jueves, 26 de febrero de 2015

Lord Monboddo y Rousseau

    El texto que aquí se presenta, “Monboddo y Rousseau”, escrito por el filósofo norteamericano Arthur O. Lovejoy en 1933, recrea para el lector contemporáneo la discusión dieciochesca sobre la condición de los primates. Rousseau había sugerido la posibilidad de que los seres antropomorfos descubiertos por los viajeros europeos pudieran ser hombres en estado de naturaleza, y el magistrado escocés lord Monboddo proporcionó una justificación científica detallada al atrevimiento especulativo de su contemporáneo. 



Arthur O. Lovejoy (1873–1962) y James Burnett, lord Monboddo (1714-1799)

     El texto fue publicado en la Revista de Filosofía Volumen 63, (2007) p. 171-194; traducido del inglés por Teresa Calderón Quindós de la Universidad de Valladolid. Scielo.

     Sin duda alguna, el asunto de los primates fue uno de los temas de discusión favoritos entre los intelectuales del siglo XVIII, quienes trataban de determinar si los monos antropomorfos de África y las islas de Borneo y Sumatra eran o no hombres y, en caso de serlo, habría de serles reconocida la titularidad de ciertos derechos.

     Lovejoy utiliza un breve pasaje de The Life of Samuel Johnson, escrito por James Boswell en 1791, en el que el moralista inglés Johnson ridiculiza las opiniones de Monboddo y Rousseau sobre el asunto de la humanidad de los orangutanes.



Ilustración de Amoenitates academicae. La copia es propiedad de Johan Sahlberg

     James Burnett (1714-1799) fue un juez, filósofo y lingüista escocés, figura preeminente de la Ilustración Escocesa. Se le considera el fundador de la filología comparada, ya que sostuvo que a lo largo de su historia, la humanidad ha ido desarrollando diferentes esquemas lingüísticos en respuesta a un medio y a estructuras sociales cambiantes.

     Monboddo –o James Burnet, como se llamaba antes de su nombramiento como magistrado, había sido adoctrinado entre los primitivistas de Aberdeen.



De izquierda a derecha: Lord Kames, Hugo Arnot y Lord Monboddo, de John Kay (1826). Wikipedia

     Este grupo sostenía que el cambio de caza-recolección hacia la subsistencia de la agricultura dio lugar a la estratificación social, la coacción y la alienación, por lo que abogaban por volver a una vida “no-civilizada" a través de la desindustrialización, la abolición de la división del trabajo o la especialización, y ciertos grados de abandono de la tecnología.

    Según ellos, el hombre primitivo (sin agricultura, ni ganadería)  vivía en tribus nómadas que eran social, política y económicamente igualitarias, sin tener ninguna jerarquía. Este “anarquismo” primitivo se ha ido perdiendo durante los últimos 10.000 años, al tiempo que se ha destruido la naturaleza.



Speciale Milleire Stampalternativa. John Zerzan, Apocalittici o Liberati? Cha cos’è el Primitivismo. Inventati.org

    Antes de la “civilización”  el hombre disfrutaba de mucho tiempo de ocio, de igualdad de géneros, igualdad social y económica… Destacaba la ausencia de violencia organizada, no había mediaciones o instituciones formales, y el ser humano gozaba de buena salud y robustez. Los primitivistas establecen que la civilización inauguró la guerra, la subyugación de las mujeres, el crecimiento de la población, el trabajo abusivo, conceptos de propiedad, afianzó las jerarquías, y creó cada enfermedad conocida. Reivindican que la civilización depende de un forzado renunciamiento a la libertad instintiva y que es imposible reformar tal renunciamiento.


Los yawalapiti del amazonas

     El más nocivo de los procesos fue la sedentarización, proceso mediante el cual las tribus nómadas se convirtieron en asentadas, pasando a existencias fijas mediante la agricultura y la ganadería. Con el paisaje domesticado (campos de pastoreo, campos sembrados) termina la repartición de los recursos que en otros tiempos existió; mientras que antes "esto era de todos" actualmente es "mío". Los primitivistas sostienen que esta noción de propiedad cimentó la fundación de la jerarquía social, erigiéndose así la propiedad y el poder.

      La domesticación esclaviza a las especies que son domesticadas. Su sistema político es el patriarcado, el dominio del varón, pasando las mujeres a ser vistas como una propiedad, igual que los cultivos en los campos o las ovejas en el pastizal. El patriarcado, para un primitivista, exige la subyugación de lo femenino y la usurpación de la naturaleza, moviéndonos hacia una aniquilación total.




Grabados incluidos en America Pars Tertia (1592), de Theodor de Bry, que ilustra el relato de Hans Standen sobre los caníbales americanos.

