jueves, 19 de junio de 2014

El capitalismo actual

¿De qué hablamos cuando hablamos de capitalismo?

      Es la pregunta que se hace Josep Fontana en un artículo publicado en PDF en la revista L’Espill de la Universidad de Valencia. Nosotros vamos a insistir en las tesis que defiende el profesor catalán, teoría que ya hemos explicado en entradas anteriores. En esta ocasión, trataremos de resumirla lo máximo posible para que no pierda inteligibilidad, para tratarla extensamente en posteriores entradas que irán apareciendo en el blog, pero ahora ya arropadas con argumentos históricos.

1. ¿La libre empresa?


      El término (“kapitalism”) lo utilizó Karl Marx por vez primera a mediados del siglo XIX para referirse a un modo de producción en el que los medios de producción (dinero, tierra, fábricas, máquinas, etc.) están en manos de una clase social propietaria (la burguesía), en tanto que los trabajadores (proletarios) están desprovistos de cualquier pertenencia, lo que los obliga para sobrevivir a vender lo único que poseen, su fuerza de trabajo, percibiendo a cambio un salario. Pero Marx sostenía que ese salario que percibe el proletario no se correspondería con el valor del trabajo realizado, por el contrario, una parte del mismo (la plusvalía) se la apropiaría el capitalista, dando lugar a una acumulación de capital. El salario tan sólo permitiría reproducir la fuerza de trabajo (los obreros) y con él únicamente se atenderían las mínimas necesidades de subsistencia (alimento, vestido y poco más).


     Los economistas “ortodoxos” prefieren hablar de “economía de mercado” para designar el capitalismo y a los países que permiten y alientan la propiedad privada de los medios de producción (capitalistas), frente a aquellos en los que es el Estado el único propietario de los mismos (comunistas).

     Para empezar vemos que son los mismos capitalistas los que reniegan del término «capitalismo», el cual suele reemplazarse por la denominación «sistema de libre empresa sano», porque consideran que «capitalismo» tiene connotaciones negativas.


     El término «libre empresa», en realidad es un disfraz que utiliza la burguesía para designar un cruel sistema de explotación del ser humano. Lo denunció George Monbiot, quien lamenta que una palabra prestigiosa como libertad sea degradada por los capitalistas como justificante para «disculpar cada ataque a las vidas de los pobres, cada forma de desigualdad y de intrusión con que el uno por ciento de los más ricos nos sujeta». En nombre de la libertad, añade, los bancos especulan hasta llevarnos al desastre, los ricos consiguen no pagar impuestos y las grandes industrias destruyen la biosfera. En realidad, «es la libertad de los poderosos para explotar a los débiles, de los ricos para explotar a los pobres» (George Monbiot, «This bastardised libertarianism makes ‘freedom’ an instrument of opresión», a The Guardian, 20 de desembre de 2011). 




El capitalismo es la libertad de los poderosos para explotar a los débiles, de los ricos para explotar a los pobres

    También podemos encontrarnos con el término “economía mixta” para designar la de aquellos países en donde se compagina la propiedad privada y la propiedad estatal o pública. Naturalmente, esto es una entelequia que sólo existe en la mente de los propagandistas del capitalismo. En realidad, ahora todos los sectores públicos han sido entregados por los políticos a sus “patrocinadores”, es decir, los individuos que les han sufragado sus campañas, para que se hagan más ricos. Este fenómeno está ocurriendo en la mayor parte de los países industrializados no comunistas en nuestros días. Así por ejemplo, la Sanidad o la Educación (también otros sectores) se han entregado a los empresarios privados (propietarios de colegios, hospitales, laboratorios, etc.) como recompensa por haber sufragado campañas de políticos corruptos del PP o del PSOE.


     El más conocido y primer teórico del capitalismo fue Adam Smith, el cual sostenía que el interés y el enriquecimiento individual favorecen indirecta e inconscientemente el bienestar general de la sociedad, pues los empresarios, en su intento por satisfacer la demanda de bienes y con ello conseguir ganancias, producen riqueza. El Estado no debería pues, intervenir en la economía dejándoles que compitan entre sí en el mercado.

2. Capitalismo carroñero


      Adam Smith pensaba, por tanto, como un mozo deslumbrado por el sistema capitalista, donde sólo veía ventajas para el ser humano. Tal vez, en la época en que vivió Adam Smith, el capitalismo podía presumir de un lado amable muy lejos de la crueldad del sistema explotador del capitalismo actual. Capitalismo depredador practicado, por ejemplo por la empresa Bain, que en nuestros días se dedica a comprar compañías con problemas, las revitaliza inicialmente, sacando todos los beneficios posibles para los nuevos propietarios y después las dejaba, a menudo arruinadas.


     Al observar este egoísmo cruel de los capitalistas modernos, algunos “candidatos ultraconservadores” al gobierno de los EE.UU,  moderaron sus posturas.  Como Newt Gingrich y Rick Perry, quienes denunciaron las diferencias que existen entre los buenos capitalistas que crean trabajo y los carroñeros que lo destruyen, más conocidos como los defensores de la “libertad de empresa” («Gingrich toughens up on Romney’s  record», a Foxnews, 9 de gener de 2012; E. J. Dionne, jr. «Mitt Romney and our overdue debate about capitalism», a Washington Post, 12 de gener de 2012; Nicholas Confessore i Jim Rutenberg, «PACs’  aid allows Romney’s rivals to extend race», a New York Times, 12 de gener de 2012).

      La labor de los empresarios carroñeros está aumentando entre los jóvenes las simpatías hacia el socialismo en el mundo occidental, con el resultado de que un 49% tienen una visión positiva del socialismo, contra un 43% que lo contemplan negativamente (Alexander Eichler, «Young people more likely to favor socialism than capitalism: Pew», a Huffington Post, 31 de desembre de 2011.).

