lunes, 26 de noviembre de 2012

La Diosa y los mitos griegos

El mito homérico.

      Está reflejado en la Iliada y comienza con Océano, el curso del agua que circunda el mundo (como hacía Orión con el huevo) y nombró a Tetis como “madre de sus hijos” que, como Eurínome, reina sobre el mar. Esta pareja original es similar a la babilónica, formada por Apsu y Tiamat. Homero consideraba que todos los dioses y seres vivientes surgieron del Océano que circunda el mundo y que Tetis fue la gran madre universal.


Océano y Tetis. Mosaico deI siglo I-II a.C. Gaziantep Museum, Gaziantep, Turquia

4. El mito órfico

      La teogonía órfica no es conocida por unos pocos fragmentos que se conservan en citas de filósofos neoplatónicos y fragmentos de papiro recientemente desenterrados. Uno de estos fragmentos, El papiro de Derveni, demuestra actualmente que al menos en el siglo V a.C. existía un poema teogónico-cosmogónico de Orfeo. 



El papiro de Derveni

      Propone como arquetipos de lo masculino y femenino al Viento y a la diosa de la noche de alas negras (diosa por la que incluso Zeus sentía un temor reverente), la cual fue seducida por el Viento y puso un huevo de plata en el útero de la Oscuridad, de donde salió Eros (el amor) a quien algunos llaman Fanes (el sol) el de alas doradas, que puso en movimiento al universo. Eros tenía cuatro cabezas (las cuatro estaciones), alas doradas y doble sexo. A veces rugía como un león, mugía como un toro, balaba como un carnero o silbaba como una serpiente. Eros vivía en una caverna con la diosa Noche, que también era Orden y Justicia. Fuera de la caverna se sentaba Rea, tocando el tambor y llamando a la humanidad para que escuchase los oráculos de la triple diosa. Aunque Eros (o Fanes) creó la tierra, el cielo, el sol y la lunar, era la triple diosa quien gobernaba el universo hasta que su cetro pasó a Urano.




La barca de Caronte, Sueño, Noche y Érebo, por Luca Giordano. Caronte era el hijo de Nix y Érebo. De 1684-1686
Fresco del Palazzo Medici-Riccardi. Florencia



Diosa celeste de la que emana leche de sus pechos. Detalle de La barca de Caronte, Sueño, Noche y Morfeo, por Luca Giordano



La Diosa de la Noche, detalle de La barca de Caronte, Sueño, Noche y Morfeo, por Luca Giordano



Verge Dels Dolors. Església arxiprestal Mare de Déu de l'Assumpció de Peg


Nut, “La Grande que parió a los dioses”, es la diosa del cielo, creadora del universo y los astros. Nut, diariamente paría al Sol que viajando sobre su cuerpo llegaba hasta su boca, desapareciendo en el interior (o en la Duat), renaciendo al día siguiente.


La Teogonía de Hesíodo

      El relato más ampliamente aceptado del comienzo de las cosas tal como lo recoge la Teogonía de Hesíodo empieza con el Caos, un profundo vacío. Según Hesíodo después emergió Gea (la tierra) de ancho pecho, morada perenne y segura de los seres vivientes, surgida del Tártaro (el Abismo) tenebroso de las profundidades, y Eros (el Amor), el más bello de los dioses. Del Caos nada podía esperarse, hasta que de la acción de Eros, principio vital, salieron Érebo (el inframundo, las tinieblas), cuyos dominios se extendían por debajo de Gea en una vasta zona subterránea, y Nix (la oscuridad o la noche). Érebo y Nix tuvieron amoroso consorcio y originaron al Éter (Espacio) y Hemera (el Día), que personificaron respectivamente la luz celeste y terrestre. Por lo tanto, la fuente es el Caos y no la diosa madre. Sin ayuda masculina Gea comenzó a engendrar sola y así mientras dormía surgió Urano (el Cielo Estrellado), un ser de igual extensión que ella, con el fin de que la cubriese toda y fuera una morada celestial segura y eterna para los dioses,  y entonces la fertilizó. Gea crea la Naturaleza: las montañas, para albergue grato de las Ninfas, que escogieron para ello frondosos bosques y el estéril piélago (Ponto). Después de crear el mar se unió con su hijo Urano y engendraron las demás formas de la naturaleza (Variación de la diosa madre y su hijo-amante).