     En la obra más importante de Monboddo, Origin and Progress of Language (1773), y en algunas de sus cartas publicadas en el volumen del profesor Knight, Lord Monboddo and Some of His Contemporaries (1900), así como en el Second Discours de Rousseau, vamos a encontrar las seis tesis siguientes, todas ellas inusuales, y algunas de ellas importantes novedades en el tercer cuarto del siglo XVIII.

1. Que el estado de naturaleza, o condición original de la humanidad, era una condición de pura animalidad, en la que nuestros ancestros carecían de lenguaje, de organización social y de casi todas las destrezas prácticas, y en la que, en general, no se distinguían de los simios por sus logros intelectuales o por su modo de vida.


Primitivismo humano

2. De lo expuesto, se deduce que para Monboddo y Rousseau, el estado de naturaleza no era un estado ideal, excepto con respecto a la condición física del animal humano. Lo recomendable sería que la humanidad saliera de este estado primitivo, pero, al mismo tiempo, no se dejan seducir por la “civilización” moderna, sino que afirman que el mejor capítulo de la historia humana sucedió en una fase anterior: Rousseau la encontró en el estadio campesino de la evolución cultural y Monboddo en la antigua Grecia.

3. Sostienen que el hombre y el “orang-Hutan” (significa hombre de la selva) son de la misma especie; en otras palabras, que los orangutanes son una porción de la raza humana que, por alguna razón, no ha logrado desarrollarse como nosotros. Por ello, podemos ver en estos animales ejemplos aproximados de las características de nuestros más tempranos ancestros y de su modo de vida.



Representación del Ardipithecus ramidus, el primer homínido conocido.

    4. Afirman que la especie humana no muestra –en sus orígenes- poderes psicológicos ni atributos mentales especiales, sino que únicamente estaba dotada con la capacidad  para el desarrollo gradual de esas facultades intelectuales más elevadas, lo que Turgot y Rousseau llamaron perfectibilité.  Así, la historia del hombre comienza en un estadio en el que, en cierto sentido, no era todavía humano, en el que se diferenciaba esencialmente de otros animales solo por una latente capacidad de progreso. Solo cuando emergió del estado de naturaleza comenzó a ser un hombre verdadero.

5. No describen la historia humana como un proceso de declive desde una primitiva perfección a un oscurecimiento gradual de la luz pura de la naturaleza que al principio había iluminado a los hombres, sino más bien como un ascenso lento y doloroso desde la salvaje animalidad a la vida de un ser racional y social.



Sahelanthropus tchadensis


Ardipithecus ramidus y kadabba

6. Lo que pretenden es descubrir los sucesivos estadios que han dado lugar al desarrollo intelectual y a la evolución social del ser humano. Para ello, propugnar partir del estudio profundo sobre la vida de los salvajes coetáneos, es decir, de las razas que todavía permanecen en uno u otro de los estadios culturales típicos que se supone han atravesado los antecesores de los pueblos civilizados.

     Analicemos un poco más los puntos que acabamos de citar:

      1. Carácter del estado de naturaleza

    Es un hecho establecido –dice Monboddo– que ha habido en el mundo, y todavía hay, rebaños de hombres (pues no merecen el nombre de naciones) viviendo en un estado enteramente embrutecido, y de hecho, y desde varios puntos de vista, más salvajes que algunas bestias, puesto que no tienen ni gobierno ni cultura [...].

    Esta opinión negativa del hombre primitivo lo aparta del primitivismo en el que había sido formado. Según este razonamiento, el hombre ha tenido un progreso desde el animal embrutecido al ser racional que somos actualmente, por lo tanto, el principio de esta evolución nos lleva al tiempo en que el ser humano debía compartir una naturaleza común con el resto de la creación animal.



Australopithecus Afarensis


Homo antecessor

     En palabras del propio Monboddo, la observación de  los hombres salvajes nos conduce naturalmente a considerar la condición de las bestias. Entre éstas y los salvajes hay tales parecidos que muchos apenas admiten diferencia alguna; e incluso entre nosotros y las bestias no hay ninguna diferencia física ni en nuestro nacimiento, ni durante algún tiempo considerable posterior a nuestro nacimiento. De lo cual podemos inferir cuán abyecta y embrutecida debe haber sido su condición antes de que tuvieran la facultad del habla.

