sábado, 12 de enero de 2013

El viaje extático: la diosa osuna


      Las mujeres sicilianas afirmaban que se encontraban periódicamente con misteriosos seres femeninos: “mujeres de afuera”. Iban con ellas, volando en la noche, a un banquete en castillos remotos o en praderas. Estaban ricamente vestidas, pero tenían garras de gato o pezuñas equinas. En el centro de estas “compañías” había una divinidad femenina que tenía muchos nombres: la Matrona, la Maestra, la Señora Griega, la Sabia Sibilla, la Reina de las Hadas, a veces acompañada por un rey.

     Así pues, estos relatos similares a aquellos dados por las mujeres en éxtasis que visitaban a la diosa nocturna, dimanaban de tradiciones específicamente Sicilianas. Esto lo dedujeron G. Henningsen, “Sicilien: ett arkaiskt mönster för sabbaten”, en A. Ankarloo y G. Henningsen eds. Häxooras Europa (1400-1700), Lund 1987, pp. 170-99. presentado en la conferencia sobre brujería en Estocolmo en Septiembre de 1985 y G. Bonomo, “Caccia alle streghe”, Palermo 1959, p. 65, donde habla de un manual de Giovanni Vassallo que fue muy popular en Sicilia entre 1450 y 1470, el cual se refería a las “mujeres de afuera que viajaban de noche”.

      Esta creencia sobrevivió durante largo tiempo, como comprobamos en 1640 cuando una mujer de Palermo, Caterina Buní, que salió de noche con “las mujeres de afuera” y que prometió llevar a gente con ella para que montaran sobre carneros castrados, como ella misma hacía, fue juzgada y sentenciada por el Santo Oficio. Incluso a mediados del siglo XIX, Donni di afuora (Mujeres de afuera), Donni di locu (Mujeres Locales), Donni di notti (Mujeres de la noche), Donni di casa, Belli Signuri (Bellas Señoras) y Patruni di casa (Señoras de la Casa) continuaban revelándose a los hombres y mujeres; ambiguas figuras, generalmente benefactoras aunque dispuestas a causar problemas a aquellos que no les otorgaban el debido respeto.

       Carlo Ginzburg piensa que estas tradiciones se deben a la  presencia en la isla de tropas mercenarias celtas, contratadas por los griegos y cartagineses en el siglo IV a.C., notando además, la presencia en la isla de relatos legendarios desde el siglo XIII, según los cuales el Rey Arturo, herido en batalla, yacía herido en una cueva en la falda del monte Etna. Estas leyendas se supone fueron traídos a Sicilia a finales del siglo XI por caballeros Bretones, que habían llegado a la isla junto a los invasores Normandos.

      Basándose en una obra perdida de Posidonio de Apamea (80 a.C.), Plutarco (siglo I-II d.C.) en  la “Vida de Marcelo” nos narra lo sucedido el año 212 a.C. a Nicias, primer ciudadano de Engyon (una ciudad en el Este de Sicilia, hoy día Troina), ciudad famosa por las apariciones de algunas diosas, llamadas Madres. Nicias realiza algunos discursos hostiles contra las Madres, diciendo que sus apariciones no tienen sentido. Durante una asamblea pública se deja caer de repente al suelo como si estuviera muerto. Poco después, recuperando conciencia, con una débil y entrecortada voz dice que las Madres le están atormentando. Se arranca la ropa como si estuviera loco y, aprovechando el desaliento general, huye. La fama del santuario de Engyon era grande: varias ciudades Sicilianas celebraban sus oráculos con sacrificios, ofrendas de oro y plata a la diosa Madre, para la prosperidad de personas y el estado.

     Diodoro Sículo dice que los fundadores de Engyon fueron los cretenses que habían traído el culto de las Madres de su país de origen. Cicerón, en contraste, dice que Engyon era famosa por el templo dedicado a la Gran Madre, Cibeles. Nosotros sabemos que la Diosa tiene múltiples manifestaciones, que es única y aparece en forma de tríadas, como los de las fases lunares. Se ha supuesto que este culto, presumiblemente Cretense de origen, estaba inserto en un culto indígena pre-existente en el que las diosas de Engyon han sido identificadas en triadas de ninfas retratadas en relieves de monedas sicilianas, como las tres pequeñas figuras, envueltas en un manto, encontradas en una tumba en Chipre, o con otras de mayor dimensión que pueden ser vistas en un bajo relieve encontrado en Camaro cerca de Mesina o con las ninfas representadas en un número de exvotos, descubiertos en el santuario tracio de Saladinovo.