     Un rabino judío (Aryeh Spero y su artículo del The Wall Street Journal), sin embargo, vino en socorro del orden establecido, asegurando que la Biblia es favorable al capitalismo, pues, al prohibir la envidia, desautoriza los celos de los que condenan las fortunas de los más ricos. De la Biblia extrae, además, interpretaciones neoliberales, como la de que "el próspero reino de Salomón se arruinó cuando su hijo decidió aumentar los impuestos» (Catherine Rampell, «What else does the Bible teach about capitalism?», a New York Times, 2 de febrer de 2012. Aquí).

      El financiero Jeremy Grantham, que dirige un fondo de inversión que administra alrededor de 100 mil millones de dólares, también ataca al capitalismo actual por tener debilidades muy peligrosas para la sociedad -la especulación-, las cuales sólo podrían curarse con una política ilustrada que lo regulara, «lo que es imposible que se produzca mientras no disminuya la influencia del gran dinero en el Congreso, y muy especialmente en las elecciones».

     Piensa que el capitalismo occidental no tiene sentido de la ética ni conciencia, por lo que es necesario acabar con las empresas que controlan los gobiernos y saquean los caudales públicos, y que se dedican al enriquecimiento a cualquier costo, sin tener en cuenta la limitación de los recursos naturales, lo cual conduce al suicidio planetario.


    Admite que Marx tenía razón en su previsión de que la globalización y las compañías multinacionales aumentarían el poder del capital a expensas de los trabajadores. Por lo tanto, resumiendo, dice que, antes de que el capitalismo no se vuelva tan arrogante que provoque una severa reacción social, hay que domeñarlo y conducirlo hacia los cauces de la justicia social (Al Lewis, «Grantham wonders if Marx was right after all» a MarketWatch, 29 de febrer de 2012. Aquí). 


El financiero Jeremy Grantham

      "Nuestra economía global, imprudente en el uso de todos los recursos y sistemas naturales, muestra muchos de los indicadores de falla potencial que derribó tantas civilizaciones anteriores a la nuestra", escribe Grantham en su nueva carta trimestral titulado "La Carrera de nuestras vidas" (Business Insider, consultado el 18 de junio de 2014).

      Opina Grantham que las empresas tontamente recompensan a sus ejecutivos para salvarse. Así, el salario para oficiales superiores ha pasado de ser 40 veces lo que cobraba un obrero en la era de Eisenhower a más de 600 veces hoy en día, sin ninguna indicación de una mejora general de talento de estos directivos. En realidad, las grandes corporaciones gastan más en sobornar políticos que en invertir en sus negocios.

     Por tanto, podemos asegurar que actualmente vivimos en momentos en que crece la insatisfacción con el capitalismo real que marca nuestras vidas, que no se parece mucho al de la fábula idílica de los manuales, o al que todavía predican los que hoy hablan de una «Economía social de mercado», a la que describen –irracionalmente- como la única que nos proporcionará la felicidad colectiva y nos "garantiza la libertad y la igualdad de los individuos” (Carles Boix, «Capitalisme d’estat», a Ara, 14 de febrero de 2012, p. 20. Aquí). La prueba del excelso funcionamiento de la cacareada economía social de mercado la tenemos en la Alemania actual que ha creado los “mini-salarios” de 400 euros al mes que hacen la felicidad de millones de jóvenes.


      ¿Quién es el señor Carles Boix, la reencarnación del mozo Adam Smith? ¡No, es una eminencia, un profesor universitario de ciencias políticas de la Universidad de Princeton, doctor por la Universidad de Harvard, asesor del Banco Mundial y del Banco Interamericano de Desarrollo, miembro de la Academia Americana de Artes y Ciencias…!

    Pues para mí, que soy un analfabeto comparaedo con él, no será nunca un intelectual, sino un técnico que defiende la burguesía y su sistema de producción, conocido como capitalismo, pero al que él denomina –metafóricamente- «Economía social de mercado». Ataca a lo que queda del “socialismo real”, convertido ahora –en palabras suyas- en “capitalismo de Estado”, que sería el modelo económico de la China, donde hay una total falta de libertad y se ataca la “libre empresa” generadora de riquezas para el individuo y, por ende, para la sociedad, como ocurre en el mundo occidental, o al menos, así nos lo predica.


Carles Boix, un elemento universitario que les sigue el juego a los grandes empresarios. No sabemos si por auto convicción o para comer.

3. El capitalismo chino

      Predica por doquier que el sistema chino gira alrededor del mercado, en cambio, el partido comunista sigue vertebrando todo el país, política y económicamente. Olvida que en occidente son las grandes multinacionales las que vertebran el gobierno, colocando a sus políticos corruptos en el gobierno, así como a los profesores universitarios en las Universidades.


      El Estado chino es el accionista principal de miles de empresas. En Occidente, unos cuantos individuos son los amos del gobierno y de la mayoría de las riquezas, mientras que el 99’99% de la población es libre de subsistir como pueda o como le dejen los poderosos. En China las empresas públicas reciben el ochenta y cinco por ciento de todos los créditos bancarios y suman el ochenta por ciento de los valores que se cotizan en bolsa. En Occidente, menos del  1% de los individuos reciben el dinero del pueblo para su beneficio propio y para sus empresas o para que lo malversen, sin que nadie les juzgue y los meta en la prisión cuando fracasan después de especular.


El capitalismo más salvaje está en China y lo practican las multinacionales occidentales, con el beneplácito de la corrupta burocracia china.