2. Indeseabilidad del estado de naturaleza

     Monboddo habla de una etapa primitiva en la que se produjo la emergencia del hombre desde una “condición abyecta y embrutecida”, por lo tanto, nunca ha deseado que la raza volviera a ella. Por el contrario, nos ha dicho expresamente que la naturaleza humana alcanza su estado más elevado solo “cuando ha sido mejorada por las artes de la vida y exaltada por la ciencia y la filosofía”. No obstante, hay en Monboddo, como en Rousseau, pasajes que podrían fácilmente considerarse elogios de este estado de naturaleza primitiva, descrito por ambos en términos muy seductores.



Los primeros hombres que pudieron adaptarse a las temperaturas heladas de Europa del Norte lo hicieron hace 800,000 años en Happisburgh (Norfolk, este de Inglaterra). Antes vivían en sitios de  clima tropical, mediterráneo o de sabana al sur de los Pirineos y de los Alpes

     La explicación de la supuesta incongruencia es, en gran medida, que ambos escritores, al alabar la “condición natural de la humanidad”, se referían fundamentalmente a la superioridad anatómica del bruto primitivo, y lamentaban el deterioro físico de nuestra especie, achacable, según ellos, a los lujos de la sociedad civilizada.



Dibujos del libro de John Sluper, publicados por John Ashton en Curious creatures in zoology, London, 1890. Gutemberg.org

     Monboddo es un gran defensor del ejercicio físico, un profeta de la cultura física y un predicador del valor higiénico en un régimen casi espartano. En sus propias palabras:

    “El objeto, por ejemplo, del arte de un médico debe ser devolver el cuerpo a ese estado natural, en la medida de lo posible, estado natural que debe ser por tanto el modelo de perfección de su arte. El filósofo político, de modo similar, estudiará cómo preservar la fuerza natural y el vigor del animal [...] mediante una dieta apropiada, ejercicio, y hábitos de vida determinados [...]. Y finalmente, cada hombre en particular [...] si es sabio y si conoce este estado de naturaleza, intentará devolverse a sí mismo a tal estado, en la medida en que sea coherente con el estado de sociedad en el que vive…”.



Cazadores de Atapuerca, recreación de Raúl Martín

     Los pasajes de Monboddo sobre las ventajas del estado de naturaleza eran entonces una manera de expresar un ideal extraño en su época y que, sin duda, necesitaba enorme propaganda: el de la buena salud y forma física. Vitupera la “constante falta de moderación en el comer y en el beber” de sus coetáneos, y lamenta que “los ejercicios atléticos, al menos aquellos que son apropiados para potenciar la fuerza y agilidad del cuerpo, estén casi en entero desuso”.

3. El hombre y el orangután

     Rousseau había marginado su sugerencia sobre nuestro parecido con los simios a una nota. Allí, sin duda, escapó a la atención de muchos de los lectores de su propio tiempo, y pasó aparentemente inadvertida para muchos de los historiadores posteriores. Monboddo, sin embargo, dedicó más de cien páginas a la defensa de esta hipótesis, y probablemente fue con esta doctrina con la que fundamentalmente se asoció su nombre en las mentes de la mayor parte de sus coetáneos después de que en 1773 apareciera su primer volumen de Origin and Progress.



Caricatura de Lord Monboddo por John Kay, para el libro de William Angus Knight, Lord Monboddo and Some of His Contemporaries, London, J. Murray, 1900.



William Jardine, The Natural History of Monkeys (1833)

     Esta visión “evolucionista” del ser humano le supuso la burla mordaz del moralista Samuel Johnson, chanza que con gran dureza volvería contra él la historia de la ciencia y de la filosofía en el siglo siguiente.

    Veamos una mofa de Johnson sobre las nociones que tenía Monboddo sobre los salvajes: "Señor, es tan posible que el Orangután no hable como que hable. Sin embargo, no lo discutiré. Yo nunca habría pensado que pudiera encontrar un Monboddo; y sin embargo él existe"(…) Es una pena ver a Monboddo publicar esas ideas tal como lo ha hecho; un hombre sensato, y un erudito tan elegante. No habría tenido ninguna importancia de haberlo hecho un loco, simplemente reiríamos, pero cuando lo hace un hombre sabio, nos apenamos. Hay otra gente que tiene ideas extrañas, pero las oculta; sin embargo, Monboddo es tan celoso de sus ideas como una ardilla de su cola".



Homo heidelbergensis de la Sima de los Huesos (Atapuerca)

     Sin embargo, cuando Monboddo empleaba el término “orangután” lo hacía de forma genérica, ya que también era aplicable al gorila y al chimpancé y, en general, para referirse a los simios africanos más que a los orangutanes de Borneo o Sumatra. Su primera razón para asegurar nuestra probable consanguinidad con estos antropoides era, en cierta medida, de tipo científico y completamente legítima, basada en los resultados de anatomía comparada recientemente expuestos por Buffon y Daubenton en la Histoire naturelle.

