domingo, 26 de febrero de 2012

Magnitud de la caza de brujas


6. Magnitud de la caza de brujas

      Debido a la destrucción o pérdidas de gran número de las actas judiciales no puede fijarse con ninguna exactitud la cifra total de procesos y ejecuciones por brujería. Algunos cálculos son burdamente exagerados, como los nueve millones de ejecuciones de A. Dworkin, Woman Hatting  (Nueva York, 1974). Por su parte,  W. von Baeyer-Katte, Die Historischen Hexenprozesse: Der Verbürokratisierte Massen-wahn, en Massenwahn in Geschichte und Gegenwart (Stuttgart, 1965), calcula cerca de un millón de ejecuciones. Para una mejor aproximación  referente a finales del siglo XVIII ver a H. C. Lea, Materials toward of Witchcraft (Nueva York, 1975).

      El hecho de que muchos cazadores de brujas deseaban vanagloriarse de sus hazañas y la existencia de autores posteriores que deseaban acentuar la gravedad del proceso, hacen que surjan cifras desorbitadas, que actualmente se están analizando y reduciendo a sus verdaderas dimensiones. Así, en el proceso del Pays de Labourd –vascos franceses- a principios del siglo XVII se pensó que habían sido ejecutadas 600 brujas, pero en realidad no llegaban a 80. En Bamberga, entre 1624-1631, se  afirmaba que se habían ejecutado otras 600 brujas, pero la realidad está más próxima a las 300. En Escocia Henry C. Lea calculó que habrían sido ejecutadas 7.500 brujas, pero la cifra real no llega a las 1500.

      En la mayoría de las regiones la tasa de ejecuciones fue menor del 70%. La tasa de ejecuciones alcanzó el grave nivel del 90% sólo en el Pays de Vaud. Fuera de Alemania y Polonia las tasas de ejecución para Europa fueron del 45%. Las personas juzgadas por brujería en toda Europa no superarían las 110.000 según G. Schormann, Hexemprozese in Deutschland, Gotinga, 1981. La mitad de  ellas vivían en tierras germánicas, dentro  del Sacro Imperio Romano. Wolfgang Behringer (Hexenprozesse und Hexenverfolgungen in Europa, en Hexenvelten: Magie und Imagination vom 16.-20. Jahrhundert, Francfort, 1987) cree que hubo más de 20.000 ejecuciones en Alemania.

       El resto de las concentraciones importantes de procesos en Europa se da en los territorios colindantes con Alemania. En Polonia se celebraron unos 15.000 juicios (B. Baranowski, Procesy Czarownic w Polsce w XVII i XVIII Wiehu, Lodz, 1952). Hacia el sur, Suiza, reconocida durante mucho tiempo como el centro de la caza de brujas, se celebraron unos 10.000  (G. Bader, Die Hexenprozesse in der Schweiz, Affolten, 1945, da un total de 5417 personas ejecutadas, pero investigaciones posteriores como la de W. Behringer,  suben la cifra a 10.000 víctimas).

        En otras regiones la caza de brujas fue menos intensa, como en las Islas Británicas, donde se efectuaron unos 5000 juicios, más de la mitad de ellos en Escocia. La misma cantidad se efectuó en los reinos escandinavos. El número de juicios fue todavía menor en Bohemia, Hungría, Transilvania y Rusia, probablemente menos de 4000 juicios.

      Finalmente, en los países mediterráneos de Europa –los reinos españoles y los Estados italianos- hubo unos 10.000 procesos, entre 1560 y 1700, la mayoría efectuados contra formas secundarias de magia y superstición, en los que muy pocos concluyeron en ejecución. G. Parker, Some Recent Work on the Inquisition in Spain and Italy, en Journal of Modern History, 54, 1982, da una cifra de 3.687 personas juzgadas en España entre 1560 y 1700; esta cifra parece haber sido menor en Italia. En España, Italia y Portugal no se llegó a ejecutar ni a 500 brujas.

      Las comunidades europeas ejecutaron alrededor de 60.000 brujas durante la Edad Moderna, según Brian P. Levack. Estas cifras se aproximan a las de Monter, The Pedestal and the Stake: Country Love and Witchcrafgt, en Becoming Visible: Women in European History (Boston, 1977). W. Behringer, Erhob sich das ganze Land (Hexenprozesse und Hexenverfolgungen in Europa, en Hexenvelten: Magie und Imagination vom 16.-20. Jahrhundert, Francfort, 1987) calcula menos de 100.000 ejecuciones. J. Klaits, Servent of  Satan: The Age of the Witch-Hunt, Bloomington, 1985, calcula un total de 200.000 juicios. Algunas actas de tribunales eclesiásticos en las que personas calificadas de brujas presentaron acusaciones por difamación contra sus acusadores nos hacen saber que la cifra de acusaciones por brujería fue muy superior al número real de procesos por tal delito.

       El feminismo radical, en boga desde hace un par de decenios, especialmente en Europa y Estados Unidos, también formuló una teoría ideológica sobre el fenómeno de la brujería, según  lo afirma W. Behringer en su último libro "Brujas: Fe, Persecución, Mercadeo", aparecido a fines de 1998 en Alemania ("Hexen - Glaube, Verfolgung, Vermarktung", editorial C.H.Beck, Munich). El autor se refiere en especial al libro "Brujas, Comadronas y Enfermeras" (Witches, Midwives, and Nurses, 1973), de las estadounidenses Barbara Ehrenreich y Deirdre English, aparecido en 1981 y convertido en un clásico del movimiento feminista. La obra propugna la tesis de una conspiración de los médicos, que con la caza de brujas habrían pretendido eliminar la competencia de las mujeres en la medicina, hablando de "millones" de víctimas.