     Los partidarios del capitalismo chino alaban su poder, su capacidad de sumar esfuerzos al servicio de objetivos bien definidos, su superioridad respecto a la corrupción e inestabilidad  del capitalismo liberal. Contraponen el crecimiento imparable de China al crack financiero de Occidente. En China subrayan el peso internacional de su economía: la suma de los activos de las ciento veinte empresas públicas chinas más importantes equivalen a toda la economía francesa; China controla una quinta parte de todos los fondos de inversiones soberanos; tres de las diez empresas más grandes del mundo son propiedad de China.

     Pero este esplendor y la superior eficiencia del capitalismo de estado tiene una contrapartida según Carles Boix: la falta de libertad. Dice que los partidarios del capitalismo de Estada pasan de puntillas por encima de su debilidad: el poder, inmenso, casi incontrolable, que otorga a las instituciones estatales y, por tanto, a sus dirigentes y a aquellos que están relacionados. Le podríamos responder que en Occidente una minoría de los empresarios tiene todo el poder y gobierna sin tener el mínimo respeto al pueblo que esquilma, sobornando a los políticos y poniendo a sus esbirros en las más altas esferas de dominio.


      En realidad China ha caído en las redes explotadoras de las grandes corporaciones multinacionales extranjeras, y, como en el siglo XIX, ha sido la misma burocracia corrupta china la que se ha prestado como intermediaria, mientras la mayoría de la población, recursos y territorio, son pasto que alimenta sus engranajes. No hay varios modos capitalistas, sino un solo modo de producción capitalista: el actual, corrupto y en manos de una minoría.



          La burguesía occidental ha metido sus garras en China comprando a la corrupta burocracia. Las agencias y medios de comunicación nos quieren hacer creer que ha nacido una nueva potencia capitalista que explota a los trabajadores chinos. Nos quieren hacer creer  que ha nacido un gigante imparable que en pocos años se convertirá en la mayor potencia económica mundial.

     En realidad, China está bajo el control de una burocracia sobornada por las multinacionales occidentales, con un modelo exportador irracional atrapado al final de la cadena de la división internacional del trabajo, que está agotando rápidamente los recursos naturales, devastando irremisiblemente el medioambiente y sometiendo a la inmensa mayoría de su población a un régimen de explotación inhumana, como podemos leer en Cáncer Capitalista de Crisis capitalista, donde leemos:


     “Con la enfermiza colaboración de la cleptocracia china, las multinacionales extranjeras pueden cerrar factorías y despedir a su antojo, sin compensación alguna, apropiarse de tierras agrícolas, suelo y edificios urbanos a cambio de expropiaciones ridículas, contaminar y polucionar a discreción, explotar, sibilina y concienzudamente, a los obreros, saltándose a la torera las mínimas regulaciones existentes y reprimiendo y castigando dura e impunemente cualquier atisbo de protesta o insubordinación”. 


Economía china


     Después de la crisis de 2008 el gobierno chino reaccionó contra las multinacionales y comenzó a poner los pilares del denominado modelo Chongqing (municipio del centro de China con 33 millones de habitantes, el más grande del mundo) que alumbró una serie de políticas sociales igualitarias destinadas a reducir la brecha entre ricos y pobres, y la brecha rural-urbana. El núcleo del nuevo modelo social de Chonqging era "la prosperidad común" o el "PIB rojo". En contra de la propaganda del modelo neoliberal que plantea que de un pastel creciente caen migajas para todos, lo importante en Chongqing es el reparto equitativo del pastel más que su tamaño.


Bo Xilai intentó repartir el pastel entre los trabajadores y acabó siendo depuesto del cargo de Secretario del Partido Comunista de Chongqing


    Evidentemente, los monopolios y la corrupta burocracia china reaccionaron al unísono orquestando una sucia trama contra el modelo de Chongqing y su instigador, Bo Xilai, en la que participaron los grandes medios monopolistas occidentales (Wall Street Journal, CNN, Financial Times,... y los chinos) acusándolo de querer reimplantar la "revolución cultural", de corrupción y de asesinatos. La liquidación del modelo de Chongqing significa la renuncia definitiva a escapar de las redes neoliberales que atenazan China. Significa el triunfo de las grandes corporaciones y el sometimiento más abyecto del estado clepto-burocrático a pesar del creciente descontento e inestabilidad de la sociedad china. Significa que las élites chinas (capitalistas y burócratas) comparten el mismo interés que las élites globales (multinacionales y colaterales) en mantener un sistema que les beneficia a expensas de la mayoría (el 0,4% de la población acapara el 70% de toda la riqueza del país).


Chongking (antes Chunking). Es la principal ciudad del centro de China, con más de 9 millones de habitantes en su aglomeración.


    Al final se ha impuesto el modelo Guangdong (la provincia más grande de China, con 104 millones de personas) de la provincia con el mismo nombre, situada en la costa oriental en el delta del río Perla, donde el giro hacia las reformas de mercado y la “apertura” permitieron por vez primera el establecimiento de zonas económicas especiales. Capitalistas extranjeros de los países imperialistas, así como de Hong Kong, Taiwán y Corea del sur invierten fuertemente allí y han creado una gran industria de manufactura con bajos salarios orientada hacia las exportaciones (El modelo Chongquing vs. Guandong. Mundo Obrero).


Shenzhen. Es una ciudad muy joven, creada en los 80 como la primera zona económica especial de China, está ubicada casi en el límite con Hong Kong. Aquí empezó el fenómeno capitalista chino, incluso antes que en Shanghai.

