viernes, 16 de noviembre de 2012

La Diosa en la Edad del Bronce

1. La Diosa Madre y su hijo-amante.

     La Edad del Bronce sucede al Calcolítico (cobre) y abarca el periodo comprendido entre el 3500 a.C. hasta el 1250 a.C. La aleación del cobre y estaño hizo que las herramientas fuesen más flexibles y duraderas, igual que las armas, abundantes en una época en la que fueron frecuentes las guerras. Fue una verdadera revolución tecnológica. No hay acuerdo entre los autores cual fue el primer centro metalúrgico. La mayoría sostiene que fue en el sur del Cáucaso, en una zona comprendida entre el este de Armenia y el lago Van, en una región denominada Cólquida, donde se comenzó el trabajo con el cobre. Otros piensan que fue en Sumeria donde comenzó a usarse el bronce a finales del IV milenio a.C. Esta región es considerada frecuentemente como la cuna de la civilización, ya que en ella se produjo la intensificación agrícola, se desarrolló el primer sistema de escritura, se inventó el torno cerámico, se establecieron los fundamentos de la astronomía y las matemáticas, se crearon gobiernos centralizados y códigos legislativos, apareció la estratificación social, el esclavismo y la guerra organizada. Todo lo cual llevó a la formación de las primeras ciudades estado conocidas, que después desembocarían en los primeros imperios. Para terminar, hay quien sitúa su origen en la isla de Chipre.


Mapa de la difusión metalúrgica durante el Bronce Antiguo. Fuente Wikipedia

     Podemos distinguir tres períodos en la Edad de Bronce:

     Bronce antiguo (3500-1200 a. C), coincide con el período Minoico medio en Grecia, con construcción de palacios e inhumación colectiva de cadáveres. En una sociedad primitiva dedicada a la caza, a la pesca y actividades agrícola-ganaderas, la isla de Chipre comenzó a través del mar Egeo, la comercialización de metales. El estudio del bronce antiguo en el Egeo se ha subdividido tradicionalmente en tres zonas bien diferenciadas pero interrelacionadas entre sí: Islas cicladas (Cicládico), Grecia continental (Heládico) y Creta (Minoico). Hacia el 2500 a.C. una serie de incendios devastan estos centros culturales, sobreviviendo sólo la civilización minoica, hundía sus raíces en el Neolítico preindoeuropeo. En la entrada anterior de este blog vimos como Creta mantuvo una economía mixta, agraria y comercial, basada en los cereales, la arboricultura (olivo y vid) y una ganadería de ovicaprinos. Sus divinidades eran mayoritariamente femeninas y no se encontraron estructuras defensivas en sus asentamientos; ambos datos nos indican que se trataba de una sociedad poco beligerante e igualitaria en cuestiones de género.

      En el Próximo Oriente aparece el Imperio Hitita, con capital en el norte de la península de Anatolia, en Hattusas. En el norte de la actual Siria continúa con su esplendor la ciudad portuaria de Ugarit, que mantuvo estrechos lazos comerciales no sólo con Egipto, sino también con Siria, Anatolia y Chipre.

      El bronce en África está representado en el Antiguo, hacia el 3150 a.C., aunque nunca llegó a sustituir del todo a la piedra como elemento básico para la fabricación de artefactos (debido a la escasez de materia prima). Poco tiempo después, sobre el 3100 a.C., se produjo la unificación del Alto y el Bajo Egipto, dando comienzo la Época Tinita que comprende la I y II dinastías. La capital se trasladó de Nejen (Alto Egipto) a una nueva ciudad, Menfis, edificada en los límites entre el Norte y el Sur.

      El Magreb recibió algunas influencias de los grupos culturales del Bronce europeo, sobre todo del vaso campaniforme, pero no desarrolló una metalurgia propia hasta el 1100 a.C. con la colonización fenicia. En el África subsahariana se desarrolló la metalurgia del hierro en la cuenca del río Níger (sin pasar por las del cobre y bronce).



