fertilidad trivializa su esencia y el llamarlas “Venus” reduce la universalidad del concepto MADRE a un diosa romana del amor.

      Anne Baring y Jules Cashford consideran que “lo sagrado no es una etapa en la historia de la conciencia, sino un elemento de la estructura de la consciencia que pertenece a todos los pueblos de todas las épocas. Es, pues, parte del carácter de la raza humana, quizá  la parte esencial” (Pág. 28). Por eso, en todas las culturas, se repiten las imágenes que se utilizan para representar lo sagrado.



La Venus de Hohle Fels (Alemania)

      El origen de la religión podría encontrarse en el culto de la fertilidad de la Diosa Madre, muy difundido en las orillas del Mediterráneo. Vemos por todas partes estatuillas de mujeres con los órganos sexuales muy exagerados que serían representaciones de la Diosa u ofrendas a la Diosa Madre para fomentar la multiplicación de los hombres y de los animales. Carlo Ginzburg afirma que los ritos de fertilidad asociados a la Diosa Madre -los cuales puede rastrear incluso en el siglo XVI-, derivan de los antiguos cultos chamánicos. Se trataba de una religión extática, principalmente mantenida por mujeres, dominada por una diosa nocturna con muchos nombres, cuyo origen se perdía en el Paleolítico Superior y que había sido reintroducida y difundida en Europa por los celtas, que a su vez habían sido influidos por las creencias escitas que habían aprendido de los chamanes euroasiáticos. En los ritos interviene la sangre, a la que se le supone dotada de un poder vivificador, y suele estar representada por el almagre, con el que se confeccionaba una pintura roja con la que se pintaban los órganos femeninos.



Imagen de Diego Fernandez. El tiempo es breve…

      En la noche de los tiempos el hombre primitivo pensaba que sus bienes más apreciables –la comida y los hijos- los obtenía a través de unas fuerzas misteriosas –a las que llamaba Madre o Providencia- que le proporcionan la nutrición y la propagación. A veces se expresaba este concepto con el símbolo del “seno que mana leche”. Estas fuerzas tienen un carácter sagrado y se les debía reverencia, al mismo tiempo, se debían controlar mediante técnicas rituales para que resulten favorables al hombre. Estas técnicas acabaran siendo dominadas por los chamanes, brujos o  sacerdotes de la religión, al mismo tiempo que impondrán su dominio sobre los otros hombres.




La Vía Láctea. Rubens. Como broma, Zeus puso a mamar al bebé Heracles de Hera. Cuando ésta se percató, lo arrojó de su lado. De la leche derramada se formó la Vía Láctea

4. El arquetipo de la gran madre

      Primera Mujer es la diosa que aparece en muchos mitos sobre la Diosa madre y el ritual por el cual es arrastrada por un campo se repite entre los celtas y germanos y los adoradores de Cibeles.

      La diosa de los penobscott de América del Norte era conocida como Primera Mujer, la que pobló el mundo con muchos hijos, pero sucedió que hubo una gran hambruna y, al ver que sus hijos eran desdichados, convenció a su marido para que le cortase su cuerpo en trozos y los arrastrase por un campo antes de enterrar sus huesos en el centro. Tal como prometió, siete meses después el campo se llenó de maíz con el que sus hijos se alimentaron. Primera Mujer dijo que el maíz era su carne y que debían de volver una parte a la tierra para perpetuarlo.

A.     La diosa símbolo de la maternidad. El inconsciente colectivo.

      Según Carl Gustav Jung (1875-1961) el mundo tuvo su origen en un ser sobrenatural a la que se llamaba Gran Madre, un concepto que es innato a la mente humana, el cual se forma antes del nacimiento en el interior del vientre de la madre. Esta idea prenatal se refuerza después del nacimiento, a medida que la madre nutre a su hijo con alimento, afecto y calor. En esta fase el niño considera “numinosa” –envuelta en una sensación de divinidad- a su madre. Distingue entre la “madre buena” dadora y protectora, y la “mala madre” que amenaza y castiga. A medida que el niño crece observa como la madre se convierte en un todo y, por consiguiente, en un ser ambivalente e individual que combina cualidades benéficas y perjudiciales.




Representación romana de Isis lactans. La Virgen María asumía muchos aspectos de las divinidades femeninas, especialmente de Isis. la diosa nilótica, amamantando a Horus

      Este proceso infantil ser refleja en los relatos míticos de los orígenes del mundo, que suelen representarse como la conciencia que emerge del caos. El caos primigenio también suele describirse como al totalidad de las fuerzas potenciales existentes, simbolizadas por el uroboros, la serpiente que se muerde la cola, el círculo interrumpido. El círculo contiene los pares aparentemente contradictorios: lo masculino y femenino –boca matriz, que recibe la cola fálica-, la conciencia y el inconsciente, lo productivo y lo destructivo… De esta totalidad caótica surgen múltiples entidades que la mente humana clasifica como buenas y malas, femeninas y masculinas… etc.