      Sólo los más atrasados entre los economistas serían capaces de defender que en Occidente los agentes privados, es decir, los grandes empresarios corruptos que viven del expolio del pueblo, son capaces de crear libertad y prosperidad para la mayoría. Son auténticos panolis quienes encuentran una gran diferencia entre el capitalismo chino y el capitalismo de los “agentes privados de la libertad”. En realidad, en Occidente y en España, son cada vez más los pequeños burgueses que han cerrado sus tiendas de barrio y hacen colas en los organismos de caridad para poder comer. Lo mismo les sucede a los autónomos. Sólo una minoría de burgueses, banqueros en su mayoría, gozan de todas las riquezas que han usurpado a los trabajadores.

    Esta supuesta libertad de los agentes privados en Occidente, lejos de generar democracia, crea oligarquías que tratan de impedir el voto de la mayoría, para poder conservar sus beneficios. El grado de corrupción al que llegan los banqueros y los burgueses occidentales es inmensamente superior respecto al que llegan los burócratas chinos, que a fin de cuentas, puede perder la cabeza si no cumple con su cometido.
 
     El señor Carles Boix es un idealista que se inventa capitalismos según no sé qué grados o colores: capitalismo de estado frente a economía social de mercado. El capitalismo de estado dice que lo inventó Mussolini y que lo practicó, a través del INI principalmente, el régimen franquista. La “economía social de mercado” la inventó Ludwig Erhard, el Ministro de Economía de Adenauer, quien lo introdujo en la Alemania de la posguerra en reacción a la concentración de poder político y económico del régimen nazi.

    Dice Carles Boix que “el problema, en mi opinión, es que esta diferencia de trato entre estado y agentes privados no sólo viola las prácticas más elementales de una democracia sino que genera, por fuerza, un grado de corrupción y una desigualdad económica extraordinarios”. No hay mayor ciego que el que no quiere ver.

     Según el ilustre articulista, ambos modelos defienden “la maximización de beneficios y la ganancia privada como parte inherente de la naturaleza humana”, convirtiéndose así en psicólogo y psiquiatra adelantado, a la par que economista excelso.

    Aquí acaban las similitudes entre ambos modelos de capitalismo que se acaba de inventar, porque según él, la gran preocupación del capitalismo alemán es el mantenimiento de la libertad y la igualdad de los individuos, todo lo contrario que ocurre con el chino.

    Según Carles Boix, el Estado o los gobiernos occidentales no favorecen ni discriminan a ningún propietario, al contrario que ocurre con China. En Occidente el político de turno no se ocupa de beneficiar o perjudicar a los “agentes privados”, excepto a los trabajadores, a quienes no debe considerar agentes privados. Dice que en occidente las reglas económicas son idénticas para todos y, en nuestros países,  no existen empresarios que no paguen impuestos, ni empresas que los evadan a paraísos fiscales. Para tan ilustre analista, esas patrañas deben ser cuentos chinos. Olvida, no lo recuerda o no lo sabe, que en Occidente se cambian las leyes para que los empresarios poderosos no tributen, para que no tengan que gastar en descontaminar sus empresas, para que puedan especular sin traba alguna. Incluso han llegado a cambiar leyes fundamentales como las Constituciones para poder despedir a los empleados, para bajarles el sueldo y mantenerlos a un nivel de subsistencia cercano a la mera reproducción como si fuesen animales de las granjas.

     Nos quiere hacer creer que en el sistema alemán el Estado no tiene ningún rol que influya sobre la “libertad” de los agentes privados. Bueno, si tiene uno, el de mantener un sistema judicial independiente e impedir la creación de monopolios u oligopolios que hagan peligrar la libre competencia y la igualdad de todos.
    Continúa el individuo susodicho diciendo:  “Cabe decir que, si –España- contara con el tipo de instituciones transparentes e imparciales propias de una economía social de mercado, y no con el amiguismo y las arbitrariedades estatales de siempre, España ya tendría, como mínimo, la mitad del paro actual”.

    Las arbitrariedades estatales de España son las que proceden de los EE.UU. e Inglaterra de la época Reagan y Thatcher, así como los beneficios otorgados a los capitalistas por los Clinton de turno, sólo que a nuestro país han llegado con retraso y con las influencias de la Meckel, que ha conseguido el despido libre y sin indemnizaciones de los trabajadores, mini-trabajos de 400 euros, al tiempo que las grandes empresas son las que en realidad gobiernan y dominan el aparato estatal para beneficio de unos pocos individuos y en perjuicio de la mayoría del pueblo.

4. Alternativas para el capitalismo

    Josep Fontana, como ya habíamos explicado en anteriores entradas de nuestro blog, no cree que el socialismo sea una alternativa seria para el capitalismo. El hombre dice que es necesario reinventar el socialismo y que se adapte a los intereses del pueblo trabajador. Mientras tanto, para sobrevivir, nos toca ir tirando con el capitalismo y, sobre todo, no esforzarnos en someterlo otra vez a control del pueblo y sus gobernantes. ¡Es obligatorio acabar con los gobiernos de los políticos corruptos del PP y del PSOE! Los gobernantes se deben al pueblo que los ha votado y no a los especuladores financieros que los han sufragado y sobornado.

