domingo, 26 de febrero de 2012

La creencia en el diablo


b. La creencia en el diablo

        El fenómeno de la brujería y la creencia férrea en el diablo tuvo una especial incidencia en aquellas zonas de Europa que habían sufrido guerras de religión y que, en muchos casos, eran zonas de tensión política y social, que padecían las consecuencias de la Reforma: Suiza y Alemania, después de la guerra de los Treinta Años; la revuelta de los Países Bajos contra España y la reforma anglicana en Inglaterra. En general, son los años de las revueltas populares.

      Poco a poco los magos y hechiceros fueron convirtiéndose en brujos y brujas, adoradores del demonio, herejes y apostatas de su fe cristiana. Muchos juristas llegaron a considerar el pacto como la esencia de la brujería, muchos teólogos, sobre todo los del campo protestante, afirmaron que la brujería era un delito puramente espiritual, contra Dios. Muchos individuos juzgados por brujería no fueron, en absoluto, acusados de realizar maleficios, su delito fue simplemente el de rendir culto al demonio.



Ilustraciones del libro de Jules Michelet La Sorcière (1862), de Martin van Maële, 1911


      Esta es la principal característica que distingue la brujería de Europa de las sociedades primitivas del mundo actual: su componente demoníaco. La magia nociva existe prácticamente en todas las sociedades primitivas, pero la creencia en el demonio cristiano es exclusiva de la civilización occidental. Ninguna de ellas ha desarrollado un conjunto de creencias que reproduzca o se aproxime siquiera a la teoría que crearon los demonólogos de la baja edad media, con sus sectas de magos voladores que rendían secretamente culto a los demonios en orgías caracterizadas por el infanticidio caníbal.


«Brujas asando un niño», xilografía del libro de Francesco Maria Guazzo, Compendium
maleficarum, Milan: Apud Haeredes August Tradati, 1626.

      Así pues, dos tipos de actividad muy distintas están englobadas con el término brujería: la práctica del maleficium y el demonismo. Algunas personas eran acusadas de brujería simplemente por haber asistido a un aquelarre, sin evidencia ninguna de que hubiesen realizado maleficia o practicado la brujería. Por otra, ciertos individuos eran objeto de la acusación de llevar a cabo algún maleficium, pero eludían el cargo añadido de demonismo. Este tipo de acusación siempre surgían de abajo, es decir, de los convecinos de las brujas y, cuando no, eran realizadas por jueces y fiscales locales obsesionados por fantasías diabólicas. Los vecinos de las brujas se interesaban mucho más por los infortunios que creían haber padecido a causa del poder mágico de una bruja, que por su pacto con el diablo. Esta acusación se la reservaban los jueces “ilustrados” y los teólogos fanáticos.

      En Inglaterra todas las acusaciones provenían de abajo, por lo que el delito de brujería consistió fundamentalmente en el ejercicio de la magia nociva y no en la adoración al demonio. En Rusia y Noruega las ideas de demonismo corrientes en Francia, Alemania y Suiza,  nunca penetraron del todo, por lo que los pocos juicios que hubo lo fueron por maleficios.

      Ya hemos visto como el termino brujería incluía los maleficios y el demonismo, pero había otros dos tipos de actividades muy íntimamente relacionados con la brujería. Primero, la evocación, mediante la cual una persona conjuraba al diablo o demonios menores, con el fin de obtener información o ayuda para conseguir sus propósitos. La relación entre mago y demonio se asemejaba a la de siervo y señor. Se  solían hacer a estos demonios ofrendas, acompañadas de signos reverenciales. La segunda actividad es la brujería banca, cuyo objetivo es la práctica de la curación mágica o el empleo de formas de adivinación para predecir el futuro, localizar objetos perdidos o identificar a los enemigos.

     Hubo en los orígenes de la Humanidad un culto extendido a la diosa de la noche o a la madre Tierra. Este culto estaba dirigido por mujeres, que además conocían las propiedades ocultas de las plantas. Según Pennethorne Hughes, en los rituales primitivos, estos grupos se servían de la danza  servía para mantener la unidad emocional y rítmica del grupo. La danza la dirigía y la convocaba el sacerdote y la utilidad de la danza residía en que evitaba la soledad y el miedo del individualismo.  La religión surgiría de la danza. 

      El cristianismo, en sus inicios –tal vez debido a su debilidad- fue tolerante con el paganismo, pero cuando se sintió la religión dominante comenzó el ataque despiadado contra las antiguas religiones y, sobre todo, contra las mujeres que adoraban a la Diosa Madre: las brujas. Tampoco les agradaba a los cristianos  el que la Tierra fuese considerada la “madre” de todas las cosas y la que engendraba en su interior la vida. El cristianismo primitivo, influido por el mitraísmo, se decantó por el culto solar: el sol era el padre, el germinador, el principio masculino; la luna, la noche, la Tierra eran el principio femenino. Los Padres de la Iglesia se encargaron de denigrar lo femenino: aprovechando que muchos de los ritos de la primitiva religión tenían un carácter nocturno, se aprovecharon del temor de la psiqué humana a la oscuridad y la noche. Todo lo relacionado con la mujer era oscuro, húmedo, terrenal, asociado a las serpientes y dragones. La Iglesia asociaba  los elementos que adoraban las sacerdotisas primitivas con la muerte; intuitivamente asociaban la noche y la oscuridad con el mal, con lo contrario de la vida normal. En el cielo estaba el sol y la luz, en la tierra la noche y las cuevas. Pero aún existía un lugar peor: debajo de la tierra, posibilidad que alcanzamos cuando morimos, sin duda en este lugar habitan las criaturas más horribles y terroríficas y el hombre lo llamó infierno y su rey era el demonio.




Hans Memling. Visiónes del Infierno del “Juicio Final”



BRUIXES: INDEX

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