Tres ninfas bailando. Marmol del II siglo aC de Saladinoco, cerca de Pazardzik (Archaeological Museum, Sofia, Bulgària)

     Estos santuarios son conocidos popularmente como “cementerio de las hadas”, en los que aparecen las triadas de ninfas con peinados en forma de turbantes, similares a los de la Matronae Celta –o a aquellas “Mujeres de afuera” que, a mediados del siglo XIX, se le aparecieron a una anciana en Módica. En cuanto a Saladinovo, la presencia de estas figuras no es sorprendente, pues la existencia de asentamientos celtas en la Tracia está documentada en los siglos IV y III a.C.

      La analogía entre las enigmáticas diosas Madre de Engyon y la Matronae Celta es prueba de la presencia en las esferas tanto celta como siciliana de varias divinidades maternales, no identificables con la Madre Tierra o la Madre de los dioses adorada en Asia Menor, dice Carlo Ginzburg, que olvida el aspecto trino de la Diosa. El prefiere hablar sobre las “madres victoriosas” de raíces simultáneas celtas y sicilianas, como las  figuras de Morgan le Fay o “las mujeres de afuera”, formulando la hipótesis de una continuidad subterránea, en la esfera Siciliana, entre las Madres de Engyon y las “mujeres de afuera”.

      Las apariciones de las Madres indican que esas divinidades se revelaban habitualmente a individuos en un estado de éxtasis. Y las torturas que infligieron las Madres a aquellos quienes, como Nicias, negaron sus apariciones, recuerdan la hostil reacción de las “mujeres de afuera” contra cualquiera que les faltase al respeto. Sin embargo, la fisiognomía de las Madres de Engyon permanece oscura. De acuerdo con el mito, Rea buscó refugio en Creta en orden a escapar de Cronos, que quería devorar a su recién nacido Zeus, en conformidad con su habitual práctica. Dos osas (o, según otras versiones, dos ninfas), Helike y Kinosura, cuidaron del niño, escondiéndole en una cueva en el Monte Ida. En gratitud, Zeus las transformó en constelaciones: Osa Mayor y Osa Menor. Citando un pasaje del “Phaenomenea” (el poema de popularización astrológica) escrito por Arato cerca del 275 a.C., Diodoro identifica a las Madres de Engyon con las dos osas. De acuerdo con otras versiones, fue una ninfa (o cabra) llamada Amaltea la que crio a Zeus, siendo después transformada en una constelación, una perra; una puerca; un enjambre de abejas. El niño dios criado por animales (posteriormente antropomofizados) es una muy diferente figura de la del Señor del Olimpo, una divinidad celestial definitivamente Indo-Europea: los mitos cretenses derivarían de un estrato cultural más antiguo, el cual podemos encontrar cerca de Zyzico en el Propontis (hoy Mar de Mármara), donde había una montaña que, según se relata en una nota marginal en la “Argonáutica” de Apolonio de Rodas (I.936), era llamada montaña “de las osas” en memoria de las nodrizas de Zeus.

     No hay duda que el culto siciliano a las diosas Madres presupone mitos cretenses basados en Osas-nodrizas; en contraste, la relación entre los mitos cretenses y arcadios acerca de la Madre-ninfa transformada en osa parece menos clara. En una región montañosa y aislada del Peloponeso como era Arcadia estos mitos se mezclaron con las tradiciones locales, registradas por Pausanias en el siglo II a.C., las cuales afirmaban que Zeus no había nacido en Creta, sino en una región de Arcadia llamada Creteia, donde fue alimentado por la nodriza Helice (hija del rey Licaon –otra versión la identifica con Fenix, una ninfa transformada en pájaro por Artemisa pues era culpable de haber sido seducida por Zeus.