Parto en la Edad Media. Vemos a los médicos detrás divagando sobre el horóscopo y a las mujeres atendiendo el parto (Del libro "Brujas, Comadronas y Enfermeras" (Witches, Midwives, and Nurses), de las estadounidenses Barbara Ehrenreich y Deirdre English)

      Según la inglesa Diane Purkiss (Literature, Gender and Politics During the English Civil War, 2009) las mujeres "han sufrido más que todas las víctimas del racismo y el genocidio". En publicaciones entre un neopaganismo esotérico y el feminismo se afirma incluso que la caza de brujas superó con mucho, cuantitativamente, al holocausto judío bajo el dominio nazi en la última guerra mundial, llegándose a cifras superlativas de hasta 13 millones de víctimas.


       La matanza de brujas realmente fue importante en Alemania y Suiza. En el Estado territorial del príncipe obispo de Eichstätt fueron ejecutados por brujería 274 personas en sólo un año y en las tierras del convento de Quedlinburg se dio muerte a 133 brujas en un sólo día de 1589.

      Para las personas que vivieron en los siglos XVI y XVII la principal cuestión estadística no fue la del número de brujas ejecutadas, sino de cuántas quedaban aún en libertad. En 1587 el juez de la localidad francesa de Brieulles afirmó tener pruebas de la existencia de 7.760 brujas sólo en el ducado de Rethelois. En 1571 una bruja francesa llamada Trois-Eschelles comunicó al rey Carlos IX de que en su reino había 300.000 brujas. En 1602, el demonólogo Henri Boguet, Discours des sorciers se sirvió de esta cifra para extrapolar un total de 1.800.000 brujas en Europa.

El concepto romántico de brujería


 a. El concepto romántico de brujería

      Ya hemos visto que las confesiones de demonismo son sospechosas, ya que no son producto de la imaginación popular, sino creación de la gente ilustrada, y que arrancaban a las brujas bajo tortura. Sin embargo, una vez creado el concepto de demonio, también es posible que algunos individuos acusados de brujería pretendieran haber realizado pactos con el diablo. Sobre todo muchas ancianas pobres, que al ver lo desesperado de su situación, creían que un pacto con el diablo podría proporcionarles placeres materiales a cambio de la adoración y de venderle su alma. Aunque a nivel individual algunas brujas creyesen haber pactado con el diablo, carece de base la difundida creencia de que había adoradores colectivos del demonio, de la existencia de un culto brujeril que adoraban a un dios representado por un macho cabrío... estas actividades sólo existieron en las mentes de las acusadas, de sus acusadores o de ambos, según Henningsen en El abogado de las brujas.


   La antropóloga Margaret Murray, La Brujería en Europa del Este (The Witch Cult in Western Europe, 1921) mantuvo la idea de que las brujas de la Edad Moderna eran en realidad miembros de un culto de fertilidad antiguo, precristiano, cuyos benéficos ritos fueron malinterpretados por clérigos y jueces. Los paganos se organizaban en covens de trece adoradores, dedicados a un dios masculino. Murray sostuvo que esas creencias paganas y esa religión, que van desde el periodo neolítico hasta el período medieval, practicaban en secreto sacrificios humanos hasta ser expuestos por las cacerías de brujas, alrededor de 1450 d.C. A pesar de la naturaleza sangrienta del culto descrito por Murray, era atractivo por su punto de vista sobre la importancia de la libertad de la mujer, su sexualidad manifiesta y su resistencia a la opresión de la iglesia.

      Margaret Murray sostiene que la brujería -especialmente en la edad media- es el residuo de un antiquísimo culto, anterior a la entrada violenta del cristianismo, reunidos por Murray bajo el concepto de Cultos Diánicos, Dianismo -rama de la brujería con un fuerte sentido feminista-, o Religión de Diana. Este culto sería la esencia de lo que entendemos como Brujería. Nada tiene que ver con los principios del bien y el mal que manejan las religiones invasoras. Su espíritu está vinculado a la naturaleza y la relación del hombre con ella. El cristianismo llega a Europa y comienza a convertir a las clases altas. El pueblo continúa con sus viejos cultos. La iglesia absorbe muchas fiestas, tradiciones, deidades, y leyendas populares, trasladándolas a santos y mártires, muchos de los cuales, ni siquiera intentan disimular su origen. Pero existe un margen de sabiduría popular, de creencias espirituales y folklóricas, que la iglesia no logra fusionar con su visión del mundo. Estos aspectos rebeldes son lo que conocemos como Brujería. Todo lo que involucre a estas tradiciones y creencias será minuciosamente asociado al mal, conducido por la figura de Satán.


  Otros estudios que compartían una interpretación romántica de la brujería interpretaron las asambleas de brujas como protesta organizada contra el orden económico y social establecido o contra el patriarcado. Uno de ellos ha considerado el aquelarre como una actividad de goliardos que parodiarían el orden eclesiástico del momento (Elliot Rose, A Razor for a Goat, Toronto, 1962). Elliot Rose o Norman Cohn (Europe’s Inner Demons) aducen que no se conoce ni un solo caso verificado de brujas o brujos ejecutados por la práctica de ninguna religión pagana identificable… Aunque Julio Caro Baroja no aceptaba la tésis de Margaret Murray, observó un renacimiento del culto a Diana entré los habitantes de los bosques europeos en los siglos V y VI, aceptando la hipótesis de Murray que permiten hablar de una religión bastante organizada.