Recreación del asentamiento de Los Millares. Pintura situada en el centro de recepción de visitantes de los Millares. Autor  Jose Mª Yuste, de la fotografía y Miguel Salvatierra Cuenca, autor de la ilustración

      En el sudeste europeo, se desarrolló la cultura de Aunjetitz y Otomani en la zona delimitada por los ríos Rhin y Dnieper. Pueblo guerrero, fueron hábiles en la explotación del cobre que usaron para comerciar con Grecia y las Islas británicas. En Europa central se destacó la cultura de Adlerberg, en Alemania, que debe su nombre a una necrópolis, ubicada al sur de Worms. Allí se usaron pequeños puñales. En el norte de Europa, se destacaron en este período por ejemplo, Escandinavia y Dinamarca. En Europa occidental, en la parte atlántica tenemos la cultura  Wessex y la de los Túmulos armoricanos. En el sur debemos mencionar la cultura de Los Millares (3100-2200 a.C.) y la cultura del Argar, en España, donde se sustituyeron las necrópolis por enterramientos individuales, donde la presencia de oro y plata destacaba la posición social del muerto. A lo alto de los yacimientos se ubicaban las Acrópolis (lugar hegemónico ubicado en las alturas). Fueron importantes sus puñales y espadas. El tránsito entre el Calcolítico y el Bronce se manifiesta a través de unos signos de crisis que se producen durante la segunda mitad del III milenio a.C. y que son, entre otros el abandono de asentamientos (con finales violentos en algunos casos) y construcción de otros nuevos. Los Millares entraron en clara decadencia, recluyéndose su ya pequeña población en la parte más alta de la fortificación. Sustitución de los enterramientos colectivos por otros individuales, que pasaron a situarse en el interior de los poblados, y aumento de la riqueza y de la diferenciación social.




Mapa del Bronce medio ibérico (c. 1500 aC) mostrando las culturas más significativas, los dos asentamientos principales y la ubicación de las minas de estaño. Fuente Wikipedia

      La etapa del bronce medio (1200-1000 a. C) se caracterizó por la destrucción de los palacios griegos, y comenzar el nacimiento del arte de la navegación, con fines comerciales. Aparecieron monumentales edificios.

     En el sureste de Europa, se destacó la cultura Hallstat, cuyo nombre deriva de una necrópolis austríaca. Tenían una nobleza guerrera, y heredaron la costumbre de los campos de urnas, de la incineración de cadáveres, y su colocación en urnas. En el sur de Alemania, se destacó la cultura de los túmulos, montículos de tierra, con centenares de monumentos funerarios individuales, agrupados, donde estaba contenido el cuerpo o las cenizas del difunto. Aparecieron los adornos en metal y se produjo el bronce en serie. En el Mediterráneo central, en la Península Itálica, la Cultura de las Terramaras y la Apenínica, en el centro, con contactos en el Egeo. La primera se desarrolló en el norte de la actual Italia entre 1500-1100 a.C. Su denominación proviene del hecho de que construían sus cabañas sobre pilotes levantados en la tierra firme. Fueron pastores y agricultores con una pequeña metalurgia local. La cerámica es de color negro, decorada. Sus muertos eran enterrados en recintos comunales.

       En el período del bronce reciente (1000-900 a. C) ocurrió la transición hacia la aparición del hierro, iniciándose en Grecia el período micénico, con gran transformación cultural, donde los metales preciosos aparecieron en las tumbas como símbolo de poder. El crecimiento metalúrgico del oeste europeo originó hacia allí, desplazamientos migratorios. Así surgió una clase poderosa, dedicada a la explotación y comercio de yacimientos metalíferos, que suponía contar con embarcaciones adecuadas y acondicionadas para largas travesías. Fue también el origen del urbanismo. En la nueva sociedad aparecieron los oficios de herrero y orfebre con un papel importante. El Bronce final se producen los primeros contactos directos entre sociedades plenamente históricas y comunidades prehistóricas del mediterráneo occidental y el cambio en el comportamiento funerario con la incineración de los cadáveres y su deposición en enormes necrópolis conocidas como campos de urnas. Este hábito se extendió desde Centroeuropa hacia el resto del continente y fue más allá del periodo que nos ocupa, continuando durante la I Edad del Hierro (Hallstatt C).