Jupiter y Calisto, grabado de Jacopo Amigoni

       Se observa en Creta una contaminación entre los mitos del nacimiento de Zeus y los mitos de Calisto, la hija (al menos en algunas versiones) de Licaón, Rey de Arcadia, que era amante de Zeus y madre del epónimo héroe Arcas. Ella fue transformada en osa y después muerta por Artemisa; elevada al cielo para formar la constelación de la Osa. Esto es debido a que los arcadios -a juzgar por su dialecto- fueron los conquistadores de Creta a mediados del segundo milenio a.C.




Calisto, transformada en osa, a punto de ser asaetada por su hijo Arcas

      La convergencia, posiblemente tardía en parte, entre los dos grupos de mitos –cretenses y arcadios- se ve en los elementos “osa hembra-ninfa-Zeus-constelación”: su combinación y función inmediata son diferentes. En lugar de dos osas nodrizas, una amante transformada en osa; en lugar de la infancia fabulosa de un dios, la declaración del origen divino de Arcas. El lazo entre los descendientes de Arcas y el hijo del fundador del linaje Pelágico, Licaón, a quien Zeus transforma en lobo por haber realizado sacrificios humanos, fue debilitado para hacer lugar a una nueva genealogía mítica. Mediante el mito de Calisto –un mito auténtico de restablecimiento- los pelasgos, como observa Pausania (VIII. 3.7), se convirtieron en arcadios: un nombre que la etimología popular traza hacia atrás hasta el (oso/a) Urso (arkatos, arkos).

     En todos estos mitos vemos la pervivencia de un antiguo culto a una Diosa con apariencia ursina: un ancestro remoto de las Madres de Engyon. Esto lo demuestra los restos de un santuario Ateniense dedicado a Artemisa “Calisto”; o el famoso y debatido pasaje en Aristófanes (Lisistrata, vv. 641-7) donde parece que Artemisa Bauronia era adorada en el santuario de Brauron por niñas llamadas “osas”, que llevaban ropas de color azafrán. En la región de Arcadia, muy conservadora desde un punto de vista cultural, existían en el siglo II a.C. cultos relacionados con divinidades total o parcialmente animales. En Creta, en la costa noroeste de la isla, existía una ciudad micena llamada Kinosura –el nombre de una de las nodrizas de Zeus- que tambien designaba la península en la que la ciudad estaba localizada: la actual Akrotiri. Aquí se puede ver aún “una cueva del oso/a” (Akroudia), así llamada por una imponente estalagmita que suponía un animal. Se han encontrado fragmentos de imágenes de Artemisa y Apolo en la cueva fechados en el periodo clásico y Helenístico. Hoy se adora allí a la “la Virgen de la cueva de la osa” (Panaghia arkoudiotissa) y, de acuerdo con una leyenda local, la Madona entró en la cueva buscando sombra y se encontró cara a cara con una osa que la convirtió en piedra. Detrás de las re-elaboraciones Cristianas, se puede presumir un culto que ya existía en el segundo milenio a.C. en la época Minoica, de una diosa nodriza ursina. 




Carrera de osas desnudas del santuario de Bauronia 




Niñas Osas. Museo Arqueológico. Braurón. Foto: Hortus Hesperidum

      Con toda probabilidad el nombre de esta diosa permanecerá desconocido para siempre. Pero se sabe que el nombre de otra de las nodrizas de Zeus -Adrasteia, divinidad traco-frigia- fue adorada en Atenas junto con la diosa Tracia Bendis, que  Herodoto identificó con Artemisa y Pausanias (X.27.8) asimiló Adrasteia con Artemisa. En la Iliada Artemisa es la “señora de los animales” (potnia theron, XXI, 470), un epíteto que evoca la presencia, en el Mediterráneo y Asia Menor, de una diosa flanqueada por animales, a menudo en pares (caballos, leones, ciervos, etc.). La virgen cazadora Artemisa, al borde de la ciudad y el desierto, lo humano y lo bestial, era también adorada como nodriza de los niños (kourotrophos) y protectoras de las jóvenes. Las mujeres embarazadas también se dirigían a ella: exvotos representando pechos y vulvas han sido encontrados en el santuario de Artemisa Calista. De Eurípides (Ifigenia en Tauris) aprendemos que a Ifigenia, sacerdotisa en el santuario de Artemisa Bauronia, eran dedicados las túnicas de las mujeres que morían dando a luz, mientras que a la diosa Artemisa, le serían entregadas las túnicas de aquellas que habían dado a luz sin problemas. En ambos casos, Artemisa virgen y nodriza, vemos que estaba de cerca asociada con la osa. La solícita atención de la osa por su cachorros era proverbial entre los griegos, aspecto enfatizado por J.J. Bachofen en su famoso ensayo “Der Bär in den Religionen des Alterthums” (Basel 1863). Además, la apariencia humanoide del oso, un animal plantígrado, probablemente lo hacía propicio para simbolizar, como Artemisa, situaciones intermediarias y liminales.