    Monboddo ha sido ridiculizado con frecuencia, en su propio tiempo y desde entonces, por formarse una idea demasiado exaltada de la faceta intelectual y del atractivo temperamento de nuestros primos los simios. Sobre el refinamiento de la hembra de la especie, en particular, cita algunos ejemplos bastante sorprendentes de “Bontius, el médico de Batavia” (Jakob de Bondt, Bontius, cuya Historia Naturalis et Medica Indiae Orientalis 1658, dice que al orangután de Batavia –Yakarta- solo le falta hablar para ser humano). Aunque Monboddo exageraba sobre la sensibilidad de estos animales, se encontraba más cerca de la realidad que muchos escritores posteriores hasta tiempos muy recientes.



Orangután de Borneo quemado víctima de la deforestación para la industria de aceite de palma: el camino a la extinción (2012)

      Monboddo mantiene, junto con Rousseau, que en el estado puro de naturaleza el hombre era una “bestia salvaje solitaria” sin “ninguna inclinación natural a entrar en sociedad”, y que, por tanto, no vivía ni en rebaños ni en grupos familiares. Pero los orangutanes, según los informadores de Monboddo, “algunas veces viven juntos en sociedad; actúan de consuno, particularmente en el ataque a los elefantes; construyen cabañas, y sin duda practican otras artes para el sustento y la defensa [...]: se puede reconocer que están en el primer estadio del progreso humano, ya que están asociados y practican algunas habilidades vitales; pero no tan avanzados como para haber inventado el gran arte del lenguaje”.

     Rousseau y Monboddo creían en la bonté naturelle del orangután; ese animal, aunque incapaz para la moralidad propiamente dicha, tiene, a fortiori, los verdaderos aspectos primitivos que nuestra especie tenía: una disposición “mansa” y “amable”. Y de nuevo como Rousseau, Monboddo encuentra en esta conexión la ocasión para discrepar de la opinión de Hobbes:

     “Creo que nunca podría entender, como el Sr. Hobbes, que el hombre es por naturaleza el enemigo del hombre, y que el estado de naturaleza es un estado de guerra de cada hombre contra cada hombre. Ese es un estado como no existe ningún otro, ni existió jamás en especie alguna de animales. Y, aunque haya podido ser muy ingenioso por parte del Sr. Hobbes (pues es cierto que él fue un hombre muy perspicaz y mucho más erudito que los que actualmente se erigen como maestros de la filosofía), para mí está claro que no sabía lo que era el hombre por naturaleza, despojado de todos los hábitos y opiniones que adquiere en su vida civil; sino que suponía que, previamente a la institución de la sociedad, tenía todos los deseos y pasiones que ahora tiene”.



            Monboddo sostiene que los deseos y ambiciones que hacen al hombre agresivo y lo colocan en desacuerdo con sus semejantes se desarrollaron a partir del instante en que adoptó el hábito de vivir en sociedad, y que sus pasiones antisociales son por tanto, en cierto sentido, producto del estado social. Esta idea juega un papel importante en el Second Discours de Rousseau. Monboddo, al contrario que Rousseau, fue un evolucionista en los sentidos tanto biológico como antropológico y aceptaba la hipótesis general sobre la transformación de las especies que había sido ya propuesta por Maupertuis y Diderot.

      Sin embargo, visto el empeño de Monboddo en mostrar que el hombre y el orangután son de la misma especie, parece indicarnos que no cree que animales de diferentes especies puedan surgir una de la otra o de antecesores comunes. Y en un pasaje niega expresamente que hubiera sugerido con anterioridad nuestro parentesco consanguíneo con los monos o con los otros simios:

      “Aunque mantengo que el orangután es de nuestra especie, no se debe suponer que crea que el mono o simio, con o sin cola, participa de nuestra naturaleza; al contrario, mantengo que, por mucho que su forma se parezca a la nuestra, éste es sin embargo, como Linneo dice del Troglodita, nec nostri generis, nec sanguinis”. 



El chimpancé exibido en Londres em 1738

      La razón principal que da para esto es que “ni el mono, ni el simio, ni el mandril tienen nada de manso o amable, tratable o dócil, benevolente o humano en su disposición”. Cree que es muy evidente que el orangután está por encima de la raza simia, a la que niega relación fraterna con el hombre. Aunque puntualiza que le “da la sensación de que los grandes mandriles se encuentran en la misma relación con nosotros que el asno con el caballo, o nuestro jilguero con el canario”.