Recreación artística de un poblado durante la Edad de Bronce


      Pero el descubrimiento fundamental de esta etapa fue la escritura. Enormes columnas de piedra y las paredes de los templos se grababan con jeroglíficos que narraban las historias transmitidas oralmente de generación en generación. Los signos tallados en el caparazón de una tortuga con 8.600 años de antigüedad encontrados en China podrían ser los ejemplos más antiguos de escritura aparecidos hasta el momento. Los símbolos datan del período Neolítico y aparecieron en sepulturas encontradas en la provincia china de Henan. La investigación fue llevada a cabo por  Garman Harbottle del Laboratorio Nacional de Brookhaven en Nueva York y un equipo de arqueólogos de la Universidad de Ciencia y Tecnología de China en la provincia de Anhui.




Los signos tallados en el caparazón de una tortuga con 8.600 años de antigüedad encontrados en China podrían ser los ejemplos más antiguos de escritura aparecidos hasta el momento


         Por otra parte, hace poco se están investigando los restos de una civilización desconocida hasta ahora, que vivió en zonas de la actual república de Turkmenistán, Asia Central, y que utilizó hace 4.000 años un sistema de escritura parecido a los ideogramas chinos. El hallazgo sugiere que Asia Central tenía una civilización comparable a la de Mesopotamia y el antiguo Irak, incluso durante la Edad de Bronce, según el arqueólogo de la Universidad de Pennsylvania, Fredrik Hiebert. Se cree que esta antigua sociedad turkmena pastoreaba cabras, tenía cultivos y fabricaba herramientas de bronce y cerámica, unos tres siglos antes de que se construyeran las pirámides de Egipto.  Como se desconoce el nombre original de esta civilización, los investigadores la han bautizado como el Complejo Arqueológico Bactria Margiana (B-Mac), en honor a los antiguos nombres griegos de las dos regiones que abarca la zona. En 1993, en un asentamiento neolítico a orillas del lago que ocupa una isla artificial, cerca de la villa moderna de Dispilio, en el lago de Kastoria, el profesor George Hourmouziadis y su equipo desenterraron la Tablilla Dispilio, una tablilla de madera que lleva marcas inscritas y que ha sido datada por carbono 14 en el 5260 a.C. Los gráficos de la tablilla ponen en cuestión la afirmación de que la epigrafía de la antigua Grecia vino con los contactos comerciales con Oriente Medio, pues tal vez, tuvo un origen propio. 




Tablilla Dispilio, una tablilla de madera que lleva marcas inscritas y que ha sido datada por carbono 14 en el 5260 a.C.



Tablilla de Ur, c. 2100 a.C. Escritura egipcia escrita en columnas


      Nuestro objetivo no es hablar sobre el origen de la escritura. Nos interesamos por las  tablillas y papiros porque hablan de dioses y diosas que toman su ser de una Diosa primordial, origen de todas las cosas. Es la gran Diosa madre del Paleolítico. Ahora podemos escuchar los himnos que se le cantaban y seguir la historia de una Diosa que, siendo una, se convierte en muchas: hermana, hermano, hija, hijo. Es soltera pero se casa, es virgen y madre y, a veces, su hijo se convierte en su consorte. Es la Diosa que otorga y quita la vida. Tiene la Diosa muchos nombres.