       El problema de estas interpretaciones es la absoluta falta de pruebas de cualquier reunión de brujas en gran número, con algún propósito diabólico o culto de la fertilidad. El temor al culto colectivo al diablo podría haberse basado en la existencia real de asambleas secretas de otros grupos, como por ejemplo, las reuniones de herejes. Por ejemplo, Carlo Ginzburg descubrió, a finales del siglo XVI, en la provincia italiana de Friul, la pervivencia de un antiguo culto de fertilidad, practicado por los benandanti. Ello supuso un cierto apoyo a la teoría de Margaret Murray. Los benandanti se rodeaban el cuello con su membrana amniótica, o camisa, a modo de amuleto y afirmaban que salían de noche (en estado de éxtasis) a combatir a las brujas, enemigas de la fertilidad. Suponían que las brujas se habían llevado al más allá los cereales y los animales, por lo que había que recuperarlos. Esta pervivencia de la religión antigua se manifiesta de dos formas diferentes:

      a). El cortejo de mujeres extáticas, guiadas por figuras femeninas o diosas, se aparece a mujeres en éxtasis en fechas definidas. El nombre de la diosa: Diana, Habonde, Oriente y Richella. La “mujer del bon zogo”  y las buenas damas


      b). Batallas por la fertilidad. En la literatura desde el siglo X al XVIII se habla de las apariciones del “ejército furioso”, de “la caza salvaje”… En ellos se reconoce a la compañía de los difuntos, o más exactamente, a la compañía de los muertos antes de tiempo: soldados muertos en combate, niños sin bautizar… Esta compañía se aparece exclusivamente a hombres (cazadores, peregrinos, viajeros) entre la Navidad y la Epifanía. Sus manifestaciones más conocidas son:

            1). El  hombre lobo
            2). Comparación entre licántropos y benandanti
            3). Los vampiros y los kresnik
            4). Los táltos del folclore húngaro
            5). Los osetas del Cáucaso: los burkudzäutä
            6). Brujos circasianos contra abjasos.
            7). Los mazzeri de Córcega.
            8). Los kallikantzaroi de la isla de Quíos


Carlo Ginzburg afirma que tras las mujeres (y los pocos hombres) ligados a las “buenas diosas nocturnas” se entrevé un culto de carácter extático. Los benandanti caían en un éxtasis durante las cuatro témporas; igual les sucedía a las mujeres del valle de Fassa; las brujas escocesas afirmaban que su espíritu, invisible o en forma de animal (corneja), abandonaba su cuerpo y viajaba; las seguidoras de la dama Habonde (Roman de la Rosa) caían en estado cataléptico y emprendían un viaje en espíritu, atravesando puertas y paredes. Así pues, tenemos que para acceder al mundo de las benéficas figuras femeninas que dan prosperidad, riqueza y saber se accede a través de una muerte provisional. Su mundo es el mundo de los difuntos. Las “buenas mujeres” están muertas, de ahí la costumbre de dejar en determinados días agua para los difuntos en las puertas de las casas, con el fin de que sacien su sed y que repartan bendiciones a las casas. A los difuntos les gustan los banquetes y las casas limpias.


Benandanti (o bruja) atacando al diablo. Jacob Binck. Alemania 1528.


      En los brujos y brujas del Valais, los benandanti del Friul, la compañía de las ánimas del Ariège… en todos observamos el viaje extático de los vivos hacia el mundo de los difuntos. Aquí está el núcleo folclórico del estereotipo del aquelarre. Aquí están las auténticas brujas de la Edad Moderna. Para Ginzburg la brujería hunde sus raíces en un antiguo culto de fertilidad. Brian P. Levak le objeta que dicho culto no se practicaba de forma real y física, con la presencia de fieles como en cualquier culto pagano. Afirma que Ginzburg no demuestra que sus brujas fuesen paganas o practicaran de hecho el paganismo. Los benandanti no sólo declararon a menudo su lealtad a la iglesia católica, sino lo que es aún más importante, nunca salieron en realidad de noche para luchar contra las brujas, sino sólo en espíritu, mientras sus cuerpos caían en estados de catalepsia (La Brujería en la Edad Moderna, p. 44).

      Brian P. Levack afirma que sólo las ensoñaciones y la imaginación de las brujas pueden sustentar una interpretación romántica de la brujería. Los campesinos acusados de brujería tenían sus propias fantasías, las cuales podrían reforzar la de sus acusadores.  Muchas mujeres creían haber volado de noche y copulado con demonios, lo que reafirmaba la creencia de los inquisidores de que tales mujeres habían participado en un aquelarre (Recuerdo algunas interpretaciones de los sueños y, si no me equivoco, el volar significaba el placer sexual o su búsqueda; por otra parte, también he oído muchas veces que el soñar con toros o animales negros con cuernos es síntoma de deseo sexual. Lo digo por lo del dios cornudo y los vuelos de las brujas).

 Emmanuel Le Roy Ladurie, Les Paysans de Languedoc (Paris, 1966) nos dio a conocer una de las fantasías de los campesinos del Languedoc, quienes imaginaban un orden social invertido como forma de protesta simbólica. La revelación pública de su fantasía podía muy bien interpretarse como una descripción de los aquelarres donde, según se creía, todo estaba al revés. Pero como hemos dicho, la fantasía era mental, no física, con lo que seguimos sin tener pruebas de la existencia real de un culto brujeril o de la presencia de un grupo de personas que practicaran algún ritual interpretado como brujería. (Recordar los signos de la Penya Escrita de Milleneta, o las piedras o círculos de Benirrama).


      El hecho de que la caza de brujas encerrase tal cantidad de fantasía ha llevado a muchos historiadores de la escuela liberal o racionalista a considerar la brujería como un engaño o una ilusión masiva que afectó a los campesinos europeos. Esta quimera se  disipó con el desarrollo del conocimiento científico y la ilustración difundida por Europa en los últimos años del siglo XVII y XVIII. Brian P. Levack tampoco comparte esta teoría, pues el cree que ha demostrado suficientemente que hubo individuos que practicaron la magia, muchas veces nocivas, y que hubo otros individuos que establecieron pactos con el diablo. La verdad es que a mí este segundo punto no me ha quedado nada claro. “Se puede mantener que el mago y el demonista se engañaban a sí mismos; tal afirmación dependerá de las creencias de cada cual respecto a la eficacia de la magia y la existencia de un demonio capaz de mantener tratos con los humanos. Pero cuando los escritores y las autoridades judiciales intentaban acabar con la brujería, no estaban tratando de una amenaza enteramente inventada” (P. 45)  Vaya conclusión más pintoresca, si tenemos en cuenta que ha sido obtenida de premisas como las siguientes:

      a) Que apenas hubo brujas y fueron una minoría las personas que practicaron la hechicería, la mayoría eran ancianas analfabetas.

      b)  Estas ancianas fueron acusadas por malquerencias de sus vecinos.

      c) Las mujeres confesaron bajo tortura.

       d) Sobre la existencia de un pacto con el demonio, la única prueba que tenemos son las confesiones, pero obtenidas con tortura.

