miércoles, 11 de marzo de 2015

El Idealismo Absoluto

     Las categorías en Kant no tienen génesis, son dadas, son innatas, mientras en Fichte las categorías sí tienen génesis, pues son autopoyéticas (neologismo, con el que se designa un sistema capaz de reproducirse y mantenerse por sí mismo, por ejemplo, la química de las células vias), se construyen en la interacción universal y necesaria entre el "Yo" y el “No-Yo", y su síntesis.




     Fichte mantenía que la filosofía debe ser una ciencia que ha de desarrollarse, de modo sistemático, a partir de una proposición simple y evidente, y que debe dejar en claro el punto de partida de toda experiencia. Aunque en general aceptaba la filosofía crítica de Kant, se manifestó en desacuerdo con respecto a su teoría de la “cosa en sí” como incognoscible y a la dicotomía entre razón especulativa y razón práctica. Fichte defendía que el punto de partida de toda experiencia es la actividad pura y espontánea del Yo, el cual puede ser intuido mediante procesos intelectuales por todas las conciencias. Para Fichte, el hecho de que el ego, el “yo”, aprehenda su libre actividad, constituye su propia afirmación, que sin remedio le lleva al enfrentamiento con el “no yo”, el no ego, la otreidad. La conciencia consiste en este dinámico encuentro entre el “yo” y el “no yo” por el que uno mismo y el mundo se definen y se realizan e interrelacionan. El idealismo ético fichteano, que subrayaba el deseo moral, es una derivación y una consecuencia de dicha concepción acerca del “yo”. El Ego, libre en sí mismo, postula otros agentes libres por cuya existencia su propia libertad es limitada. 



Johann Gottlieb Fichte

     En su famoso trabajo Fundamento del derecho natural, Fichte establece que la auto-consciencia es un fenómeno social. Es decir, él afirma que aunque su existencia depende de los objetos del mundo externo, sin embargo, la mera percepción de estos objetos externos depende de la auto-consciencia. La solución de esta paradoja, para Fichte, es que un ser racional adquiere su consciencia plenamente cuando es «evocado» como consciente por otro ser racional fuera de él mismo.

    Fichte (1762-1814), casi contemporáneo de Kant, da un nuevo giro hacia el yo, fundamento de su filosofía. ¿Pero qué quiere decir su archiconocida expresión, “el yo se pone, y al ponerse pone el no-yo”? Como explica de manera sintética Julián Marías en su Historia de la Filosofía, “en primer lugar, el no-yo es sencillamente todo lo que no es el yo, aquello con lo que el yo se encuentra. El yo se pone; esto quiere decir que se pone como existente, que se afirma como existente. El yo se pone en un acto, y en todo acto va implícita la posición del yo que lo ejecuta”.

      En una palabra, el yo se pone como existencia real y, al hacerlo, da existencia real al no-yo, a la materia.  Para Fichte es el yo el que, originariamente, pone su propio ser. Se trata de un yo libre de todo límite y determinación, subjetividad pura, que sólo es consciente a través de la experiencia de su propia actividad. Pero a su vez, la afirmación de nuestro propio ser conlleva la aparición de algo que es otro respecto al yo, es decir, un no-yo. Por eso la libertad adquiere una posición destacada en la filosofía de Fichte: el yo consiste en estar realizándose de modo continuo, es un acto que se pone a sí mismo y, en calidad de tal, se concibe como autoactividad libre. La filosofía topaba de nuevo con la insalvable división entre espíritu y naturaleza, entre los principios activo y pasivo.