Uróboros. En la iconografía alquímica el color verde se asocia con el principio mientras que el rojo simboliza la consumación del objetivo del Magnum Opus (la Gran Obra).

      La mente que mitologiza, lo mismo que la del niño, imagina madres buenas (Sofías, la virgen…) y madres males, como las gorgonas, las arpías, las sanguinarias Sejemet y Anat…, pero al crecer se elaboran figuras maternas más poderosas y ambivalentes, con aspectos positivos y negativos.

      Nuestra religión judeo-cristiana proclama que la naturaleza, la tierra, los animales, mares, ríos, pájaros y montañas están a nuestro servicio y no son sagrados. No existe unión de ellos con el Todo. Pero esta visión es muy reciente. La visión de la unidad y del carácter sagrado de la vida ha vivido en las raíces de la psique humana durante millones de años.

      “Y el dios padre creó el cielo y la tierra…” es decir, ese dios está más allá de su creación, no está dentro de ella.
      “Sed fecundos y multiplicaos, y henchid la tierra y sometedla; mandad en los peces del mar y en las aves del cielo y en todo animal que repta sobre la tierra” (Gn. 1, 28),

      Jung nos enseña que el conocimiento de toda la raza humana está almacenado en la psique, por lo que es potencialmente accesible para cada uno de nosotros. Los seres humanos estamos habituados a pensar el pasado histórico como algo ya acabado y, por así decirlo, superado a medida que la especie avanza hacia su futuro. Jung propuso la idea de que los seres humanos no sólo tienen un inconsciente personal exclusivo para cada individuo, sino también lo que denomina un “inconsciente colectivo”, una mente inconsciente heredada por cada miembro de la raza humana, junto con todas las otras características físicas, mentales y espirituales en virtud de las cuales nos proclamamos humanos. De esta idea se deduce que unja experiencia de la especie nunca se pierde, sino que se transmite a miembros futuros de la humanidad, al igual que los procesos instintivos y aprendidos más básicos.




      Toda la historia de la humanidad está siempre viva en la psique, como parte del ser humano. Es lo mismo que dice Laurens van der Post cuando nos pide que busquemos al bosquimano que hay en nosotros mismos.

      Jung, metafóricamente hablando, nos presenta esta consciencia humana como “un ser humano colectivo, más allá de la singularidad sexual, más allá de la juventud y de la vejez, del nacimiento y la muerte, y dispondría de una experiencia humana poco menos que inmortal de uno a dos millones de años. El presente significaría par él lo mismo que un año cualquiera del siglo XX antes de Jesucristo, tendría sueños seculares y, gracias a su incalculable experiencia, sería un pronosticador incomparable. Porque habría vivido incontables veces la vida del individuo, de las familias, de las tribus y de los pueblos, y poseería como algo intrínseco el ritmo del nacimiento, del desarrollo y de la muerte” (C.C. Jung, Collected Works, vol 5, Symbols of Transformation, p. XXIV- tra. Cast. pp. 16-7).

      La Diosa Madre es el origen de todo y su destino final. Es el principio de donde surge la vida y la morada de los muertos. Es lo que transforma la vida que sacó de sí misma y que tomó de nuevo para sí, en un ciclo temporal tan perpetuo y continuo como la luna. Jung afirma que existe un ser humano de dos millones de antigüedad –mujer y hombre. Que está presente en cada uno de nosotros.

            B. La Diosa Madre: fuente creativa de vida

      Los seres humanos se reconocían como hijos de la naturaleza, vinculados con todas las cosas, formando parte del todo. La fuente creativa de la vida se concebía en la imagen de una madre, con imágenes de parto, amamantamientos, o figuras que reciben al muerto de nuevo en el útero para que pueda renacer.

      La diosa de Willendorf (Austria), de 11 cm. de altura, tiene una peculiar cabeza bulbosa, formada  verticalmente por siete capas, cada una de ellas separadas por hendiduras horizontales que le dan toda la vuelta, semejando 7 círculos alrededor de la cabeza. Algunos se preguntan si estas hendiduras simbolizaban la órbita de los planetas. Durante la Edad del Bronce (c. 3500 a.C.) el 7 era el número sagrado que representaba la TOTALIDAD, pues 7 eran los días de un cuarto del ciclo lunar, 7 los planetas conocidos.  También encontramos este esquema en la cabeza de Mal’ta, cerca del lago Baikal.