    En esta línea de reformas suaves o desbravadas –las únicas posibles por el momento, según Josep Fontana- estarían los planteamientos de Robert Skidelsky y de su hijo, que denuncian que "el capitalismo es una espada de doble filo: por un lado ha hecho posible una gran mejora en las condiciones materiales; por otra, ha promovido algunas de las más despreciables características humanas, como la codicia, la envidia y la avaricia». Pero las propuestas que los Skidelsky hacen respecto de cómo corregir los defectos, no están suficientemente claras. En su libro titulado ¿Cuánto es suficiente? ¿Qué necesitamos para una buena vida?, revisan la predicción que hizo Keynes hizo en 1930 en un artículo titulado «Las posibilidades económicas para nuestros nietos», en la que preveía que el progreso tecnológico haría posible reducir progresivamente el trabajo necesario para satisfacer nuestras necesidades, de manera que por primera vez la humanidad debería de preocuparse por decidir cómo usar el tiempo libre para vivir mejor, un objetivo que calculaba que se plantearía hacia 2030. Los Skidelsky, ante la constatación de que esta predicción no se ha cumplido, se preguntan por qué nos hemos dejado arrastrar por la codicia, la especulación y el consumismo en vez de optar por una buena vida. Por otra parte, no terminan de darnos soluciones adecuadas para evitar lo que ellos denominan los aspectos destructivos del sistema (Robert y Edward Skidelsky, How Much is Enough?: Money and the Good Life, Other Press; First Edition edition June 19, 2012). 


Robert y Edward Skidelsky, How Much is Enough?: Money and the Good Life

    Con la misma tendencia suave se presentan las propuestas de Gar Alperovitz, profesor de Economía de la Universidad de Maryland, en su libro, America beyond capitalism, donde sostiene que las grandes recesiones económicas se resolvieron como consecuencia de los aumentos de gasto público forzados por las dos guerras mundiales y la «guerra fría» (Corea, Vietnam, etc.). Pero ahora ya no puede haber más guerras generales, porque las armas nucleares las hacen imposibles y, por otra parte, dice que las reformas keynesianas son inviables por la debilidad creciente del movimiento obrero.  


      La solución le parece que reside en el crecimiento de nuevas formas de propiedad colectiva de tipo cooperativo u otras formas de organizaciones similares, como por ejemplo, las cooperativas y sociedades municipales que en EE.UU. producen el 25% de toda la electricidad. 


Gar Alperovitz, America beyond capitalism

     Pero el profesor Fontana no cree que el modelo cooperativo sea la solución, como se deduce en España de la cooperativa Mondragón que nació hace más de medio siglo y no ha quedado claro que haya ayudado a transformar una situación que finalmente nos ha llevado al desastre en que ahora mismo nos encontramos. ¿Cuántos siglos se necesitan para hacerlo eficaz?

5. La burguesía pierde el miedo


     Para Josep Fontana el problema fundamental es que los defectos del capitalismo no son de naturaleza económica, sino política y que sólo desde una acción política pueden ser contenidos y corregidos. El profesor catalán sostiene la teoría de que, “desde los tiempos de la Revolución francesa, las sociedades capitalistas avanzadas han vivido en una cultura de pactos y concesiones, generalmente a través de la mediación de los sindicatos, con el propósito de dar alguna satisfacción a las demandas de los de abajo para evitar una auténtica revolución que girase las cosas en el terreno económico, tal como la Revolución francesa las había invertidas en el político, acabando con la monarquía absoluta y el feudalismo. Para decirlo sencillamente: desde la Revolución francesa hasta hacia 1970, las clases dominantes de nuestra sociedad vivieron atemorizadas por fantasmas que los perturbaban el sueño, haciéndoles temer que lo podían perder todo en manos de un enemigo social: primero fueron los jacobinos, después los carbonarios y los masones, más adelante los anarquistas, los comunistas finalmente”. 


Revolución francesa

     Como ejemplo clarificador de lo que quiere decir, Josep Fontana nos transcribe la carta de Joan Maragall a un amigo en la que le expresaba los temores que le producían los obreros cuando en 1890 iba a celebrarse en Barcelona la primera fiesta del primero de mayo:

      «Parecía que viniera el fin del mundo; unos compraban veinte o treinta panes, varias arrobas de patatas, bacalao y otros porquerías; los otros hacían forrar las puertas y compraban armas, y otros huían sin saber a dónde; otros para animarse se iban a ver llegar tropa y cuando contaban muchos soldados, muchos caballos y sobre todo muchos cañones, ah, aquello les ponía bien de vientre, y ya temían menos al trabajador, al bárbaro de nuestra época, al que quiere dar la vuelta al orden social, al que pone petardos y reniega, y mira de reojo al 'señor', al que quiere disfrutar de lo que nosotros disfrutamos...

      ¡Que los fusilen, que los trinchen, que los jodan!».


Joan Maragall i Gorina (Barcelona, 10 de octubre de 1860-Barcelona, 20 de diciembre de 1911)

     Nos puede parecer absurdo este temor de los burgueses por una manifestación que se limitó a una reivindicación pacífica de la jornada de trabajo de 8 horas, la cual podía terminar desquiciando la sociedad burguesa.

     Este clima de miedo es lo que favorecía que se llegara a pactos entre los sindicatos y los gobiernos. Nouriel Roubini ha escrito:


     «Incluso antes de la gran depresión las clases burguesas ilustradas de Europa reconocían que, para evitar revoluciones, había que proteger los derechos de los trabajadores, mejorar los salarios y las condiciones de trabajo y crear un estado de bienestar para redistribuir la riqueza y financiar bienes sociales (...). El ascenso del estado del bienestar fue, por tanto, una respuesta (...) el temor a las revoluciones populares, el socialismo y el comunismo» (Nouriel Roubini, «After the storm: the instability of inequality», a Project Syndicate,  15 d’octubre de 2011). 