       La pareja primigenia, el Cielo y la Tierra, es propia de muchas mitologías y se encuentra en lugares tan remotos como Nueva Zelanda, donde aparecen respectivamente como Rangi y Papa, y el relato sigue una línea semejante al de Hesíodo. Urano contempló tiernamente a su madre desde las elevadas cumbres y derramó una lluvia fértil sobre sus hendiduras secretas, naciendo así las hierbas, flores y árboles con los animales y las aves, que formaron como un cortejo para cada planta. La lluvia sobrante hizo que corrieran los ríos y al llenar de agua los lugares huecos se originaron así los lagos y los mares, todos ellos deificados con el nombre de Titanes: Océano, Ceo, Crío, Hiperión, Jápeto, Crono; y Titánides: Temis, Rea, Tetis, Tea, Mnemósine y Febe; de ellos descendieron los demás dioses y hombres.

       Pero como si Urano y Gea quisieran demostrar que su poder estaba por encima de todo, crearon otros hijos de horrible aspecto: los tres Cíclopes primitivos, llamados Arges, Estéropes y Brontes, quienes tenían un solo ojo redondo en medio de la frente y representaban respectivamente el rayo, el relámpago y el trueno y eran inmortales (uno de los descendientes fue astutamente engañado por Ulises, tal como lo cuenta la Odisea), y muchos de éstos ya mortales fueron muertos por Apolo para vengar la violenta desaparición de Asclepio del mundo de los vivos (sus espíritus habitaban las cavernas del volcán Etna en Sicilia). Finalmente, engendraron a los Hecatonquiros o Centimanos, tres hermanos con cincuenta cabezas y cien brazos cada uno que se llamaron Coto, Briareo y Giges.




Fragmento de crátera del siglo VII a.C. Museo de Argos. El cíclope Estéropes y Ulises.





A la izquierda un Hecantonquiro. Apolo y Ártemis atacando Gigantes. Relieve en mármol del Tesoro de Sifnians en Delos, c. 525 a.C.





      Por su parte la Noche por sí sola había engendrado a Tánatos (la muerte), a Hipno (el sueño) y a otras divinidades como las Hespérides, celosas guardianas del atardecer cuando las tinieblas empiezan a ganar la batalla de la luz diurna, fenómeno que se repite cada día; las Moiras (Parcas), defensoras del orden cósmico, representadas como hilanderas que rigen con sus hilos los destinos de la vida; Némesis, la justicia divina, perseguidora de lo desmesurado y protectora del equilibrio.  




Las Hespérides. Pintura griega clásica atribuida al pintor Meidias. 410-420 a.C.



El Triunfo de la Muerte o Los Tres Destinos.Tapiz flamenca, probablemente de Bruselas, ca. 1510-1520). Victoria and Albert Museum, London

       Crono el más joven, de mente retorcida, el más terrible de los hijos de Gea, castró a su padre y se convirtió en el gobernante de los dioses con su hermana y esposa Rea como consorte y los otros Titanes como su corte. Este tema de conflicto padre-hijo se repitió cuando Crono se enfrentó con su hijo, Zeus, que le desafió a una guerra por el trono de los dioses. Al final, con la ayuda de los Cíclopes (a quienes liberó del Tártaro), Zeus y sus hermanos lograron la victoria, condenando a Crono y los Titanes a prisión en el Tártaro.




Cronos mutila a Urano. Según una pintura de Vasari y Gerhardi

      Vimos en Creta cómo era necesario sacrificar al hijo-amante (o su sustituto, el toro, a veces el árbol o “tronco de Atis”) para renovar la fertilidad estacional. Sin embargo, en esta variación del mito de la diosa madre y su hijo-amante, la creación queda detenida hasta que el hijo-amante es castrado: este sacrificio genital inaugura el reinado de Cronos, es decir, el comienzo del tiempo, la puesta en marcha del tiempo.