      Esto, aparentemente, solo puede significar que todos los simios, los monos y el hombre descienden de ancestros comunes. Como Monboddo no había clasificado a todos estos animales como pertenecientes a una sola especie, daba a entender que era posible que una especie descendiera de otra. E incluso en Origin and Progress of Language la misma creencia era más que simplemente insinuada. Monboddo introduce en el trabajo algunos informes sobre la existencia en ciertas partes del mundo de hombres con cola: si ahora el hombre no tiene, ello indica que conforme iba evolucionando la perdió.



Thomas Love Peacock se burló de la opinión que tenía sobre los orangutanes Lord Mondobbo en su novela Melincourt  (1817), en el que un orangután civilizado ("Sir Orán Hout-ton") es elegido para el Parlamento.

       Por ejemplo, Koeping, un lugarteniente naval sueco cuya buena fe era garantizada por el propio Linneo había informado de que navegando por el golfo de Bengala, había “desembarcado en la costa de una de las islas de Nicobar, donde vieron hombres con colas como las de los gatos, y cuya manera de moverse era idéntica”.

      La existencia de hombres con cola había sido asegurada por Plinio en Historia Natural, VII, 2 y aceptada por Linneo, Systema naturae (2ed., 1766), I, p. 33. Robinet había dedicado un capítulo de su Gradation naturelle des formes de l’être a la evidencia de la realidad de hombres con cola, que para él ilustraban lo finamente matizada que es la escala de los seres.



Joannes Zahn (1696) y su figura a la que llama “Ourani Outains” Gutemberg.org

     El pongo (sin cola) “está conectado con el hombre por infinidad de similitudes; el hombre debe estar conectado por otras características con especies muy inferiores al pongo” (Robinet, De la nature, V, 1768, p. 160). Robinet, sin embargo, mantenía que el pongo y el orangután no eran “hombres verdaderos”, sino “una especie intermedia que actúa como transición entre el simio y el hombre” (ibíd., p. 151). Robinet tiene un lugar junto con Maupertuis y Diderot entre los pioneros franceses del evolucionismo.

      Se puede concluir, por tanto, que en principio aceptaba la posibilidad general de la transformación de las especies, y que definitivamente presentó, como hipótesis probable, el origen común de la mayor parte o de todos los antropoides. Se convirtió así en el primer británico defensor del evolucionismo, o cuasi-evolucionismo en biología, anticipándose en veinte años al Zoonomía de Erasmus Darwin.

4. La diferencia específica del “homo sapiens”

     Aunque haya cabida para la disputa respecto a las diferencias entre el hombre y otros animales, había afirmado Rousseau en el Discurso sobre la desigualdad hay una cualidad muy específica que los distingue, y sobre la cual no puede haber discrepancia alguna, y es la facultad de perfeccionarse; facultad que, con ayuda de las circunstancias, desarrolla sucesivamente todas las demás [...]; mientras que un animal es al cabo de unos pocos meses lo que será toda su vida, y su especie después de mil de años lo que fue el primer año de esos mil”.

      Monboddo recurre frecuentemente al mismo tema. No hay ninguna diferencia natural entre nuestras mentes y las suyas (la de las bestias), y la superioridad que tenemos sobre ellas es adventicia, afirmaba:

      “Suponiendo que podamos llegar más lejos que donde pueda llegar con cultura cualquier bestia (lo cual creo que ocurre), esto no es más que decir que tenemos por Naturaleza capacidades mayores”.

     Al hombre se le llama “animal racional”, pero “esta diferencia específica de racional no consiste en la energía o el ejercicio actual de la facultad de la razón, ni siquiera en la posesión; en tal caso el recién nacido no sería un hombre”.  



¿El hombre animal racional?

      “No puedo sino considerar algo defectuosa la común definición del hombre como animal racional. Creo que podía ser modificada favorablemente, aunque no completamente, si se le definiera como animal razonable, si se me permite que razonable signifique la capacidad de recibir razón, y no su ejercicio real [...]. Esta definición es apropiada, mientras que la de Aristóteles no lo es, ya que éste le define como animal racional, como si fuera efectivamente así, y no sólo potencialmente, por su naturaleza específica y sin ninguna ayuda exterior o cultura”.

5. El ascenso del hombre

     Como consecuencia de todo lo anterior cabe decir que los atributos que comúnmente se consideran distintivos de la humanidad no fueron creados desde el principio, sino que se alcanzaron ardua y lentamente.