Nouriel Roubini

6. Los derechos sociales

      Piensa Fontana que los capitalistas nos estafaron conscientemente, asegurándonos que el sistema nos garantizaba un futuro indefinido de mejora de los derechos sociales y de una prosperidad compartida, cuando sólo era un engaño para desarmar los dispositivos residentes mientras eliminaban cualquier peligro de subversión. La burguesía nos traicionó en la década de los setenta del siglo pasado cuando descubrió que ni los comunistas estaban por hacer revoluciones -1968 se habían desentendido de la de París y habían aplastado la de Praga- ni tenían la fuerza necesaria para imponerse en el escenario de la guerra fría. Inmediatamente se perdieron los miedos de dos siglos de pánicos nocturnos y los burgueses decidieron que no necesitaban seguir haciendo concesiones.

      El período de 1945 a 1975 había sido en el conjunto de los países desarrollados una etapa en la que un reparto más equitativo de los ingresos había permitido mejorar la suerte de la mayoría. Los salarios crecían al mismo ritmo que aumentaba la productividad y con ellos crecía la demanda de bienes de consumo por parte de los trabajadores, lo que conllevaba, a su vez, un aumento de la producción. Es lo que Robert Reich describe como el acuerdo tácito por el cual «los patrones pagaban a sus trabajadores lo suficiente para que estos compraran lo que sus patrones producían" (Robert Reich, «Honest work for honest pay? Not in America, not anymore», a Baltimore Sun, 29 de noviembre de 2011).


     Este sistema, contemplado actualmente como casi idílico, se ha definido como «Una democracia de clase media» que implicaba «un contrato social no escrito entre el trabajo, los negocios y el gobierno, entre las élites y las masas», que garantizaba un reparto equitativo de los aumentos de la riqueza (Georg Packer, «The broken contract. Inequality and American decline», a Foreign Affairs,  noviembre/diciembre 2011, pp. 20-31). 



 Robert Reich y Georg Packer


     Sin embargo, esta tendencia optimista se invirtió en los años setenta, tras la crisis del petróleo, que sirvió de pretexto para iniciar el cambio. La primera consecuencia de la crisis económica fue la disminución de la producción industrial y que millones de trabajadores quedaran en paro. Estos fueron años de conmoción social, con los sindicatos movilizados en Europa en defensa de los intereses de los trabajadores, lo que les permitió retrasar unas décadas los cambios que se estaban produciendo en Estados Unidos y en Gran Bretaña, donde los empresarios, bajo el amparo de Ronald Reagan y de la señora Thatcher, decidieron que había llegado el momento de iniciar una política de lucha contra los sindicatos, de desguace del estado de bienestar y de liberalización de la actividad empresarial.

    Como hemos visto en las entradas anteriores, la lucha contra los trabajadores se completó con una serie de acuerdos de libertad de comercio que permitieron deslocalizar la producción industrial en otros países, donde los salarios eran más bajos y los controles sindicales más débiles. Se comenzó a importar los productos, con lo que los empresarios no sólo hacían más beneficios, al disminuir los costos de producción, sino que debilitaban la capacidad de los trabajadores de su propio país para luchar por la mejora de las condiciones de trabajo y de la remuneración que recibían.

7. La gran divergencia

     Así comenzó lo que Paul Krugman llama "la gran divergencia” (Paul Krugman, Después de Bush, Barcelona,  Crítica, 2008, pp. 141-170), 17 el proceso por el cual se produjo un enriquecimiento considerable del uno por ciento de los más ricos y el empobrecimiento del resto de la sociedad. 



      Los resultados a largo plazo de la gran divergencia no sólo se han manifestado en el empobrecimiento relativo de los trabajadores y de las clases medias, sino que han dado a los empresarios, y muy en especial a los de la banca y las finanzas, una influencia política con la que les resulta cada vez más fácil fijar las reglas que les permiten consolidar su poder (Chris Hedges, «The corporate state wins again», a Truthdig, 15 de abril de 2011). Como ya vimos, esta redistribución hacia arriba no es el resultado natural del funcionamiento del mercado, sino el de una acción deliberada de carácter político, iniciada en 1971 por Lewis Powell, en un «Memorando confidencial: ataque al sistema americano de libre empresa» escrito para la "United States Chamber of Commerce”, donde se recomendaba acabar con los estudiantes universitarios,  los profesores, el mundo de los medios de comunicación, los intelectuales y las revistas literarias, los artistas y los científicos. A continuación, los empresarios deberían tomar el poder político y utilizarlo agresivamente y con determinación contra los antes aludidos. Una de las formas de conseguir el poder fue la liberalización de las inversiones de las empresas en la política, decisión conocida como la Citizens United de 2009.


8. El ataque de los capitalistas

      La ofensiva empresarial no se limita, por otra parte, a buscar ventajas temporales, sino que pretende el control permanente del sistema político mediante tácticas como las de dificultar el acceso al voto a quienes consideran poco afines a sus principios: viejos, minorías étnicas, pobres (Nancy A. Heizteg, «The year of the vote», a Critical Mass Progress, 4 de gener de 2012; Ari Berman «The GOP war on voting» a The Rolling Stones, 30 d’agost de 2011; Ryan J. Reilly, «Lawyer defending  South Carolina’s voter ID law thinks DOJ is biased against white people», a TPM, 11 de enero de 2012).


      Otra de las influencias decisivas sobre los votantes es la que ejercen los grandes medios creadores de opinión -Periódicos, radio y televisión-, que están en su inmensa mayoría en manos de la empresa privada, y condicionados no sólo por los intereses de sus propietarios, sino por los grandes anunciantes, sin los cuales no podrían sobrevivir. El resultado principal de este hecho es el de definir y limitar el campo de nuestras opciones políticas. Aquí y hoy, por ejemplo, democracia quiere decir que tenemos la libertad, cuando nos toque votar, de hacerlo o por Rajoy o por Rubalcaba. Se afirma –engañosamente- que toda otra alternativa es tirar el voto a la alcantarilla. 