      Algunos estudiosos lo conocen como el mito de la sucesión, el cual comprende, en sentido estricto, la vida de Urano, Crono y Zeus, los tres sucesivos ocupantes del trono de los dioses. Comienza cuando Gea y Urano dieron a luz tres gigantes violentos, insolentes y feos, con cincuenta cabezas y cien brazos. Su padre los aborreció al verlos y los escondió para que no vieran la luz. Enfadada, Gea urdió un malvado plan: construyó una hoz enorme y exhortó a sus hijos para que matasen a su padre. Crono aceptó el reto. Cuando llegó Urano y se acostó sobre Gea, ansioso de amor, salió Urano de su escondite y logró alcanzarle con la mano izquierda, empuñó con la derecha la prodigiosa hoz, enorme y de afilados diente, y apresuradamente segó los genitales de su padre y luego los arrojó al mar tirándolos a su espalda, gesto quizá entendido por Hesíodo como ritual o mágico, y en cierto modo semejante al lanzamiento antropogónico de piedras por Deucalión y Pirra, a la prohibición de mirar atrás que se impone a Orfeo como condición para la resurrección de Eurídice, y al lanzamiento por Ulises, también a sus espaldas, del velo de Leucotea.

      No en vano escaparon aquéllos de sus manos. Pues cuantas gotas de sangre salpicaron, todas las recogió Gea. Y al completarse un año, dio a luz a las poderosas Erinias, a los altos Gigantes de resplandecientes armas, que sostienen en sus manos largas lanzas, y a las Ninfas que llaman las Melias sobre la tierra ilimitada (Robert Graves en “Mitos griegos”).

Las Erinias

       La castración de Urano resulta fecunda. Las gotas de sangre que manan de la herida caen sobre la Tierra, que las recibe y, andando el tiempo, engendra tres grupos de seres: las Erinias, los Gigantes y las Ninfas Melias. Las Erinias o Furias son diosas, las diosas encargadas de castigar sobre todo a los parricidas (por eso puede ser simbólico su nacimiento de las gotas de sangre del padre mutilado por su hijo); su aspecto es horrible, con cabellera de serpientes y blandiendo en las manos látigos que son también serpientes; son tres (aunque Hesíodo no precisa el número), y sus nombres (que tampoco Hesíodo menciona) son Alecto, Tisífone y Megera. En Esquilo son hijas de la Noche, lo que sugiere alguna equiparación con las Ceres de la Teogonía, que son hijas de la Noche y «que castigan sin compasión».



Orestes perseguido por las Furias de William Adolphe Bouguereau (1862).



El Nynphaeum de Adolphe Bouguereau, 1878


Los Gigantes

      El segundo grupo de seres que brotan de las gotas de sangre de Urano es el de los Gigantes, seres colosales, de poder semejante al de los dioses, pero mortales en todo caso. Casi nada dice de ellos Hesíodo, aparte del indicado origen; pero fuera de Hesíodo hay muchos más datos, concentrados sobre todo en torno a la lucha de los Gigantes contra los dioses llamada Gigantomaquia. Los Gigantes, en efecto, no son dioses, sino una especie en cierto modo intermedia entre dioses y hombres: próximos a los dioses por sus fuerzas, pero mortales como los hombres. Parecidos a los Gigantes son, por otra parte, los Lestrígones (griego Λαιστρυγόνες, Laestrygónes, eran una tribu mitológica de gigantes antropófagos. La tradición sitúa a los lestrigones en Sicilia oriental o en la costa sarda) y los Feacios. Las más antiguas alusiones a la Gigantomaquia que poseemos están en Píndaro y los relatos más detallados en Apolodoro y en las dos Gigantomaquias de Claudiano. En estos relatos y en otras fuentes se menciona un gran número de nombres individuales de Gigantes (Encélado, Alcioneo, Porfirión, Mimante, Efialtes, Éurito, Clitio, Palante, Polibotes, Hipólito, Agrio, Toon, Óbrimo, Reto, Peloro, Énfito, Teodamante, Asco, Oromedonte, Damástor, Paleneo, Equíon, Ctonio, Peloreo, y varios otros). En cuanto a datación, la Gigantomaquia es posterior a la Titanomaquia (con la que a veces indebidamente se confunde, así como los Titanes en general, o algunos de ellos en particular, son a veces llamados Gigantes).



