miércoles, 25 de septiembre de 2013

Yakolev y la “Democracia Internacional”



      Por último, cabe señalar las concesiones a los extranjeros sin precedentes, una auténtica traición. La unificación de Alemania, entrega de una zona de 200 millas alrededor del estrecho de Bering y la destrucción del sistema de misiles "Oka", un auténtico golpe para la seguridad nacional, según los actuales patriotas rusos, perpetrado por el amigo de Gorbachov, Alexander Yakovlev.




Gorbachov y su amigo Alexander Yakovlev, quien desempeñó un papel fundamental en el proceso contrarrevolucionario que condujo a la restauración del capitalismo en Rusia. Es autor de «Un siglo de violencia en la Rusia Soviética» (Portugal 2004) un furibundo panfleto anticomunista. Fuente: La haine.org

     Este personaje ejercía una influencia total sobre Gorbachov. Yeltsin también lo admiraba, elogiando su The Fate of Marxism in Russia [El destino del marxismo en Rusia, Univ. de Yale], y lo nombró presidente de la «Fundación Democracia Internacional”, creada en Moscú para falsificar la historia de la URSS. 

     Este liberal falleció en 2005, a los 82 años, y a día de hoy, Alexander Yakovlev inspirara un sentimiento generalizado de desprecio en los intelectuales rusos. Al igual que en Occidente, su delirante libro «Un siglo de violencia en la Unión Soviética», ya no se considera un instrumento útil de combate al comunismo.
 





      Miguel Urbano Rodrigues en su artículo Alexander Yakovlev y el anticomunismo cavernícola (La haine.org, 2012) escribe que “en su esfuerzo por presentar a la Unión Soviética como un infierno más tenebroso que el ideado por Dante, Yakovlev genera en el lector una reacción opuesta a la deseada. El libro es un grito de odio. Y el odio no convence, desprestigia. El panorama de violencia que esboza pretende estar basado en documentación oficial. Pero las fuentes a que recurre o carecen de credibilidad o las citas hechas con frecuencia son manipuladas o fragmentadas”. 

     Historiadores, filósofos y sociólogos como el húngaro Istvan Meszaros y el italiano Domenico Losurdo, publicaron en las últimas décadas trabajos serios que ya permiten tener una visión amplia sobre las revoluciones rusas de febrero y octubre de 1917. Investigan los errores y desvíos del llamado «socialismo real», y simultáneamente las transformaciones revolucionarias que resultaron benéficas para la humanidad. No esconden crímenes que marcaron esos años de transición del capitalismo hacia el socialismo. Sin embargo, coinciden al concluir que la desintegración de la URSS fue una tragedia para la humanidad que abrió puertas a la barbarie imperialista

        Para Yakovlev, Vladimir Ilich Ulianov (Lenin, el nacido en el río Lena) es «el exponente del terror y de la violencia a las masas, de la dictadura del proletariado, de la lucha de clases y de otros conceptos deshumanos». Afirma que Lenin creó «campos de concentración para niños», fue un inquisidor, un torturador que disfrutaba con su presencia de las torturas y el responsable de la muerte «de millones de ciudadanos rusos» y como tal «plausible de condena póstuma por crímenes contra la humanidad».

      Junto a Hitler, coloca a Lenin y Stalin como «los peores criminales del siglo (…)». Alexandr Yakovlev, Um Seculo de Violencia na Rússia Soviética, Editora Ulisseia, Lisboa, Junho de 2004. Traducción de Marla Muñoz. www.odiario.info
 
    Este individuo no sólo destruyó los misiles, sino  también la moral y la ética del pueblo ruso. Junto con su amigo,  el traidor General Kalugin, denunciado oficialmente como un agente de la CIA, puso en manos americanas documentos importantes, hasta el punto de que el alcance de su traición todavía perjudica actualmente a Rusia.

    Gracias a la “humanitaria” labor de traidores como los mencionados, el nuevo gobierno de Rusia consiguió el apoyo de Occidente quien les bendijo para que utilizaran la fuerza para enfrentarse a las “maniobras de los conservadores”. El democrático occidente le concedió al nuevo régimen de Rusia la carta blanca para las represiones. 