      En el próximo oriente una historia se repite y permanece invariable: la de una Diosa que es separada del ser a quien ama, que muere o parece morir, al caer en una oscuridad designada como el “inframundo”. Cuando esto ocurre, la naturaleza entra en una etapa de pérdida de luz y de fertilidad. La Diosa desciende para vencer a la oscuridad y para que el ser a quien ama pueda regresar a la luz y la vida pueda proseguir su curso.




2. Los nombres de la Diosa.

      En las entradas anteriores de este blog hemos tenido la oportunidad de escuchar algunos de estos nombres. En Sumeria el nombre de la Diosa era Inanna, la cual bajó al inframundo para encontrarse con su hermana Ereshkigal (la reina del inframundo), pero al regresar al mundo superior, en su lugar tuvo que dejar a Dumuzi –su consorte y “señor del abismo”- para que la sustituyera.



Dumuzi en el inframundo. La diosa Innana montada en un león,

      En Babilonia se llamará Istar, la que anualmente baja al inframundo para despertar a su hijo-amante Tamuz y conducirlo a la luz.

      En Egipto se conoce con el nombre de Isis, casada con su hermano Osiris, muerto por su hermano Seth. Al morir el dios Osiris la tierra quedó baldía hasta que Isis lo encontró en el inframundo y pudo reunir sus pedazos para resucitarlo.
  




Isis amamantando a Osiris. Isis y Osiris según un bronce greco-romano., obtenido de Robert Temple’s “The Sirius Mystery”, 1997, Fig. 31

      En Canaán tenemos al dios Baal que baja al inframundo para enfrentarse con la muerte: su hermano Mot. Este le vence en la batalla y lo mata; su hermana Anath baja para darle sepultura y, además, la diosa vence a Mot, lo descuartiza y lo esparce como grano por los campos.





Anath, Imagen del British Museum . La diosa Anath montada en un león.

      En Grecia se llama Deméter, la cual pierde a su hija Perséfone que es retenida en el inframundo por Hades, el cual quiere casarse con ella. El luto de Deméter deja a la tierra sin aliento y cuando regresa su hija, en primavera, la tierra se hace de nuevo fructífera.




Deméter y Perséfone

      Más adelante, durante la Edad del Hierro, los mitos contarán una historia similar entre la diosa Cibeles y Atis (Anatolia), entre Afrodita y Adonis, en Grecia. La diosa Cibeles ama con locura a un pastor llamado Atis (hijo de un rey), quien ama a una ninfa, la cual es  llevada a la locura por la celosa diosa. Entones Atis se castra con una piedra y la diosa, mientras le llora, borrota de su cuerpo un pino y crecen flores de su sangre. Por su parte, la diosa Afrodita pierde a su amante Adonis (el señor de la vegetación) corneado hasta la muerte por un jabalí. En este mito no es la propia diosa quien lo rescata, sino que tiene que pedirle a Zeus que le permita vivir cada año de primavera a otoño, la estación fértil de la tierra.

      La virgen Maria pierde a su hijo Jesús que desciende al infierno durante tres días, el número de días de oscuridad en los que no hay luna. También es rescatado por su padre y su regreso coincide con la fecha de la regeneración de la tierra: la Pascua se celebra el domingo que sigue a la primera luna llena tras el equinoccio de primavera.

3. Zoé y bios.

      La estructura de estas historias debió inspirarse en las fases lunares, en la observación del ritmo eterno y constante de la plenitud a la oscuridad. En el Paleolítico la luna proporcionó a los pueblos el  tiempo: la secuencia, la duración y la recurrencia. En el Neolítico los ciclos de la luna se experimentaban en el ciclo de las cosechas. Las fases de luz se correspondían con los meses de fertilidad, y la oscuridad se asociaba con los meses estériles. Ahora, en la Edad del Bronce, a las fases de la luna se les da forma de una historia dramática.