Ilustración de John Flaxman para La Odisea (1810). Antifate, rey de los Lestrigones, masacra a un gran número de compañeros de Ulises.




Los lestrigones,  pintura de la pared de una casa en la colina del Esquilino, Roma, finales del siglo I a.C.




Ulises en la corte de Alcinoo, rey de los Feacios. Por Francesco Hayez (1813–1815)

Las Ninfas Melias

      El último grupo de seres que brotan de la Tierra al caer las gotas de sangre de Urano es el de las Ninfas Melias, que apenas tienen actuación alguna, tanto en Hesíodo como en las pocas menciones posteriores. Por su nombre parecen ser ninfas de los fresnos  o bien de los árboles en general, semejantes a las Dríades. En la mitología griega, las Hamadríades (en griego antiguo Ἁμαδρυάδες Hamadryádes) o Adríades (en griego antiguo Ἀδρυάδες Adryádes) son las ninfas de los árboles. Son parecidas a las Dríades, salvo porque están relacionadas con un único árbol y mueren si éste se corta. Por esta razón, las dríades y los dioses castigaban a los mortales que dañaban a los árboles.




Mosaico de Pan (a la izquierda) y una hamadríade, encontrado en Pompeya

      Si tal conexión arbórea llegara en las Ninfas Melias, como en las Dríades, a una cierta identificación con la naturaleza arbórea, podría verse en la génesis de las Melias una cierta semejanza con el nacimiento de un almendro de los genitales de Atis o de un granado al caer a tierra los órganos genitales y la sangre de Agdistis. No tienen nombres individuales las Ninfas Melias, ni en Hesíodo ni en los otros textos, al menos en cuanto tales componentes del grupo; hay una Oceánide Melia, madre de Foroneo; y una Melia, madre de Folo, de Sileno y de Egialeo, de quien no consta si es la Oceánide, si pertenece al grupo de las Melias de que estamos tratando, o si se trata de otro personaje; todavía más inidentificables con cada una de las dos Melias mencionadas por Calímaco.




La gruta encantada de Boichard. Las Oréades son las ninfas que custodian y protegen las grutas y las montañas.

       Las ninfas representan los espíritus femeninos de la naturaleza, a veces unidos a un lugar u orografía particular. Según la mitología griega solían acompañar a varios dioses y diosas, y eran con frecuencia el objetivo de sátiros lujuriosos. En realidad, representan a la Diosa y sus diversas manifestaciones. El hogar de las ninfas está en las montañas y arboledas, en los manantiales y ríos, en los valles y las frías grutas. Con frecuencia son el séquito de divinidades superiores: de Artemisa la cazadora, de Apolo el profeta, del juerguista y dios de los árboles Dionisio, y también de dioses rústicos como Pan y Hermes, dios de los pastores.




Las Ninfas en el Lago, de Ulpiano Checa

      A modo de resumen, definiremos los diferentes grupos, entre las que encontramos las Nereidas (hijas de Nereo; del mar mediterráneo), las Dríades de los bosques; las Alseides de las flores; las Hamadríades de los árboles; las Náyades del agua dulce; las  Auloníades de los pastizales; las Océanides (hijas de Océano; cualquier agua, normalmente salada); las Oréades (montañas, montes; forman el cortejo de Artemisa); las Hespérides de los jardines; las Limnátides de los lagos; las Trías (ninfas proféticas de la miel) y las Corícides o Coricias (cuevas, son las musas clásicas).