Cabeza de la figura de Mal'ta con 7 líneas de puntos




     La confianza en el universo, en la naturaleza, se expresa con el “seno que mana”, incluso la Vía Láctea se considera como leche que mana del seno materno de la Diosa. En la estatuilla de marfil de Pavlov (República Checa, cerca de Dolmi Vestonice) los pechos son el centro principal. “Parece increíble que cuando esta imagen fue encongtrada en 1937 se describiese como pornográfica plástica del diluvio” (Alexander Marshack The Roots of Civilización p. 290). Ver la hipótesis del “consolador” o “bastones de mando”.




Estatuillas esculpidas en marfil, Aurignaciense-Gravetiense (c. 24,800 BC), de Dolní Vestonice, Mikulov, Moravia, Czech Republic; en el Moravian Museum, Brno, Czech Republic. Altura (izquierda) 8.3 cm y (derecha) 8.6 cm.







Ishtar, Inanna (Astarte, Ana, Ashtoreth). Diosa de Israel. Diosa cretense (Museo de Heraclion)


      La diosa como fuente creativa de la vida se representó frecuentemente de modo abstracto con la figura de un triangulo, o con una clara división de las piernas, abiertas al inicio del vientre. Existen más de 100 imágenes de vulvas sólo en Francia. A veces tienen semillas o brotes dibujados sobre o junto a ellas. 


Triangulo genital de Mezin (Ucrania) 20-23.000 a.C. Bastón incompleto con morfología fálica procedente de la cueva de Cueto de la Mina (Asturias).



 Vulva grabada en piedra de la época paleolítica, Musée des antiquités nationales, Saint-Germain-en-Laye





Hierogamia grabada en la Cueva de los Casares (Guadalajara, España), la escena completa incluye un mamut y varios antropomorfos. Según CABRÉ AGUILÓ, J. (1934): Las cuevas de los Casares y la Hoz.  Archivo español de Arte y Arqueología, nº 30. Madrid.





Vulva de Tito Bustillo, Asturias c. 20.000 a.C.


      En muchas ocasiones se hace abstracción del cuerpo para construir un símbolo, cuyo significado se concentra en la ranura profundamente marcada desde donde nacen las piernas. Lo podemos ver en la diosa tallada en hueso de Teyjat (Francia) de hace 10.000 años. También los vemos en las diosas talladas en marfil de mamut de Mal’Ta (Siberia) del 16 al 13.000 a.C., junto al lago Baikal, donde se encontraron al menos veinte figuras de diosas en huesos de mamut de 3,2 a 13,3 cm., una de ellas vestida con la piel de un león.




1. Diosa de Teyjat (Francia). 2 y 3 diosas de Mal’Ta (Siberia) del 16 al 13.000 a.C


5. Las cuevas: el útero de la Diosa.

        Las cuevas franco-cantábricas han cobijado especies de hombres diferentes y generaciones de ellos. En la cueva del Castillo vivió antes de las glaciaciones, hace 190.000 años, el Hombre de neandertal. Entre hace 30,000 y 10.000 años la cueva paleolítica fue el lugar más sagrado, el santuario, de la Diosa Madre y la fuente de su poder regenerador. Entrar en una de esas cuevas es como adentrarse en un mundo que está dentro del cuerpo de la Diosa. Los hombres veían en su forma ahuecada el vientre de la Diosa que traía al mundo a los seres vivos y acogía de nuevo a los muertos. La cueva era un lugar de transformación y regeneración, donde queda anulado el transcurrir del tiempo y donde se produce el nexo que enlaza el pasado y el futuro de los hombres y mujeres que vivían en su parte anterior y celebraban sus ritos religiosos en las profundidades de su santuario interior. Al fondo de las cuevas se colocaban las piedras que representaban las almas de los muertos que renacerían de su matriz. La imagen de la Diosa se esculpió en las paredes exteriores, en las interiores se pintaron animales machos y hembras, que pudieron haber encarnado los diferentes aspectos de su ser, así como los artistas chamanes que podían escuchar su voz en la voz del animal. También encarnaban a los espíritus de sus antepasados, tanto benignos como malignos, que eran los que visionaban en sus viajes extáticos los chamanes de la prehistoria.



La Cova del Parpalló (Gandia). Dibujo Gonçal Vicens


La Cova del Parpalló (Gandia). Fotografía Gonçal Vicens

      En 1914 se descubrió en Ariège un vastísimo complejo de cuevas laberínticas a 18 metros bajo tierra, el cual se extiende desde Tuc D’Audoubert hasta Les Tríos Frères. Se utilizó durante 20.000 años y es el mayor centro religioso del mundo. Hace 30.000 años con lámparas de piedra hueca, mechas de ramitas de enebro y aceite de grasa animal recorrieron los estrechos laberintos, oscuros, respirando entrecortadamente, recorriendo cavernas lo suficientemente amplias como para contener una catedral, hasta los santuarios que se hallaban a 2 o 3 kilómetros de la entrada.


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