      Es como si el señor Brian P. Levack se contradijera, demostrando la falsedad de lo que afirma, pero inmediatamente reaccionaria y dijera, como los gallegos “Pero haberlas, ahilas”: “… cuando los escritores y las autoridades judiciales intentaban acabar con la brujería, no estaban tratando de una amenaza enteramente inventada…” Es decir, existía una amenaza real, sin embargo no nos dice en que consistía dicha intimidación. La mayoría de las mujeres acusadas no practicó ningún tipo de magia maléfica, ni tampoco blanca. No hubo ninguna redada en cuevas que demostrara la reunión de las brujas, ni se sorprendió en ningún claro del bosque la reunión de un aquelarre; muchas de las personas que dijeron haber asistido a estas reuniones confesaron para evitar el dolor y obtener el perdón, en su mayoría eran viejas en estado senil, afectadas por demencias y locuras, fantasías, melancolías y mitomanía.

Brujería: realidad o fantasía


5. Brujería: realidad o fantasía

      Hemos definido anteriormente lo que podemos llamar pensamiento mágico el cual es anterior a la religión. La Diosa Madre era la dadora de vida y de la muerte, la vida era un ciclo de nacimiento, crecimiento y muerte. El pensamiento primitivo creía en los ciclos lunares, el de las plantas, el de la vida… Las religiones monoteístas supusieron el triunfo del pensamiento metafísico. El mundo se dividió en dos: una espera superior luminosa y buena; otra inferior oscura. En el plano espiritual también quedaron enclavados en dos esferas semejantes los hechos morales. Los mitos, o sea los arquetipos, ejemplifican aspectos morales de estas dos esferas - solares y celestes-, sin embargo, también pervivieron los de la esfera mágica, es decir, la  Tierra y la muerte.

       Las sociedades primitivas empleaban la magia para conseguir sus propósitos,  utilizaban conjuros y otros procedimientos coercitivos para obtener beneficios o maleficios. En sociedades más avanzadas surgen las creencias en una Divinidad superior y el hombre, para dirigirse a ella, abandona la coerción y utiliza la plegaria o el ruego, es decir  la oración y el rezo por el que se rinde vasallaje y acatamiento al  Ser superior: se ha inventado la religión. Desde el punto de vista teórico y conceptual esta afirmación queda muy bien, pero en la realidad resulta muy difícil separar la magia de la religión. En  muchos lugares se observa como la casta hereditaria de los magos se convierte en la de los sacerdotes, capaces de realizar magia para el beneficio de la colectividad.

      Los actos mágicos se explican por la simpatía o acuerdo que hay entre las cosas semejantes y la hostilidad que existe entre las que no lo son. Pero los magos, según Plotino sólo pueden atacar la parte irracional del individuo, por eso los hombres sabios no experimentan en su alma los efectos de la magia. Hay una afinidad, una simpatía entre la luna, la noche y la mujer que nos conduce  a la hechicera o bruja. O al menos así lo creyeron nuestros antepasados de los siglos XVI y XVII, muchas personas sintieron auténtico temor hacía los actos que “se decía” que realizaban estas personas malvadas. Nosotros debemos comprender que entonces no estaban separadas las fronteras entre la realidad física y el mundo imaginario. “Las consecuencias que trae en una sociedad el hecho de que se crea objeto de actos mágicos son incalculables, pues todo su sistema de sanciones, religiosas o legales debe ajustarse...al sentido mágico de la existencia” (Julio Caro BarojaLas brujas y su mundo”). El pueblo llano, así como las brujas que pertenecían a él, confundían imaginación y realidad. 


Aquelarre, ilustración de Borja Pindado

      El hombre tardó varios cientos de años en extirpar de sus leyes, de su justicia civil y religiosa, los conceptos mágicos que la impregnaban. Precisamente, en el momento en que estaba surgiendo la ciencia moderna y el método científico, muchos fanáticos en su nombre y en el de la razón, mataron a miles de mujeres por no saber comprender o no querer creer que ellas hablaban de un mundo fantástico, sus aventuras y desventuras ocurrían en la ficción, en sus sueños y en sus viajes extáticos. Ellos, juristas e inquisidores, en nombre de la razón dijeron que lo que manifestaban y hacían las brujas era real y que sus poderes procedían del diablo. Estos jueces, estos próceres de la sociedad, creían a pies juntillas en la existencia real de la Magia y de las brujas capaces de cometer horribles crímenes. Esta es la historia que vamos a contar. 

       Dividiremos Europa en dos grandes grupos, atendiendo a la creencia en las brujas –tanto a nivel popular como intelectual- o a su incredulidad. Los países protestantes pertenecen al grupo de los crédulos, destacando Alemania, Suiza, la región del Jura, los Países Bajos españoles, Francia e Inglaterra, en los cuales la persecución se caracterizó por su excepcional brutalidad (especialmente en la región de Lorena y en el sudeste de Alemania). El segundo grupo comprende las comarcas nórdicas, orientales y mediterráneas que conocieron una represión mucho menos severa (a excepción de la zona de Venecia). Aquí podrían encuadrarse Italia, Suecia, Polonia y España.

      La brujería es calificada por los estudiosos como delito imaginado, de fantasía compleja sin fundamento en la realidad. Por lo tanto, las personas juzgadas por brujería son consideradas víctimas inocentes de un sistema judicial equivocado o de un ordenamiento legal opresivo. El historiador  debe averiguar si las personas acusadas de brujería estuvieron o  no implicadas en las actividades por las que fueron sometidas a juicio.