Johann Gottlieb Fichte

     Friedrich Wilhelm Joseph von Schelling (1775-1854), aunque discípulo de Fichte, reformula el concepto de naturaleza como no-yo de su maestro, que -como hemos visto- catalogaba como un mero obstáculo para la actividad del yo. Para Schelling, la naturaleza es una suerte de “espíritu visible”, la manifestación inmediata de lo Absoluto, que toma conciencia de sí mismo a través del espíritu humano. Como señala Copleston al estudiar el pensamiento de Schelling, “la vida de las representaciones es el conocimiento que la naturaleza tiene de sí misma; es la actualización de la potencialidad de la naturaleza por la que el espíritu adormecido llega hasta la conciencia”. Será a través del ejercicio de la libertad como el hombre escapará del egoísmo y retornará a su origen divino. Él mismo lo explicaba de esta sugerente manera en Filosofía y religión:

     “La historia es una epopeya en la mente de Dios. Sus partes principales son dos: la primera es la descripción de la salida de la humanidad de su centro hasta alcanzar el máximo grado de alejamiento del mismo. En la segunda parte se describe el retorno. La primera parte es la historia de la Ilíada, y, la segunda, la Odisea. El movimiento en la primera parte es centrífugo, en la segunda centrípeto”.



     Friedrich Wilhelm Joseph von Schelling (1775-1854)


      Georg Wilhelm Friedrich Hegel (1770-1831) es quien pone los ribetes finales al Idealismo alemán y quien provocará, definitivamente, todo un movimiento de respuesta (en favor o en contra) a través de autores como Schopenhauer, Kierkegaard, Marx, Feuerbach o Nietzsche, por mencionar sólo a unos pocos. Para Hegel, la tarea fundamental de la filosofía es llevar a cabo la disolución (o integración) de lo finito en lo Infinito, de lo particular en lo Absoluto, en la Idea. Al contrario que otros pensadores (Kant o Fichte, por ejemplo), el pensador de Stuttgart estima que no se ha tenido suficiente fe en la potencia de la razón, y que se ha relegado el campo de lo Absoluto a instancias como la religión o el sentimiento. Pero ni siquiera Dios está fuera del alcance de la filosofía, estima Hegel, que ha de llegar a conocerlo a través de lo particular: lo finito y temporal esconde la infinitud y la eternidad. La tarea que la filosofía debe abordar como propia es la dar con la síntesis entre lo finito y lo infinito, concebir el Absoluto no como un mero constructo trascendente, más allá de nuestras posibilidades de conocimiento, sino como la “inmanencia de la infinitud”, que se da ya aquí, en el mundo.



Hegel

     Después de todo lo visto, resumidamente, diremos que el Idealismo nunca ha dejado de pensar la realidad haciendo hincapié en la importancia del sujeto cognoscente en oposición al objeto conocido. Una idea que, como muchas otras, tiene su origen en los diálogos platónicos (ilustrada de manera proverbial en el mito de la caverna). Quedarían aún por dilucidar y exponer otras corrientes más contemporáneas, como es el caso del llamado idealismo “objetivo”, de Hermann Cohen y Paul Natorp, que llevan el idealismo transcendental kantiano hasta sus últimas consecuencias (el conocimiento es pensamiento activo, y tal actividad es a la vez su contenido: la producción del pensamiento es su propio producto).

     Como resumen a lo dicho puede servirnos la explicación de Ferrater Mora en su Diccionario de Filosofía (entrada: “Idealismo”): “el rasgo más fundamental del idealismo es el tomar como punto de partida para la reflexión filosófica no ‘el mundo en torno’ o las llamas ‘cosas exteriores’, sino lo que llamamos ‘yo’, ‘sujeto’ o ‘conciencia’. Justamente porque el ‘yo’ es fundamentalmente ‘ideador’, es decir, ‘representativo’, el vocablo ‘idealismo’ resulta particularmente justificado”.

    El idealismo, como doctrina epistemológica (cómo se genera y valída el pensamiento) se complementa con la teoría metafísica de que el objeto conocido no tiene más realidad que su ser pensado por el sujeto. Esto vienen a decir todos los idealistas y su estudio puede confundir a cualquiera que no tenga presente que digan como lo digan, siempre llegan a la absurda conclusión de creer que lo ha hecho, creado, producido… un Espíritu, una Razón, un Algo inmaterial y celestial.


Descartes, Hegel y Kant

Historia natural del alma
(Basada en la obra de L. Bossi y la historia del pensamiento de Arthur O. Lovejoy)

1. ¿Que es el alma?


2. El alma en la Antigüedad


3. El alma de los animales


4. El racionalismo y el hombre máquina

5. El Idealismo


6. Transformismo: la escala en movimiento

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