      La luna era la imagen del cielo, siempre cambiante, pero siempre la misma, porque formaba parte de un ciclo que, aunque fuera invisible, era un círculo perdurable e inmutable. Las fases de la luna, que eran formas visibles por los hombres, parecían surgir de un ciclo invisible, pero real. Simbólicamente era como si lo visible “proviniese de” y “retornase a” lo invisible, como el nacer y el morir para renacer de nuevo.

      “El gran mito de la Edad del Bronce se estructura sobre la base de la distinción entre el ‘todo’, personificado como la gran diosa madre, y la ‘parte’, personificada como su hijo-amante o su hija” (Pág. 178 “El mito de la diosa”).  La Diosa da a luz a su hijo como luna creciente, se casa con él como luna llena, lo pierde en la oscuridad (luna menguante) y va a buscarlo y lo rescata regresando de nuevo (luna creciente). La Diosa es el ciclo entero y eterno, es la unidad de vida-muerte como parte de un único proceso. La distinción esencial entre la “parte” y el “todo” la realizará más adelante el hombre griego mediante dos palabras diferentes que designan la vida: zoé y bíos, que encarnan las dos dimensiones que coexisten en la vida.



La diosa azteca del sexo, Tlazotéotl (en nahuatl ‘devoradora de la mugre’) era simbolizada en la postura habitual azteca de mujer pariendo.

       Zoé representa la vida eterna e infinita, mientras que bíos es la vida individual y finita. Zoé es “ser” infinito y espiritual; bíos es su manifestación física que vive y muere en este mundo eterno en el tiempo. Zoé es la totalidad del ciclo de las fases lunares, mientras que bíos son las fases individuales. De esta manera bíos está contenido en zoé, como la parte lo está en el todo. La Diosa-madre y su hijo o hijo-amante configuran las dos caras de la vida: la eterna y la transitoria, la no manifiesta y la manifiesta, la invisible y la visible.

     Las etapas o ciclos agrícolas, sobre todo los momentos de transición de uno al otro, los conmemoraban los pueblos de agricultores con fiesta de duelo y regocijo. Una de las principales ceremonias consistía en representar el “matrimonio sagrado”, en el que la Diosa madre –como novia- se unía a su hijo –como amante-, lo cual simbolizaba la conexión entre los dos mundos de zoé y bíos, unión que producía la regeneración de la tierra.

4. La cultura de la Diosa en el Calcolítico temprano.

      El mito de la Diosa se extendió desde la Vieja Europa hasta el valle del Indo, donde antes del 2500 a.C. florecieron dos grandes centros culturales: Mohenjo-Daro, en el sur, y Harappa en el norte. Durante el IV y III milenio a.C. mantuvieron relaciones comerciales con las ciudades sumerias, interrumpiéndose durante el periodo de las invasiones arias.



Diosa de Mehrgarh (valle del Indo) c. 3000 a.C. Diosa de Pakistan, Mohenjodaro, c. 2600 - 1900 a.C.




La diosa Istar sosteniendo un jarrón con las aguas de la vida (c. 18800 a.C. Palacio de Mari, Mesopotamia). Seti I recibiendo el collar sagrado de la diosa Hathor (bajorrelieve, XIX dinastía, c. 1300 a.C.)

      Campbell se fijó en la universalidad de las imágenes míticas, las cuales fueron evolucionando de la Europa Occidental hasta Asia. Encontró las mismas imágenes simbólicas en el Egeo y en la India: la Diosa como vaca y leona; el árbol de la vida; el dios –consorte de la diosa- representado por el toro y cuyo destino está ligado a las fases crecientes y menguantes de la luna. Existía una mitología central cuya matriz se encontraba en el Próximo Oriente antigua y que fue exportada en ambas direcciones  -este y oeste- a través de la tierra y el mar, en el curso de actividades comerciales. (Joseph Campbell en “Occidental Mythology”).