       En el delito de brujería encontramos dos componentes, el maleficium y el demonismo. El primer componente tiene una base real sólida, ya que en casi todas las sociedades, ciertos individuos practican la magia nociva o maligna. Así han pervivido restos históricos de sus maleficios escritos, de las muñecas y de los numerosos instrumentos que empleaban en su oficio, también una gran cantidad de literatura sobre magia. Lo que resulta más difícil es determinar si alguna de las brujas acusadas practicó realmente la hechicería. La mayoría de ellas eran personas analfabetas que carecían de libros: tampoco los tenían de magia, ni de magia negra. Las pruebas legales que utilizaron los jueces para condenarlas consistían en sus propias confesiones y en las acusaciones de los vecinos. Ambos tipos de pruebas son sospechosos: las confesiones, porque solían obtenerse bajo tortura; las deposiciones de testigos, porque procedían de parte hostil.


Häxan, la brujería a través de los tiempos (1922) de Benjamin Christensen

      La hechicería fue uno de los pocos medios con que las mujeres, sobre todo si eran ancianas y no estaban casadas, podían protegerse y sobrevivir en las sociedades de la Europa moderna. Pero, aunque algunas de las brujas practicaran la magia maligna, no debemos suponer por ello que todas, o incluso una mayoría, actuaran así. Además, aunque ellas realizaran hechizos malignos, sus efectos reales no llegaban a producirse. Entre los miles de brujas ejecutadas, las que practicaban maleficium eran un porcentaje muy bajo. Un número mayor, que sigue siendo una minoría clara,  fue culpable de practicar algún tipo de magia blanca, que sus vecinos malintencionadamente malinterpretaron o tergiversaron para condenarla. La mayoría de las personas acusadas de brujería no practicó ninguna clase de magia.

      Sobre el asunto del demonismo la única prueba que poseemos al respecto son las confesiones de las mismas brujas y las acusaciones presentadas por supuestos cómplices. Estas pruebas son sospechosas porque contienen referencias a la realización de actos manifiestamente imposibles, como el de volar por el aire, transformarse en animales... Estas afirmaciones hacen dudar de la veracidad del testimonio y requieren pruebas de apoyo, pruebas que nunca se han presentado. Los vecinos que acusaban a las brujas de culto al demonio no testificaron ni tan sólo una vez haber presenciado el culto colectivo al demonio, ni un pacto entre una bruja y el diablo. El crédulo inquisidor Paulus Grillandus admitía que nunca había visto ni oído que una bruja fuera sorprendida ejecutando su delito. Ninguna autoridad consiguió realizar nunca una redada en alguna cueva de brujas. El inquisidor español Alonso de Salazar, quien en 1610 interrogó a cientos de brujos y brujas del país vasco -después de estudiar sus confesiones y sus innumerables contradicciones-, llegó a la conclusión de que aquel asunto sólo era una quimera.


Häxan, la brujería a través de los tiempos (1922) de Benjamin Christensen

       Un segundo motivo para cuestionar las confesiones de las brujas es que fueron obtenidas, muchas de ellas, bajo tortura o amenaza de tortura, por lo que sus confesiones expresaban más lo que el torturador deseaba oír, que lo que la acusada había hecho realmente. El supuesto culto al demonio sólo aparecía cuando se aplicaba el tormento; los testigos se referían siempre al maleficium y no al demonismo. Por tal razón, es válido afirmar que la tortura “creó” en cierto sentido la brujería, o, al menos, la brujería diabólica (Brian P. Levack, La caza de brujas en la Europa Moderna, p. 39).

      La función decisiva de la tortura en la obtención de confesiones de demonismo queda ilustrada en el juicio contra tres brujas en la isla de Guernsey, en el canal de La Mancha, en 1617. La reos habían sido juzgadas, condenadas y sentenciadas, a pesar de que únicamente aparecieran cargos de maleficia. Según los testigos, las tres mujeres habían lanzado embrujos contra objetos inanimados, infligido enfermedades extrañas a muchas personas y animales, dañado cruelmente a un gran número de hombres, mujeres y niños y causado la muerte de muchos animales. Por ello, las tres mujeres fueron condenadas a muerte, sin que nada indicase un culto al demonio. Nada más pronunciarse la sentencia, una de las acusadas Collete du Mont, confesó ser bruja, pero sin poder especificar en que consistía tal hecho, ni que crímenes había cometido. Fue llevada a la cámara de tortura y Collette admitió que el demonio se le había aparecido en forma de gato en numerosas ocasiones y la había incitado a vengarse de sus vecinos. Continuó confesando todo tipo de prácticas diabólicas, como que el demonio la recogía para ir al aquelarre y le entregaba cierta untura negra, con la que tras desnudarse, se frotaba las nalgas, la tripa y el estómago; luego, tras volverse a vestir,  salió por la puerta de su casa y fue inmediatamente transportada por el aire a gran velocidad, llegando al aquelarre, que unas veces estaba cerca del cementerio parroquial y otras junto a la orilla del mar, próximo a Rocquaine Castle, donde se encontraba con otros quince o dieciséis brujos y brujas y con los demonios que se hallaban allí en forma de perros, gatos y liebres. Allí adoraban al diablo, quien acostumbraba a erguirse sobre sus patas traseras, y mantenían relaciones sexuales con él bajo forma de perro; luego bailaban espalda con espalda, y después del baile, bebían vino que el diablo vertía en una copa de plata o peltre. También comían pan blanco que el demonio les ofrecía. Nunca vio sal en el aquelarre. J.L. Pitts, Witchcraft and Devil Love in the Channel Islands (Guernsey, 1886).