 ¿Qué ha logrado la clase empresarial con este asalto al poder?

1. Márgenes de beneficio con niveles que no se habían visto desde hacía décadas.

2. Las reducciones de salarios y prestaciones sociales, así como la congelación salarial, explican la mayor parte de estos beneficios patronales.

3. Otro beneficio ha sido la reducción de su contribución al estado. El peso político creciente de las empresas ha conducido a la situación paradójica de que estas escapen de la fiscalidad por el doble juego de negociar recortes de impuestos y de tener libertad para aflorar los beneficios a las subsidiarias que tienen en paraísos fiscales.  Las mayores empresas no han pagado en los últimos tres años los impuestos que fija la ley y, las más grandes, no han pagado nada en tres años.


    Con estos beneficios, los grandes empresarios han comprado el gobierno y han conseguido la desregulación de las leyes de gastos relacionados con la contaminación y las prohibiciones de efectuar operaciones especulativas, porque aducían que los economistas capitalistas eran capaces de dominar sus riesgos, como lo demostraba la fórmula Black-Scholes, por la que Myron Scholes y Robert Merton obtuvieron el Premio Nobel de Economía en 1997. El verano de 1998, la quiebra de la deuda rusa, demostró la falsedad de todas estas teorías y el fondo gestionado por los nobeles tuvo que ser rescatado para evitar el pánico en el sistema financiero (Georg G. Szpiro, Pricing the Future. Finance, Physics, and the 300 Years Journey to the Black-Scholes Equation, Nova York, Basic Books, 2011).








Definiendo:
·         C es el valor de una opción de compra, opción europea.
·         P es el valor de una opción de venta, opción europea.
·         S es la tasa a la vista de la moneda que constituye el objeto de la opción.
·         K es el precio marcado en la opción (Strike price).
·         T es el tiempo expresado en años que aún faltan por transcurrir en la opción.
·         rd es la tasa de interés doméstica.
·         re es la tasa de interés extranjera.
·         σ Es la desviación típica de los cambios proporcionales en las tasas de cambio.
·         N es la función de distribución acumulativa de la distribución normal. N (di) y N (dz) son los valores de las probabilidades de los valores de di y dz tomadas de las tablas de la distribución normal

La fórmula Black-Scholes: una receta económica estrafalaria

9. La crisis de 2008 y la austeridad

     La liberación de estas actividades culminó durante la presidencia de Clinton y las entidades financieras se lanzaron a practicar un juego especulativo con derivados y otros productos de alto riesgo, mientras los di dirigentes de la Reserva Federal estimulaban el optimismo de los especuladores, rebajando los tipos de interés, y animando a la gente a que gastara comprando casas con créditos hipotecarios.


William Jefferson Clinton (n. William Jefferson Blythe III el 19 de agosto de 1946 en Hope, Arkansas), más conocido como Bill Clinton

     Rápidamente llegó la crisis, que no era debida al endeudamiento público, sino al endeudamiento de las empresas financieras y de las familias. Finalmente, las empresas se beneficiaron de rescates multimillonarios, pero no se hizo un esfuerzo similar para ayudar a los ciudadanos.


     Para aplacar el malestar, una vez más, los políticos corruptos difundieron la fábula según la cual la culpa de la crisis económica era del excesivo coste del gasto social del estado, y que la solución residía en aplicar una brutal política de austeridad, para conseguir eliminar el déficit del presupuesto. 


España, cuarto país de la UE con mayor proporción de niños pobres. Niños de etnia gitana en un solar de Cataluña


     Steve Keen, el economista australiano que fue uno de los pocos que previeron y anunciar la crisis de 2008, ha calificado como "una insensata fantasía” que se quiera culpar de la crisis a la deuda pública, cuando se debió sobre todo a una burbuja de deuda privada que terminó estallando (Steve Keen, «On the problems racing the World in 2012», a Real-world economics review blog, 30 de desembre de 2011).


      Opina Fontana que lo importante no es establecer quién tiene la culpa de la crisis, sino encontrar la manera de salir de ella y está bastante claro que la solución no es la austeridad, como lo demuestra cualquier revisión que hacemos del pasado, así como Richard Koo, quien sostiene que actuar sobre una economía que ahorra pero no invierte y reduce el gasto público no hace más que agravar su situación (Richard C. Koo, «The world in balance sheet recession: causes, cure and politics», a Real-world economics review, núm. 58, 2011, pp. 19-37). 


Ciudadanos españoles buscando en los basureros

      La teoría legitimadora de la austeridad sostienen tiene que los efectos negativos de los recortes salvajes vendrán compensados ​​por un cambio en la «confianza» que llevará a un nuevo crecimiento del gasto de los consumidores y de los negocios que reactivará la economía. Sin embargo, sostiene Krugman que «La austeridad fiscal ha agravado la situación económica en todos los casos en que se ha puesto en práctica» (Paul Krugman, «Keynes’  predictions proven spectacularly accurate», a New York Times, 5 de enero de 2012).

      La ralentización de la economía ha hecho bajar la recaudación de impuestos por debajo de lo previsto, por tanto, habrá que hacer más recortes. Con las que tendremos más parados, menos producción, menos impuestos y seguiremos recortando hasta que no quede nada para recortar.