      En el IV milenio a.C. aún se experimentaba la naturaleza como numinosa, como un misterio arrollador.  No es que lo divino estuviera en todas partes, es que lo divino lo era todo: las rayas del sol, la subida y bajada de las aguas de los ríos, el brillo de las estrellas, el árbol con frutas… La energía numinosa de todos esos poderes era “nombrada” por los antiguos a través de dioses y diosas que se manifestaban en esas diferentes formas de vida.

      Paralelamente el descubrimiento de la escritura, las matemáticas y la astronomía, proporcionó a la mente humana una nueva dimensión de sí misma. La humanidad parecía estar al borde de una nueva era, sin embargo, durante los siguientes 2000 años Sumer sufrió un cataclismo. ¿Qué ocurrió? En la Edad del Bronce temprana las gentes vivían en pequeños poblados cultivando el campo y apacentando animales. El centro de su vida cultural y religiosa giraba alrededor del templo, donde se celebraban ritos para renovar la fertilidad de la tierra y, además, constituía el lugar más seguro para el almacenamiento de los productos agrícolas. Fueron los primeros ejemplos de arquitectura monumental y la prueba de la existencia de ciudades-estado gobernadas por reyes, de acuerdo con una noción de orden cósmico y ley derivada de la observación de los cielos. Quienes fueron estos observadores: los sacerdotes que vivían en el interior de los templos, como administradores del grano de las cosechas, adquirieron gran poder; además, las necesidades propias de la administración y el cálculo de las cosechas administradas les llevó a la invención de la escritura, las matemáticas y la observación astronómica.  Este concepto de un orden político y social basado en el firmamento alcanzó a Egipto alrededor del 2850 a.C., con la fundación de la I dinastía; a Creta, por un lado, y a la India, por el otro, aproximadamente hacia el 2500 a.C. (Joseph Campbell, “The Mythic Image”).    




Fórmulas de avituallamiento en un monumento funerario egipcio

5. La separación de la naturaleza.

      Durante la Edad del Bronce el hombre pasó de vivir en aldeas a vivir en pueblos, después en ciudades, y de éstas se mudó a la ciudad estado y, finalmente, al imperio. Esto fue posible por la acumulación de excedentes alimenticios, como consecuencia de la mejora de los métodos de cultivo. Surgieron nuevos trabajos y divisiones sociales: granjeros, artesanos, sacerdotes, guerreros… En el III milenio a.C. la invasión de pueblos foráneos fue constante. Las amenazas de ataque a las poblaciones agrarias eran continuas lo que determinó el abandono del campo y el refugio en las ciudades. Aparece la figura del Rey, responsable de la defensa de su tierra. La Diosa madre pierde importancia, a favor de los dioses padre, como analizó Erich Neumann en “The Origins and History of Consciousness”. El principio masculino adquiere cada vez más importancia.

      El mito de la separación entre el Cielo y la Tierra aparece en Sumeria y Egipto. Con la división adquiere importancia un Dios que separa a sus padres –el Cielo y la Tierra- e inicia el proceso de la Creación. Primero en Sumeria se cuenta la historia de Nammu, la diosa de las aguas primordiales, que parió a An-Ki (cielo-tierra) la “montaña cósmica”. An y Ki trajeron al mundo a Enlil (dios del aire o del aliento), que separó el cielo de la tierra y se llevó a su madre (Ki) para desposarla.  Enlil ocupa el lugar de la Diosa como creador y su morada es ahora el templo que antes fue el cuerpo de la Diosa, es decir, la “montaña primordial”. La creación no nace de la Madre, ahora es obra de la “palabra” (aliento) divina que otorga a todas las cosas su ser al nombrarlas. 