Häxan, la brujería a través de los tiempos (1922) de Benjamin Christensen

      Las confesiones se realizaban para no soportar los atroces tormentos que les esperaban si mantenían silencio. Muchos pensaban que podrían sobrevivir a la tortura y ser absueltos. Otros confesaban “voluntariamente” al no poder soportar el odio que su comunidad les profesaba, ni el aislamiento social que ello conllevaba. La mayoría de estas confesiones se realizaban con la esperanza de obtener clemencia judicial, ya que en algunos sitios estaba establecida la práctica judicial de otorgar una suspensión temporal de la pena a quienes confesara. Fueran cuales fuesen los motivos, estas confesiones podían ser urdidas con facilidad para obtener clemencia y no podemos confiar, por tanto, en su exactitud real.


       No todas las confesiones “libres” de brujería constituían intentos conscientes de evitar algún tipo de dolor o sufrimiento. Algunas estuvieron motivadas por un estado senil del confeso, muchas personas perseguidas por brujería eran viejas y mentalmente enfermas. Ya en el siglo XVI el crítico de la caza de brujas Johann Weyer, afirmaba que estas mujeres padecían melancolía. En la actualidad se conoce la enfermedad de la mitomanía y se sabe que existen enfermos que confiesan crímenes que no han cometido, ni hubiesen podido cometer. Personas perturbadas que confiesan la realización de actividades practicadas sólo en sueños, muchos de los cuales estaban condicionados por tradiciones culturales de su zona de origen: fabulosos sitios de reunión de brujas, vuelos nocturnos... En otros casos, los sueños podían haber sido provocados por el consumo de drogas. En los siglos XVI y XVII estaba extendida la creencia de que las brujas acudían volando al aquelarre porque se untaban el cuerpo con unturas mágicas. Las recetas de algunas de ellas han llegado hasta nosotros y hemos visto que contenían atropinas -alcaloides de las solanáceas-, que por vía cutánea poseen un efecto psicotrópico o alucinógeno, proporcionando sensaciones similares al vuelo.

La creencia en el diablo


b. La creencia en el diablo

        El fenómeno de la brujería y la creencia férrea en el diablo tuvo una especial incidencia en aquellas zonas de Europa que habían sufrido guerras de religión y que, en muchos casos, eran zonas de tensión política y social, que padecían las consecuencias de la Reforma: Suiza y Alemania, después de la guerra de los Treinta Años; la revuelta de los Países Bajos contra España y la reforma anglicana en Inglaterra. En general, son los años de las revueltas populares.

      Poco a poco los magos y hechiceros fueron convirtiéndose en brujos y brujas, adoradores del demonio, herejes y apostatas de su fe cristiana. Muchos juristas llegaron a considerar el pacto como la esencia de la brujería, muchos teólogos, sobre todo los del campo protestante, afirmaron que la brujería era un delito puramente espiritual, contra Dios. Muchos individuos juzgados por brujería no fueron, en absoluto, acusados de realizar maleficios, su delito fue simplemente el de rendir culto al demonio.



Ilustraciones del libro de Jules Michelet La Sorcière (1862), de Martin van Maële, 1911


      Esta es la principal característica que distingue la brujería de Europa de las sociedades primitivas del mundo actual: su componente demoníaco. La magia nociva existe prácticamente en todas las sociedades primitivas, pero la creencia en el demonio cristiano es exclusiva de la civilización occidental. Ninguna de ellas ha desarrollado un conjunto de creencias que reproduzca o se aproxime siquiera a la teoría que crearon los demonólogos de la baja edad media, con sus sectas de magos voladores que rendían secretamente culto a los demonios en orgías caracterizadas por el infanticidio caníbal.


«Brujas asando un niño», xilografía del libro de Francesco Maria Guazzo, Compendium
maleficarum, Milan: Apud Haeredes August Tradati, 1626.

      Así pues, dos tipos de actividad muy distintas están englobadas con el término brujería: la práctica del maleficium y el demonismo. Algunas personas eran acusadas de brujería simplemente por haber asistido a un aquelarre, sin evidencia ninguna de que hubiesen realizado maleficia o practicado la brujería. Por otra, ciertos individuos eran objeto de la acusación de llevar a cabo algún maleficium, pero eludían el cargo añadido de demonismo. Este tipo de acusación siempre surgían de abajo, es decir, de los convecinos de las brujas y, cuando no, eran realizadas por jueces y fiscales locales obsesionados por fantasías diabólicas. Los vecinos de las brujas se interesaban mucho más por los infortunios que creían haber padecido a causa del poder mágico de una bruja, que por su pacto con el diablo. Esta acusación se la reservaban los jueces “ilustrados” y los teólogos fanáticos.

      En Inglaterra todas las acusaciones provenían de abajo, por lo que el delito de brujería consistió fundamentalmente en el ejercicio de la magia nociva y no en la adoración al demonio. En Rusia y Noruega las ideas de demonismo corrientes en Francia, Alemania y Suiza,  nunca penetraron del todo, por lo que los pocos juicios que hubo lo fueron por maleficios.

      Ya hemos visto como el termino brujería incluía los maleficios y el demonismo, pero había otros dos tipos de actividades muy íntimamente relacionados con la brujería. Primero, la evocación, mediante la cual una persona conjuraba al diablo o demonios menores, con el fin de obtener información o ayuda para conseguir sus propósitos. La relación entre mago y demonio se asemejaba a la de siervo y señor. Se  solían hacer a estos demonios ofrendas, acompañadas de signos reverenciales. La segunda actividad es la brujería banca, cuyo objetivo es la práctica de la curación mágica o el empleo de formas de adivinación para predecir el futuro, localizar objetos perdidos o identificar a los enemigos.

     Hubo en los orígenes de la Humanidad un culto extendido a la diosa de la noche o a la madre Tierra. Este culto estaba dirigido por mujeres, que además conocían las propiedades ocultas de las plantas. Según Pennethorne Hughes, en los rituales primitivos, estos grupos se servían de la danza  servía para mantener la unidad emocional y rítmica del grupo. La danza la dirigía y la convocaba el sacerdote y la utilidad de la danza residía en que evitaba la soledad y el miedo del individualismo.  La religión surgiría de la danza. 