     En resumen, nada que sea distintivo del hombre era primitivo, y nada que sea de excelencia máxima en él viene solo por naturaleza. Monboddo fue por tanto un evolucionista en un sentido más profundo que el que se extrae de la creencia en la igualdad del hombre primitivo con el orangután. Fue uno de los pocos hombres de su tiempo que realmente tenía lo que podría llamarse “mente de hábito genético”. La distinción aristotélica “entre el poder de llegar a ser algo, y la realidad de ser esa cosa”, o “entre potencia y acto”, es fundamental para toda su doctrina. Monboddo declara que esta distinción existe en toda la naturaleza, en la cual hay un progreso perpetuo de un estado a otro, y que nada es al principio lo que llega a ser con el tiempo. Ahora bien, si alguien dice que la mente humana es una excepción a esta ley de la naturaleza, debe probarlo. Pero esto nunca le será posible, afirma Monboddo.



Las almas según Santo Tomás

      En consecuencia, Monboddo no vaciló en decir –por muy ofendidas que pudieran sentirse “algunas personas piadosas y bien dispuestas”– que “la principal prerrogativa de la naturaleza humana, el alma racional”, es “de nuestra adquisición, y fruto del esfuerzo, como cualquier arte o ciencia, no un don de la naturaleza”. Llámese a esta doctrina como se quiera, no puede adjudicársele el calificativo de “primitivismo”, declara Lovejoy.

     No obstante, después de lo que hemos visto, incluso en nuestros días podemos encontrar autores eruditos que declaran que Monboddo era “un primitivista del tipo más extremo”.

      Aún más, este modo de pensar atacó al corazón del primitivismo y también del uniforme concepto de naturaleza humana con el que comúnmente se asociaba al primitivismo desde el siglo XVI al XVIII.

     En realidad, esto ya estaba siendo minado por la “teoría de los climas”, especialmente a través de la influencia de Montesquieu y Buffon.

     "Las necesidades en los diferentes climas han dado origen a los distintos modos de vida, y éstos, a su vez, han dado origen a los diversos tipos de leyes" (De l`Esprit des Lois, 1748 de Montesquieu).

     "El calor del clima es la causa principal del color negro: cuando el calor es excesivo, como sucede en Senegal y en Guinea, los hombres son enteramente negros: donde ya empieza a ser un poco más templado, como en Berbería, en el Mogol, en Arabia, los hombres no son sino morenos; finalmente, donde el calor es muy templado, como en Europa los hombres son blancos, y únicamente se advierten en ellos algunas variedades que sólo dependen del modo de vida" (Histoire Naturelle 1749 de Buffon).



“The Five Races of Man” (1911) cartel para la revista German-magazine de Dresden

    Así, pues, estos autores dejaron expuesta la teoría de que el hombre es reflejo del ambiente en el que vive. La diversidad física de los hombres, los caracteres peculiares de cada raza, vendrían a expresar la cualidad adaptativa del ser humano a los diferentes climas en que habita. Una vez más, comprobamos que la teoría de la evolución se fue fraguando lentamente en el pensamiento occidental. La diversidad geográfica de la Tierra sería la clave para comprender la diversidad cultural de los pueblos, sus distintos modos de vida, costumbres, leyes y creencias.

    Hoy sabemos que la diferencia de color se debe a la importancia del ácido fólico en el desarrollo fetal y a su interacción con la radiación ultravioleta. El exceso de radiación ultravioleta del Sol destruye al ácido fólico; compuesto crucial para el desarrollo embrionario humano. Por esta razón nuestros antepasados africanos tenían que ser oscuros para propiciar su supervivencia a través de la natalidad. Pero, por otro lado, la falta de radiación ultravioleta impide la formación de la vitamina D, y la carencia de esta causa raquitismo, enfermedad que puede ser mortal. Así que, cuando nuestros ancestros de piel oscura migraron a las regiones del norte, donde la radiación solar era más débil, tuvieron que volverse más pálidos para sobrevivir.



Clasificación de tipos raciales del mundo, según un libro  escolar estadounidense de 1906: New Complete Geography.

     Durante siglos estas doctrinas arrastraron una existencia discreta, -afirma Luis Urteaga es Profesor Titular de Geografía Humana en la Universidad de Barcelona en La Teoría de los climas y los orígenes del ambientalismo, ube.edu- fructificando sólo intermitentemente en obras de vasta erudición como la Apologética Historia Sumaria del padre Las Casas (Capel, 1992), o la gran síntesis renacentista de Jean Bodin, Methodus ad facilem historiarum cognitionem (1566). Pero este es un tema que trataremos en otro apartado.