       En el siglo II o III a.C., una mujer llamada Licinia Sabinilla dedicó un escultura de bronce a la diosa Artio, la cual se encuentra en el Museo Histórico de Berna. Muestra a una divinidad femenina sentada sosteniendo un cuenco con su mano derecha y con su regazo lleno de frutos; a su lado, a la izquierda, hay un canasto apoyado sobre una pilastra lleno con más frutas; frente a ella, una osa (12 cm. de altura). El pedestal porta la inscripción Deae Artioni Licinia Sabinilla.





      Epígrafes dedicados a la diosa Artio han sido encontrados en el Palatinado del Rin (cerca de Bitburg), en el norte de Alemania (Stockstadt, Heddernheim), quizá en España (ni en Sigüenza, ni Huerta, sino en Saldaña de Ayllón, Soria). La distribución de la evidencia y el nombre señalan a una divinidad celta, cuyo nombre recuerda la osa (en galéico “artos”, en antiguo Irlandés “art”). Siguiendo una investigación más rigurosa se ha descubierto que originalmente el grupo lo componía la osa –Artio- recostada frente al árbol. La diosa en forma humana es una adición posterior, aunque aún antigua. Su imagen reproduce a la Matronae o Matres Celta, así como (más vagamente) a Demeter sentada.



Ara consagrada a Arco por Pompeius Placidus Medugenicum, procedente de Saldaña de Ayllón (Segovia) como ha puesto de manifiesto Joaquin Gómez-Pantoja en Arco, aparecido las actas del II Colóquio Internacional de Epigrafía



      De nuevo encontramos el nexo con la diosa osa, una diosa nodriza, la cual ya había aparecido en el culto en Engyon y en los mitos Cretenses que la inspiraron, igualmente en los cultos de Artemisa Calista y Artemisa Brauronia. La posibilidad de relación lingüística (y por lo tanto histórica) entre “Artio” y “Artemisa” plantea la hipótesis de que la diosa griega deriva de una diosa celta (o tracia o iliria), introducida en el Peloponeso por la supuesta invasión de los Dorios (1200 a.C.). Sin embargo, la evidencia anterior de que los nombres “A-te-mi-to” y “A-ti-mi-te” aparecen escritos en linear B en unas tablillas de la ciudad ciudad griega de Pylos, parecen refutar esta hipótesis. Pero el significado de estos nombres es oscuro; su identificación con Artemisa es debatible. La relación entre “Artio” y “Artemisa” aún está sin resolver.

          El intento de explicar la presencia anómala de las “mujeres de afuera” en Sicilia ha llevado a esta larga digresión. En el curso de ésta hemos encontrado a las Matronas celtas, de cerca relacionadas con las Madres trasplantadas de Creta a Sicilia; hemos encontrado los mitos y cultos cretenses relacionados con diosas nodrizas con apariencia de osas; los cultos de Artemisa Calista y Artemisa Brauronia, donde la diosa con la función nodriza aparece asociada de cerca con la osa; y finalmente Artio, representada como osa y Matrona. El círculo se cierra ahí. Estamos de vuelta donde comenzamos. No solo hemos descubierto las raíces del culto extático que tratamos de reconstruir, sino, también, quizá, su re-elaboración literaria –si el nombre “Arthur”, a través de “Artoviros”, deriva (como se supone) de Artio (Singer, “Die Artussage”, Berna y Leipzig, pp. 9; idem, “Keltischer Mythos und französische Dichtung”, en Germanisch-romanisches-Mittelalter, Zurich u. Leipzig 1935, pp. 170-1.). Pero la anomalía de la evidencia Siciliana ha dado lugar a que emerja un estrato aún más profundo y antiguo, en el cual están mezclados elementos celtas, griegos y mediterráneos, lo cual nos retrotrae a un origen más remoto.

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