      El cristianismo, en sus inicios –tal vez debido a su debilidad- fue tolerante con el paganismo, pero cuando se sintió la religión dominante comenzó el ataque despiadado contra las antiguas religiones y, sobre todo, contra las mujeres que adoraban a la Diosa Madre: las brujas. Tampoco les agradaba a los cristianos  el que la Tierra fuese considerada la “madre” de todas las cosas y la que engendraba en su interior la vida. El cristianismo primitivo, influido por el mitraísmo, se decantó por el culto solar: el sol era el padre, el germinador, el principio masculino; la luna, la noche, la Tierra eran el principio femenino. Los Padres de la Iglesia se encargaron de denigrar lo femenino: aprovechando que muchos de los ritos de la primitiva religión tenían un carácter nocturno, se aprovecharon del temor de la psiqué humana a la oscuridad y la noche. Todo lo relacionado con la mujer era oscuro, húmedo, terrenal, asociado a las serpientes y dragones. La Iglesia asociaba  los elementos que adoraban las sacerdotisas primitivas con la muerte; intuitivamente asociaban la noche y la oscuridad con el mal, con lo contrario de la vida normal. En el cielo estaba el sol y la luz, en la tierra la noche y las cuevas. Pero aún existía un lugar peor: debajo de la tierra, posibilidad que alcanzamos cuando morimos, sin duda en este lugar habitan las criaturas más horribles y terroríficas y el hombre lo llamó infierno y su rey era el demonio.




Hans Memling. Visiónes del Infierno del “Juicio Final”



BRUIXES: INDEX

La magia y la brujería


4. La magia y la brujería

    "La creencia en la Mágia, el pensamiento mágico, es para muchos autores, como A. L. Kroeber en ´Anthropology', un índice cultural, es decir, cuanto más se admita la realidad objetiva de los hechos mágicos, más retrasado se considera que está un pueblo, una sociedad" (Julio Caro Baroja en Las Brujas y su mundo).

      Yo diría que más vivas mantienen las tradiciones culturas prehistóricas. Rompamos una lanza a favor de las creencias irracionales y en contra de una racionalidad que surge del desconocimiento y el desprecio del fenómeno que estudia. Los pueblos celtas y germanos, las sociedades que habitaron las estepas y climas fríos,  habitaban un medio hostil. Eran gente que llegó a Eurasia procedente de África,  pongamos que hace unos 70.000 años. En un principio colonizaron las mejores regiones climáticas, mientras que las tribus que no pudieron optar a estos territorios se desplazaron hacia el interior del continente europeo. En las tierras favorables climáticamente, surgió la agricultura y los poblados, comenzando una civilización urbana que creó la escritura, la navegación y el intercambio comercial en las riberas del Mediterráneo. La revolución intelectual griega apeló a la razón y comenzó a despreciar los cultos comunitarios paleolíticos como algo primitivo y del pasado.


Chamanes siberianos

      Por otro lado, los hombres que habían quedado aislados en el interior del continente europeo continuaron con sus creencias primitivas y sus ritos mágicos, los cuales impregnan durante largo tiempo la mente de estos pueblos. Estos hombres creían en la magia, mediante la cual pretendían conseguir poderes extraordinarios con la voluntad de dominar o controlar la naturaleza, a través del principio de simpatía o repulsión de unos objetos respecto a otros. El origen de la magia se remonta, según J. Frazer, a la supervivencia de los antiguos rituales paganos y, según M. Murray, se centraba esencialmente en el culto a la fertilidad. Al principio no se diferenciaba entre magia, ciencia y religión. A  partir del siglo XIII la magia se fue alejando de la religión y la ciencia con la progresiva divergencia entre la cultura sabia y la cultura popular.




       El historiador observa que en los ritos de las brujas existe una absoluta identidad en la configuración mental de los diferentes practicantes de épocas distintas, una especie de base común para las “creencias” brujeriles, la cual se ha fijado en la psique de los europeos de épocas y sociedad diferentes. Estas creencias no surgen solamente de la transmisión cultural, sino de las sensaciones y emociones que han sufrido los hombres al contemplar la inmensa bóveda celeste de las estepas, el cielo azul, el sol, la luna, la noche… Al principio, la humanidad se sentía fascinada por los ciclos lunares, convirtiendo a la Luna en la representación material de la Diosa Madre, la que adoraban los pueblos agricultores. 


Josephine Wall (1947) “Moon Goddess”.  Sus pinturas se inspiran en Arthur Rackham , pero también vemos influencias surrealistas de artistas como Magritte y Dalí.

      Sin embargo, los pueblos nómadas de las estepas, ganaderos y guerreros, se sentían más fascinados por la contemplación de la bóveda celeste, llena de estrellas luminosas. El pobre cazador de las estepas comparaba su inmensidad con su insignificancia, e inmediatamente le venía a la cabeza que allí residía un ser superior, un dios de los truenos y relámpagos, un ser masculino al que llamaban “nuestro Padre”. Los pueblos de los desiertos y las estepas se regían por sistemas patriarcales, al contrario que los adoradores de la Diosa Madre. Para los nómadas, el siguiente ser en importancia era el Sol, dios creador de vida, y en una posición inferior estaban la Tierra, la Luna y la Noche, es decir, los representantes de los principios femeninos.  