     El ataque más serio al planteamiento de que el hombre siempre ha sido y será igual fue el que hicieron estos tempranos evolucionistas sociales, Rousseau y Monboddo, quien citó los planteamientos de Montesquieu,  el cual escribió lo que sigue sobre el pensamiento de la mayoría de los filósofos:

    “Debo hacer una advertencia sobre cierta manera de razonar muy común que observo sobre este asunto. En primer lugar, se establece la hipótesis de que el hombre ha sido desde el principio, en todas las edades y naciones del mundo, el mismo, o casi el mismo, que el hombre actual de Europa o de otras partes civilizadas de la tierra, pues es una máxima constante en boca de tales razonadores que la naturaleza humana es y siempre ha sido la misma. Y en segundo lugar, tales razonadores suponen que esta máxima es innegable, de lo que concluyen, basándose en nuestros modos y costumbres y en que tal y tal institución son practicadas por las naciones civilizadas, que todo esto debe haber estado siempre en uso y que es tan antiguo como la raza humana [...]. Pero yo pienso que estoy en el derecho de establecer hipótesis contra hipótesis, y de suponer que el hombre, lejos de continuar siendo la misma criatura, ha variado más que ningún otro ser que conozcamos en la Naturaleza. Y aunque pueda decirse en algunos casos que su naturaleza es la misma, puesto que tiene todavía las mismas capacidades naturales que tenía desde el principio; sin embargo su naturaleza es, por su constitución original, susceptible de cambios mayores que la naturaleza de cualquier otro animal conocido.     Y de hecho ha sido demostrado que ha sufrido los mayores cambios. Lo ha sido en primer lugar por la historia general de la humanidad, según la cual parece que ha habido un progreso gradual en las artes y los modos de varias naciones de la tierra [...]; y, en segundo lugar, por informes particulares sobre las costumbres y modos de las naciones bárbaras, tanto antiguas como modernas”. (Monboddo, Origin and Progress of Language, 2a ed., 1789. I, pp. 443-44)

6. Concepción de una historia universal evolutiva

     El gran proyecto original de Monboddo consistía en hacer a gran escala aquello que Rousseau había intentado de un modo breve y esquemático en el Discours sur l’origine de l’inégalité. En 1766 Monboddo transmitió a James Harris su proyecto de escribir una historia universal evolutiva, según nos cuenta William Angus Knight en Lord Monboddo and His Contemporaries, London, J. Murray, 1900 p. 50.



Este dibujo en sepia es un boceto para el óleo de James Edgar sobre una velada en la casa de lord Monboddo en 1786. El ilustre grupo de hombres y mujeres de Edimburgo incluyó a individuos como el Dr. John Moore, Profesor Dugald Stewart y el profesor Adam Ferguson. Sus retratos están basados en pinturas, dibujos y miniaturas previamente existentes. Robert Burns ocupa un lugar central, y está sentado frente a su anfitrión, lord Monboddo, y al lado de la hija del juez, Eliza Burnett,  una belleza de Edimburgo pretendida por Robert Burns.



     [Escribir] “una Historia del Hombre en la cual seguiría la pista del hombre a través de los distintos estadios de su existencia; y es que nuestra especie ha progresado desde un estado algo superior al de la mera animalidad hasta el estado más perfecto de la antigua Grecia, de cuya descripción vos sois autor y que es tan sorprendente y peculiar de nuestra especie”.

     Al igual que Rousseau, también él vislumbró un nuevo tipo de historia posible, e insistió en que una ciencia dedicada a tal asunto debía fundamentarse sobre un estudio cuidadoso de la vida real de los pueblos en los estadios anteriores de la evolución social:  “(…) quien quiera seguir la pista de la naturaleza del hombre hasta su origen, debe estudiar muy diligentemente las costumbres de las naciones bárbaras, y no formar teorías sobre el hombre a partir de lo que observa en las naciones civilizadas”.

         La convicción de que el estado original de la humanidad se acercaba a la animalidad se la proporcionaron los viajeros de finales del siglo XVIII y el descubrimiento de los hotentotes, unos “salvajes nada nobles”. Ya hemos visto autores que concebían la naturaleza como un continuo de formas, una cadena de seres, y otros que podríamos calificar de evolucionistas primitivos como la afirmación de Sir John Ovington, Voyage to Surat, 1696 [citada por R. W. Frantz en Modern Philology XXVIII, 1931, pp. 55-57]: Los hotentotes son “exactamente lo contrario del género Humano [...], de modo que si existe un punto intermedio entre un Animal Racional y una Bestia, el Hotentote reivindica justamente este lugar”. La teoría de Monboddo también había sido bosquejada por Blackmore y Hughes en Lay Monastery:

      “Nada es más sorprendente y deleitoso que observar la escala o el gradual ascenso de los minerales a las plantas, de las plantas a los animales, y de los animales a la naturaleza humana. Es fácil distinguir estos tipos, hasta alcanzar al más elevado de uno, y al más bajo del que está por encima de él; y entonces la diferencia es tan agradable, que los límites y las fronteras de sus especies parecen haber sido dejadas sin establecer por la Naturaleza para perplejidad del curioso y humillación del filósofo orgulloso. Así como el hombre, quien más se acerca a la clase más baja de los espíritus celestiales (ya que ciertamente debemos suponer una subordinación en ese orden celestial) al ser mitad cuerpo mitad espíritu, se convierte en el aequator que divide por la mitad la creación entera y distingue lo corporal del mundo intelectual invisible; del mismo modo el simio o mono, que disfruta de la mayor similitud con el hombre, es el siguiente en el orden de los animales por debajo de él. Tampoco es tan grande la disconformidad entre los individuos más bajos de nuestra especie y el simio o mono, y si estos últimos estuvieran dotados de la facultad del habla, quizás podrían reclamar justamente el rango y la dignidad de la raza humana, como el salvaje hotentote, o el estúpido nativo de Nueva Zelanda [...]. El más perfecto en este orden de seres, el orangután, como lo llaman los nativos de Angola, es decir, el hombre salvaje, u hombre de los bosques, tiene el honor de disfrutar del mayor parecido con la naturaleza humana. Aunque toda esa especie tiene cierta consonancia con nosotros en nuestros rasgos, pues se han encontrado muchos ejemplos de hombres con cara de mono, éste tiene de entre ellos el mayor parecido, no sólo en su semblante, sino en la estructura de su cuerpo, y en su habilidad para caminar erguido, así como a cuatro patas, en sus órganos del habla, en su pronta comprensión, y en sus amables y tiernas pasiones, cualidades que no se encuentran en ningún otro tipo de simio, y algunos otros rasgos” (Ensayo Nº. 5, 1714, p. 28. Nueva edición de Lay Monk 1713).



El primer plano de esta ilustración de la Bogaarts Historische Reizen de 1711 representa la forma de vida tradicional de los khoikhoi (hotentotes) Autshumato (Harry), Krotoa (Eva) y Doman dejaron atrás cuando se convirtieron en intérpretes para los holandeses.

      Monboddo vuelve a referirse al señor Rousseau (Discours sur l'origine et les fondements de l'inégalité parmi les hommes), donde ridiculiza la locura de aquellos que piensan que comprenden la naturaleza humana porque conocen los modos y maneras de los de su nación, y quizá algunos de los de las naciones vecinas; de lo que concluyen muy sabiamente que el hombre es el mismo en todas las edades y en todas las naciones. Añade Monboddo que se siente feliz de que un genio tan grande piense como él.

     Sin embargo, Monboddo no dice que derivara su teoría de la humanidad del orangután de Rousseau, y más bien da a entender que dieron con la gran idea de manera independiente.



   
    Lovejoy afirma, sobre la teoría evolucionista, que tanto Rousseau como Mondboddo “eran compañeros de batalla, los dos principales campeones de su época en la defensa de las seis tesis conectadas que he presentado al comienzo de este trabajo”.

    Aunque la prioridad de Rousseau en el enunciado de todas ellas podría poner en cuestión la originalidad de Monboddo, no obstante, su superior desarrollo y exposición lo equipara con el francés.

     Monboddo extendió, de modo algo indeciso, la doctrina de Rousseau sobre la igualdad de las especies del hombre y el chimpancé hacia la hipótesis del origen común de todos los antropoides.

     También podemos afirmar que los dos autores habían sugerido una ley general sobre la evolución orgánica. En esta última tesis se le anticiparon al menos tres escritores franceses (Maupertuis, Diderot, Robinet) y Leibniz; pero aparentemente no era consciente de ello, como la mayor parte de sus contemporáneos británicos y como muchas historias de la ciencia durante más de un siglo. Sirva este escrito para reivindicar la figura de Monboddo.



Sus paisanos escoceses están recuperando la figura de este pensador,  dedicándole el musical Monboddo, The enlightenment Man, con su hermosa hija Eliza y el poeta Robert Burns, como coprotagonistas.

Fuente:

Lovejoy, Arthur (1933). «Monboddo and Rousseau» Modern Philology. Vol. XXX. pp. 275-296. Hay traducción al castellano en la Revista de Filosofía Volumen 63, (2007) p. 171-194; traducido del inglés por Teresa Calderón Quindós de la Universidad de Valladolid. Scielo.

Historia natural del alma
(Basada en la obra de L. Bossi y la historia del pensamiento de Arthur O. Lovejoy)

1. ¿Que es el alma?


2. El alma en la Antigüedad


3. El alma de los animales


4. El racionalismo y el hombre máquina

5. El Idealismo


6. Transformismo: la escala en movimiento


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