    En Crisolplural aparece un artículo titulado Rusia libre de Alejandro Mora Gallardo: “La Unión Soviética estalinista fue uno de los peores regímenes que hayan aparecido en la Historia. Sistema dominado por un autócrata despiadado que actuó respaldado por una terrible policía secreta y el ejército rojo, aparatos represivos de Estado que le posibilitaron a Stalin controlar con mano de hierro al soviet supremo, manipulando a los funcionarios a su antojo y llevando a cabo recurrentes purgas con las que se iba deshaciendo de militares y políticos relevantes que le hicieran sombra; convirtiendo en una dictadura al sistema que pretendía ser la alternativa socialista al capitalismo, un simulacro de sociedad emancipada, siendo en realidad la tiranía de un déspota absoluto y un totalitarismo de partido único. Los pueblos que conformaron la URSS pagaron las consecuencias. Record mortífero de Stalin: 20 millones de personas víctimas de ejecuciones en los campos de trabajo, muertos en el exilio o de hambre” [Elena Bonner. “Putin en el poder: el estalinismo moderno”. Proceso 1219. 12-3-00: 48-49].
 

 




      Muchas personas se alegraron de la caída de la URSS y su gobierno, a los que consideraban unos monstruos. Además, había que festejar el fin de la Guerra Fría y la distensión, el congelamiento de una posible guerra nuclear y la liberalización de múltiples pueblos del totalitarismo de partido único desde Berlín hasta Vladivostok. Sin embargo, los encargados de derrumbar a la Unión Soviética fueron los comunistas renegados miembros del gobierno y la mafia rusa.
 





Portada del diario Clarín

     Esta mafia, liderada por Boris Yeltsin, con el Tratado de Belovezh (1991) puso fin a la existencia de la URSS. Sólo faltaba que el Parlamento ruso ratificara el Tratado como exigían las leyes soviéticas. Para conseguir sus propósitos e instaurar el capitalismo en Rusia, Boris Yeltsin decidió decretar la disolución del Parlamento, en un acto ilegal a todas luces (declarado ilegal por el Tribunal Constitucional). El Parlamento reacciona y decide la destitución de Yeltsin (algo totalmente legal). La casa blanca, sede del Soviet Supremo, fue bombardeada  el 4 de octubre de 1993 por orden del Presidente depuesto.

     Ante el ataque culpable de la élite reaccionaron algunos patriotas rusos y se opusieron al desmantelamiento de su nación y decidieron ocupar el parlamento, siendo disueltos con ametralladoras y el edificio atacado con tanques que lo incendiaron. Todo ello con el respaldo occidental, que aplaudió las palabras de Yeltsin cuando acudió a la televisión –ya perpetrado el ataque– para anunciar la entrada de tropas de refuerzo en Moscú y el inmediato “aplastamiento de la revuelta fascista y comunista", una confusión entre dos conceptos que únicamente se puede explicar cuando la realiza un borracho. ¡Y hay muchos!
 





 





 




La casa blanca, sede del Soviet Supremo, fue bombardeada  el 4 de octubre de 1993 por orden Boris Yeltsin. Fuente: Cultura bolchevique

     Los “liberales utópicos” aplaudieron la represión del equipo gobernante y el desmantelamiento de la sociedad soviética, defendiendo un proyecto suicida guiados por su visión utópica, cuyas raíces metafísicas ya fueron estudiadas por Dostoievski, de ideología extremadamente conservadora. La intelligentsia rusa deseaba el progreso para su atrasado país y soñaban en mundos donde imperaban la igualdad y justicia. Algunos escritores imaginaban mundos donde los hombres liberados por el maquinismo llevaban una vida feliz en casas de cristal con luz y calefacción proporcionadas por la electricidad (Trousson, R. 1995, Historia de la literatura utópica. Barcelona: Península). 




¿Qué le ocurrió a la URSS?


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