jueves, 15 de agosto de 2013

La odisea de los arroceros valencianos



       Hace demasiado tiempo que no he visitado Sevilla: ¡imperdonable por mi parte! Conozco de primera mano la odisea que protagonizaron los valencianos en los pantanos de la Isla Mayor. Un amigo estuvo viviendo muchos años en aquellas tierras, donde no se mezclaban andaluces y valencianos por culpa del idioma.

Dedicado a Joan Puchol Torrens






Jorge Molina autor de 'Doñana. Todo era nuevo y salvaje'
 





Jorge Molina (Cumbres Mayores, Huelva, 1964) es periodista y escritor. Formó parte de la redacción de El Correo de Andalucía y ha colaborado en agencias de noticias, radio, televisión y diversas revistas.
 





     Los andaluces se colgaban medallas por una colonización que no habían protagonizado, arrebatando a los valencianos la gesta que habían protagonizado. Allí había bares valencianos donde se congregaban los agricultores de la Huerta, de la Safor, de la Marina y, sobre todo, de la Ribera para añorar su tierra degustando las tapas típicas de sus pueblos: la absenta, la cazalla, la sangre encebollada, la sepia a la plancha, las habas cocidas picantes… Las fiestas patronales seguían en todo los protocolos de las valencianas, incluso se hacían fallas. Todo ello contando con la hostilidad de unos supuestos “andaluces” que, a juzgar por sus apellidos y su lugar de procedencia, nada tenían que ver con las marismas.

 



Los primeros tractores de la marisma, los 'ratas'. | Fotos: Fundación J. M. Lara. El Mundo

     Allá por los años 40 del pasado siglo acudieron un millar de agricultores valencianos y sus familias, la mayoría de ellos de Sueca, para plantar arroz en las marismas del Guadalquivir. Fueron los protagonistas de la mayor transformación agraria de la historia de España. La inmigración valenciana continuó hasta bien entrados los años 70.

 



Preparando el arrozal. Fuente: El Cultural

    Ellos tenían su alma valenciana y jamás olvidaron su tierra de origen. Cuando regresaban a sus tierras les llamaban “sevillanos” y, en tierras andaluzas eran los “valencianos”, llegando a perder su identidad. En las marismas eran observados de manera extraña por los andaluces, que no llegaban a comprender por qué hablaban tan “raro”. Sin embargo, aquella gente de las marismas andaluzas imitó muchas de sus costumbres y algunas de sus comidas. Mi amigo me contaba que su padre -el “señor Batiste” como lo conocían los sevillanos-  se hartó de traer persianas pegolinas para proteger las puertas de las casas Sevillanas. 






Arroceros valencianos tomándose un descanso para la fotografía. Fuente: El Cultural

    Cuando llegaron allí, lo primero que hicieron para soportar el caluroso verano fue instalar las típicas persianas de madera en la puerta de entrada, dejando abiertas de par en par la puerta de la casa para que corriese el aire, como hacían los valencianos en sus pueblos. La persiana actuaba a modo de celosía. El señor Batiste se acostaba encima de una manta, tumbado en la puerta de entrada de su casa andaluza, como hacía en Pego, para refrescarse. Niños y mayores sevillanos intentaban escudriñarlo por las rendijas de la persiana sin darse cuentas de que los espiados eran ellos. Los valencianos tuvieron que explicarles la función de las persianas –los andaluces, al parecer, se habían olvidado de la cultura árabe y de las celosías andaluzas-, cachivache que habían heredado de sus antepasados moriscos, expulsados en 1609 de tierras valencianas.

    Estos valencianos de la Ribera y, algunos de Pego, protagonizaron la mayor transformación agraria que jamás se ha realizado en España. Pusieron en cultivo alrededor de 30 mil hectáreas de la Isla Mayor y las marismas sevillanas, transformando en arrozales los pantanos donde reinaba el paludismo, convirtiéndose aquellos terrenos en los mayores arrozales de Europa, según cuenta el diario Levante en su artículo La odisea de los ´sevillanos´ de Sueca (2011). Eran los tiempos del franquismo duro y represor.

 


Helicóptero en la Isla Mayor. Fotografía: Fundación José María Lara





La caza de animales, hoy protegidos, era un divertimento. (Foto: FJML)

      "Después de la guerra había muchos que no tenían ni comida. Franco, con Queipo de Llano, no sabían qué hacer con esto, lo había comprado una compañía inglesa pero todo lo que sembraban se perdía y contactaron con Rafael Beca Mateos, un industrial, que fue el promotor de lo que hay hoy", cuenta Fernando Baranco Utrilla, nacido en 1943 en el poblado Queipo de Llano, en Isla Mayor. Por supuesto ,lo que no dice es que, debido a los fracasos obtenidos por los andaluces, el industrial italiano tuvo que buscar a los agricultores valencianos para que pusieran las marismas en funcionamiento para el cultivo del arroz. 

Entrada de agua desde el río Guadalquivir a una estación de bombeo.

Compuertas de distribución y regulación del nivel de las aguas construidas por los valencianos. Fuente: eldiario.es





 

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