Dos representacions de Nammu, las aguas primordiales





An-Ki, la “montaña còsmica”, el templo sagrado

      En Egipto el universo surge de las “aguas primordiales o Nun (imaginado como padre) de la misma manera que la tierra era masculina y el cielo femenino. El dios Atum se alzó de las aguas como “montaña primordial” y creó al varón Shu y a la hembra Tefnut, bien mediante la masturbación o bien dándoles la vida al escupirlos. Shu era aire y Tefnut la humedad (más adelante “vida” y “orden”).  Se unieron en matrimonio y sus hijos fueron Nut (el cielo, femenino) y Gen (la tierra, masculina). Shu separa la tierra del cielo y, como aire, mantiene al cielo alejado de la tierra. Dicen Anne Baring y Jules Cashford en la página 185 de “El mito de la diosa” que “la separación del cielo y tierra es una imagen del nacimiento de la consciencia, en la que la humanidad es apartada de la naturaleza”. El hombre que “percibe” y “valora” se separa de lo percibido y evaluado.




El dios egipcio Shu (aire) separando a Nut (cielo) y a Geb (tierra), pintura egipcia detalle del papiro Greenfield c. 1000 a.C.


      Los mitos de creación que muestran la división de la unidad primera en dos partes, plasman la capacidad humana para actuar de manera reflexiva, el nacimiento de la consciencia, y su separación de la vida instintiva de la naturaleza. La naturaleza (la Diosa) pasa a ser “inferior” y Dios (espíritu) “superior”. El hombre deja de actuar colectivamente (grupo tribal) y aparece el individuo. Por primera vez averiguamos los nombres de hombres y mujeres individuales, lo que dicen y lo que hacen.      

      Con la aparición del individuo aparece el héroe, un individuo poderoso y casi perfecto. Los restos de muy diversos tipos de actividad dan lugar al mito del ‘héroe’, la persona de mayor sabiduría, poder o fortaleza que sería capaz de soportar una enorme cantidad de esfuerzo, ofreciendo un modelo para que el resto de la tribu lo emule… La acción heroica del individuo dotado era necesaria en todas las esferas de la vida, y el individuo heroico se convierte en el guía de la humanidad en general, como afirma Neumann (“The Origins and History of Consciousness”), definiendo la tarea que finalmente habrá de cumplir todo individuo. La aparición del héroe, probablemente se remonte a tiempos prehistóricos, siendo el protagonista de las alucinantes narraciones  de los chamanes. Es el propio chaman que vence al monstruo en sus viajes extáticos al más allá. Todos los ‘héroes’ han estado en el “más allá” y sufren deformaciones físicas, como veremos en la Historia Nocturna de Carlo Ginzburg.  




      Los Campos de Ialu, también llamados Campos de Osiris o Campos de Cañas, son los fértiles campos del Mundo del Más Allá, ideados a imagen de la tierra egipcia. En ellos crecía una exuberante vegetación y discurría un río de aguas inagotables. Estos campos eran el dominio de Osiris. Ante la posibilidad de que dios ordenara al difunto que trabajara para su mantenimiento, desde el Reino Medio, los fallecidos se hicieron enterrar con unas figurillas llamadas Usheties o “respondedores”, que, a modo de peonada, les sustituían en el trabajo.

6. Las invasiones arias y semíticas.

      La cultura de la Diosa de la Edad del Bronce fue truncada por la invasión de tribus guerreras que impusieron su mitología y sus costumbres patriarcales. Allá donde se encuentren dioses del cielo –del rayo, trueno, fuego, aire y tormenta-, junto a la maza, al hacha de combate y a la glorificación del guerrero, nos hallamos en presencia de la herencia indoeuropea (aria) y semítica, según afirman las autoras en la página 186 de “El mito de la diosa”, obra que estamos diseccionando aquí.   

      Campbell afirma que las invasiones comenzaron en el V milenio a.C. en el Próximo Oriente. “Dos matrices geográficas extensas fueron las tierras de origen de estas oleadas de guerreros insurgentes: para los semitas, los desiertos sirioárabes, donde, como nómadas errantes, pastoreaban rebaños de cabras y ovejas y más tarde dominaron el camello; y, para las estirpes helenoarias, las extensas planicies de Europa y del sur de Rusia, donde apacentaban sus manadas de ganado y donde pronto domesticaron el caballo” (Campbell Occidental Mythology”).