      En las sociedades primitivas, la agricultura y la recolección  era un trabajo que realizaban las mujeres. Los hombres salían a cazar y las mujeres recolectaban plantas, raíces e insectos, aprendiendo a lo largo del tiempo que plantas eran buenas para comer y cuales producían trastornos al comerlas.  De la observación de los fenómenos naturales, del clima, las estaciones y del crecimiento de las plantas, las mujeres aprendieron a cultivar los alimentos, a la vez que engendraban hijos y se erigían en las encargadas de ayudar a parir a los animales. Esta sabiduría le dio una preeminencia social a la mujer,  y la sociedad fue gobernada por un matriarcado, lo que despertó un recelo inconsciente en el hombre al ver aumentar la autosubsistencia de la mujer. A Julio Caro Baroja esta afirmación le parece una generalización excesiva y no digiere lo de la pervivencia de un culto prehistórico, ni la existencia de dioses cornudos, tesis que defendía Margaret Murray y Pennethorne Hughes, para quienes la mujer gozó de gran libertad sexual durante la celebración de estos cultos de fertilidad.  


a. Pervivencias de la magia primitiva

      El primer significado que daban los europeos a la brujería era el de una práctica de la magia nociva, negra o maligna. Creían en la magia simpática y estaban convencidos de que se podía asesinar una persona clavando agujas en un muñeco realizado a imitación de la  víctima, estaban convencidos de que había personas que provocaban granizadas sobre las cosechas, la impotencia de un recién casado...

     Así pues, la brujería tendría algo que ver con las primitivas creencias mágicas y en la afirmación en los maleficia (maleficios). Además, aquí podemos encontrar el mayor parecido entre la brujería europea y la práctica actual de la brujería en sociedades primitivas no europeas o en culturas modernas como el vudú.


      La primera característica de los maleficia consiste en ser actos mágicos, más que religiosos. La segunda es que son actos nocivos, más que benéficos. En la práctica de la religión los hombres se limitan a suplicar a los espíritus o deidades de quienes esperan o confían que provoquen los resultados deseados. Si la petición fracasa es porque dios no se ha dignado a satisfacer su demanda. Otra de las características de la religión es que se trata de una actividad comunitaria y organizada, al contrario que la magia. La religión se sirve de las artes de la persuasión, tratando a los seres superiores con un sentimiento referencial. Muchas religiones han evolucionado progresivamente a partir de la magia, mientras que otras han degenerado en magia. Los efectos de la actividad religiosa son muy a menudo beneficios empíricos y profanos, exactamente iguales a los de la magia, lo  que provoca la confusión entre religión y magia. En la magia, los dioses no intervendrían y los objetivos serían inmediatos, profanos y empíricos, mientras que la religión tendría un carácter organizado, público, suplicatorio y teológico: sus objetivos no serían empíricos ni mundanos, buscando  la inmortalidad, en el más allá. También existiría una magia que tendría carácter público, como la practicada en Roma y supondría la intervención de dioses y otros espíritus; pero también existen diferentes formas de religión que presentarían características mágicas, con actividades  en las que el ser humano domina o manipula fuerzas misteriosas y sobrenaturales. Las actividades en las que se suplica y se deja el poder en manos del espíritu o la divinidad serían fundamentalmente religiosas.

       La segunda característica esencial de los maleficia es que por definición son nocivos. Existe una magia blanca cuyo propósito es generar algún beneficio para uno mismo o para otro. Se trata de una magia productiva que quiere estimular el crecimiento de las cosechas o ayudar a las mujeres a engendrar hijos. También es curativa, pues pretende sanar las dolencias de las personas. Los actos de magia amorosa caen a menudo dentro de la llamada magia gris, pues las ganancias amorosas de uno pueden muy bien significar pérdidas para otros.

     También existen los llamados hechizos, como la destrucción de la imagen de una persona para ocasionarle una enfermedad o la muerte, la pronunciación de maleficios y la utilización de brebajes. La hechicería se puede distinguir del maleficium por dos principales razones. La primera es que el hechizo puede ser tanto benéfico como nocivo. La segunda consiste en que algunos actos maleficios no suponen la utilización de ninguna técnica, sustancia o parafernalias particulares para producir sus efectos, como el aojamiento o “mal de ojo”, que supone una actitud interna del brujo o la bruja, destinada a desear la muerte de una persona. Estos actos son esencialmente maleficia,  y no constituyen actos de hechicería. 


Imagen: Ulrich Molitor. De lamiis et phitonicis mulieribus. [Cologne, Cornelis de Zierikzee, ca1500]; quarto. Grabado en el que dos brujas paradas alrededor de un caldero producen una tormenta.

      También existe la alta magia, que es un acto complejo y teórico que requiere cierto grado de educación. Tenemos como ejemplo la alquimia, que pretende la transmutación de metales base en metales preciosos. La adivinación, que utiliza diversos conocimientos secretos, como la astrología que estudia la posición de las estrellas y la necromancia que se sirve de los espíritus de los muertos, son los métodos de adivinación más conocidos, sin olvidar la escapulomancia (adivinación por el examen de los omóplatos de los animales), la dactilomancia, mediante anillos y la oneiroscopia  o interpretación de los sueños.

       La magia baja se difunde por transmisión oral. Adopta la forma de encantamiento y ensalmos sencillos. Casi todos los maleficia atribuidos a las brujas en la Edad Moderna entran dentro de esta categoría. La mayoría de brujos y brujas procedía de los estratos bajos de la sociedad. La mayor parte de la alta magia es magia blanca, mientras que la magia baja utilizaba los hechizos y maleficios con la pretensión de ocasionar daños a los demás.

       El desarrollo de la creencia en las brujas en la Europa medieval resultó notablemente influido por un tipo particular de magia erudita o semierudita: el arte ceremonial de evocar a los demonios. La práctica del maleficium como un poder obtenido por el pacto de una bruja con el demonio fue creación de los demonólogos, conocedores de esta magia erudita. Así en la definición de brujería intervendría el maleficium y el pacto con el diablo. La brujería era demonismo, adoración del diablo. La bruja adquiría sus poderes con un pacto con el diablo. La supuesta vinculación entre magia y demonismo data desde el siglo IV, fecha en la que se creía que los magos, al igual que otros herejes, rendían culto al diablo como dios suyo, en concurridas asambleas nocturnas a las que solían acudir volando. En estos aquelarres o sabbats, rendían homenaje al diablo, practicaban la glotonería, realizaban bailes impúdicos, practicaban infanticidios y canibalismo infantil... es decir, todos los actos que representaban una inversión de las normas morales de la sociedad.

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