      Las Erinias, los Gigantes y las Ninfas Melias son, pues, los seres que brotan de la Tierra al caer en ella las gotas de sangre de Urano. Pero mucho más importante es otra consecuencia directa de la castración de Urano: sus órganos genitales caen al mar, vagan flotantes durante largo tiempo, y junto a ellos se forma una blanca espuma, brotada de los miembros inmortales, sobre la que a su vez se forma o emerge una joven que será nada menos que la excelsa diosa del amor y de la belleza, Afrodita o Venus, que  pasa junto a Citera, isla al sur del Peloponeso que en tiempos históricos poseyó un famoso santuario de Afrodita, y por último llega a Chipre, donde establece su residencia principal. Hesíodo explica por estas conexiones los otros dos nombres usuales de Afrodita, a saber, Citerea y Cipris. Por haber brotado de la espuma, el de Afrodita (afroj `espuma', pero dejando sin explicar la segunda parte del nombre). En latín no se emplea nunca Afrodita, sustituida, como es común en casi todos los dioses de primera fila, por una traducción o equivalencia con una divinidad itálica, Venus en este caso; son, en cambio, muy usuales en latín las transcripciones indicadas de Citerea y Cipris. Añade Hesíodo, entre otros datos, el de que la acompañaban el Amor y el Deseo, tanto en el momento de su nacimiento como al marchar a unirse a la muchedumbre de los dioses. Esta genealogía hesiódea de Venus, así como la forma de su nacimiento así descrita por Hesíodo, es inconciliable con la genealogía homérica y con un dato que es muy célebre, pero que no está ni en Hesíodo ni en texto alguno anterior a Plauto: el de que Venus nació de una concha, o bien que, una vez nacida en el mar, navegó en una concha.




Sandro Botticelli, Nacimiento de Venus, h. 1484- 1486.
Temple sobre lienzo 172,5 x 278,5 cm.
Galería de los Uffizi, Florencia.

      Esta historia es similar a la del Enuma Elish, donde Apsu, el padre original, antaño hijo y ahora esposo de Tiamat, planea destruir a sus hijos porque le molesta el griterío que hacen. Apsu (Urano) es depuesto por Ea (Cronos). ¿Cómo surgieron estos seres feos y destructivos que molestaban al dios padre? El Enuma Elish, sin dar las razones, dice que el hermano mayor de Ea creó grandes vientos que agitaron a Tiamat y ésta dio a luz una camada monstruosa de serpientes venenosas, la mayor de la cual comienza una guerra contra los dioses, quienes destruyen a Tiamat (su madre original) guiados por Marduk y la creación, por así decirlo, vuelve a empezar, un mundo creado que se había ido corrompiendo y emponzoñando con el tiempo.

      Tampoco el mito griego nos da ninguna razón que explique la creación de estos monstruos, pero en ambos mitos su llegada significa el fin del antiguo orden. La diferencia en el mito griego es que la diosa madre tierra no es destruida, seguramente por influencia minoica.

      En la versión del mito de la creación de Hesíodo es Gea, la diosa madre, quien ayuda a Rea, la madre de Zeus, para engañar y detener al enloquecido Cronos que está devorando a sus hijos. Fue también ella quien dio a Zeus el trueno y el relámpago que habitaban en el interior de la tierra. La Diosa madre (la Tierra) nunca fue olvidada como fuente de todas las cosas, y los griegos siguieron honrando a Gea como presencia viva y sagrada, cuyas leyes regían toda la creación.

      Por consiguiente, para los griegos el orden de la naturaleza (la ley de Gea) era un orden moral que no debía ser perturbado por el comportamiento inmoral de los seres humanos. En los “Trabajos y los días” de Hesíodo el pueblo justo es recompensado con abundantes sustentos. En “Edipo rey” de Sófocles la tierra de Tebas comienza a morir por el pecado antinatura cometido por Edipo asesinando a su padre y el incesto involuntario con su madre. Todo se vuelve infecundo y surge la polución, la impureza, como consecuencia de haberse cometido un crimen humano contra el orden divino (la ley de la Tierra), Así cuando Edipo descubre que es el asesino de su padre y abandona la ciudad, la tierra comienza a vivir de nuevo.

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