10. Los ricos cada vez más ricos


    Esto conllevará unas durísimas consecuencias sociales: aumento de los suicidios y del crimen, hospitales donde faltan los medicamentos esenciales, incluyendo las vacunas, lo que hace temer que reaparezcan enfermedades del pasado. Es una nueva pobreza en la que están los que duermes en la calle, las colas en las oficinas de empleo. Hasta Hace poco dormían en la calle hombres adultos, solteros, alcohólicos y con bajo nivel cultural. Ahora hay divorciados, gente joven con problemas de drogas, mujeres que han sufrido malos tratos, enfermos mentales y profesionales con nivel educativo. Y en la foto están los propietarios de pequeños comercios haciendo cola en comedores de caridad tras cerrar sus modestas tiendas en barrios cada día con calles más tristes ante tanto cierre. Porque una tienda de toda la vida forma parte del paisaje comercial y humano de un barrio. Y en la foto de grupo de la crisis están los niños. Uno de cada cuatro niños españoles vive hoy en la pobreza. Y en Cáritas explican que muchas familias viven de las pensiones de los ancianos e inclusivo hay quien les esquilma los ahorros que hicieron con sus sacrificios. Y están los jóvenes ex tutelados que al salir a la calle a los 18 años se encuentre sin trabajo y sin un mundo afectivo que las acoja. Y autónomos que piden comida para la familia en Centros parroquiales. Esas fotos de grupo, millones de personas afectadas por el deterioro vital de suspensión de sus vidas, son la fotocopia de Eurostat revelando un aumento de la desigualdad que se traduce en el dato de que en España los ricos se están haciendo más ricos y los pobres más pobres en mayor proporciones que la media de la Unión Europea, según afirma el periodista José Martí Gómez (Morella, Castellón, 1937).


The Streets of Monaco.  Los yates de los ricos


The Streets of Monaco. Una de sus 7 suits


     La crisis no conlleva un desastre general, sino que acumula beneficios en un extremo y reparte los costes entre la gran mayoría. La remuneración de los dirigentes máximos de las mayores empresas aumentó en los últimos tiempos y, por otra parte, al mismo tiempo aumentaron en varios millones los niños estadounidenses y europeos sin techo.


Lo único que nos separa de uno de estos maravillosos relojes de lujo es un millón de francos suizos: Breguet, Patek Philippe, Piaget, Preziuso, Franck Muller, Blancpain, Journe FP, Audemars Piguet, Gérald Genta o Jean Dunand


     Los componentes de este uno por ciento de ricos integrado por empresarios y rentistas son conscientes del hecho de que el aumento de la desigualdad es nefasto para el crecimiento económico, en términos generales. La recuperación no será posible si no aumenta la capacidad de gasto de la clase media. La disminución global del crecimiento no implica una reducción de las ganancias en sectores clave, como la banca y las finanzas, que siguen aumentando.


      Los ricos ganan más y, a contracorriente del destino común, consumen más. The Economist informaba que las empresas de bienes de lujo (o como se dice en el negocio, de «bienes para individuos de extremo valor") estaban creciendo espectacularmente.


Lusail city Qatar


      Josep Fontana advierte que no estamos hablando sólo de cambios en el nivel de vida que responden a las circunstancias temporales de una crisis, y que cabe esperar que desaparezcan cuando esta acabe. Estamos hablando de cambios permanentes en las reglas del juego social, destinados a persistir. Esto quiere decir, por ejemplo: reforma laboral, limitación del derecho de huelga, ataque a los sindicatos, privatización progresiva de la sanidad pública, desguace de la educación pública... Y no se trata solamente de la culpa de unos políticos reaccionarios. La amenaza a la democracia tiene sus fundamentos en el control de los políticos por parte de la oligarquía financiera. Las elecciones que les dan el poder -a través de la cobardía y la complicidad de los gobiernos- han acabado siendo falsas y auténticas farsas.  


        Quizás parecerá que esto no es más un exabrupto, pero el economista Michael Hudson, profesor de economía en la Universidad de Missouri, en «La transición de Europa la socialdemocracia a la oligarquía», nos ilustra sobre las bases políticas de un proceso que ha dado a banqueros e inversores la oportunidad de apoderarse del control de la política fiscal para desviar la carga de los impuestos sobre el trabajo y el desmantelamiento del gasto social. Y concluye que una oligarquía financiera ha reemplazando los gobiernos democráticos y somete a las poblaciones a peonaje por deudas. Lo que hay es, concluye, «un golpe de estado oligárquico en que los impuestos y la planificación y el control de los presupuestos están pasando a manos de unos ejecutivos nombrados por cartel internacional de los banqueros» («Europe’s transition from social democracy to oligarchy», publicado al Frankfurter Allgemeine Zeitung y reproducido al blog de Hudson el 6 de desembre de 2011).

      El economista australiano, Geoff Harcourt, en «Un ruego ferviente por los condenados de la tierra para el 2012 y más allá» (World Economics Association Newsletter, 2, núm. 1, febrer de 2012) dice que el mundo capitalista se encuentra en un estado de crisis, inestable y casi fuera de control. La teoría ortodoxa en que se basan las políticas lunáticas que se están aplicando tiene poca conexión con el mundo real que se supone que deben interpretar y explicar. El malestar social, el prejuicio, el racismo, el egoísmo, la falta de compasión, las fuerzas anárquicas, o peores aún, se han desatado (...).

     Fontana dice que ante la situación del capitalismo, las propuestas de Harcourt son muy moderadas. Pero estamos en una situación tal de impotencia, que por algún lado habrá que empezar. Necesitamos entregarnos a la tarea de recuperar el pleno empleo y una distribución más igualitaria y equitativa de los ingresos y de la riqueza. Necesitamos también crear infraestructuras más verdes para enfrentarse a la realidad del cambio climático y del calentamiento global, y diseñar instituciones que minimicen el impacto de las operaciones de riesgo inducidas por la codicia (...), a fin superar los efectos de la especulación a corto plazo y sacar otra vez al descubierto las posibilidades del desarrollo a largo plazo (...).

    Lo que no es admisible es la resignación.
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