       Hoy en día sabemos que los pueblos semitas no son más que la evolución de los pueblos cananeos y que no llegaron ni invadieron Israel, sencillamente, porque siempre habían estado allí. Por lo tanto, la afirmación de Campbell ya no nos vale.

     El arqueólogo Ze`ev Herzog afirma que los patriarcas como Abraham o Jacob nunca existieron y que los poderosos monarcas David y Salomón fueron reyezuelos marginales, que los israelitas nunca estuvieron en Egipto, no vagaron por el desierto, y al regresar del “supuesto éxodo” no conquistaron la tierra de Canaan en una campaña militar y no la legaron a las doce tribus de Israel. José, el hijo de Jacob, nunca salió de Canaán (Israel) ni estuvo en Egipto trabajando como esclavo en la casa de Potifar. Egipto en el siglo XV a. C., el tiempo de el Éxodo y la conquista de Canaán como se describe en el Libro de Josué de acuerdo a la cronología bíblica, ocupó Canaán, un hecho que la Biblia no registra. La historia de la esclavitud en Egipto es completamente ficticia, aunque pudo inspirarse en el hecho de que los egipcios empleaban a muchos obreros inmigrantes del Sinaí en sus obras públicas. El Éxodo tampoco parece tener base histórica alguna, resultando particularmente inviable una huida masiva de esclavos a causa del férreo dominio que Egipto ejercía sobre Israel, como vemos en el mapa de abajo.




      El ciclo de sangrientas batallas que (según la Biblia) llevaron a la conquista de Canaán por los israelitas no tiene correlato arqueológico, excepto las destrucciones temporales de las ciudades-estado litorales por parte de un adversario desconocido, quizá los enigmáticos “Pueblos del Mar” y, después de su reconstrucción,  la definitiva devastación llevada a cabo por el faraón egipcio Shoshenk (llamado Sisac en la Biblia). Lo que ocurrió entre los supuestos “israelitas” y los cananeos -en realidad la misma gente- es en realidad un recuerdo de tensiones habituales entre los pastores nómades y los agricultores sedentarios, reflejo de varias olas de colonización y abandono de las tierras al oeste del Jordán por parte de pueblos nómades. La auto-identificación étnica de los israelitas como pueblo fue posterior.

     Aunque lo más difícil de tragar - añade - sea el hecho de que "la monarquía unida" de David y Salomón, descrita en la Biblia como un poder regional fue, a lo sumo, un cacicazgo. Israel Finkelstein, director del Departamento de Arqueología de la Universidad de Tel Aviv afirma que Israel no existió hasta el siglo XI a.C., cuando a ambos lados del Jordán se fundaron nuevas monarquías (Moab, Amón, Filistia…).



     Los dos arqueólogos israelitas, Israel Finkelstein y Neil Asher Silberman, afirman en su libro, resultado de sus excavaciones en Israel, que la existencia de los patriarcas del Éxodo, de la presencia de los israelitas en el Sinaí, la conquista de Canaán y el período de los jueces, no son hechos históricos. De la Jerusalén de David, ha aparecido algún escaso documento arqueológico. De la Jerusalén de Salomón, no se conserva absolutamente nada. Jerusalén sería una aldea sin importancia. El imperio de David y de Salomón no existió. Es una proyección muy posterior. Los israelitas son los cananeos de las montañas centrales de Canaán (1250-1000 a.C.). El libro “La Biblia desenterrada", (Israel Finkelstein y Neil Asher Silberman. Ed. Siglo XXI 2003) se centra en el estudio de qué tiene de histórico y qué de pura leyenda (casi todo) el Antiguo Testamento, así como la génesis de los textos bíblicos en el siglo VII a.C. Las pruebas arqueológicas descartan toda posibilidad de que las narraciones bíblicas sobre los patriarcas, José, Moisés, etc., ocurrieran realmente como son descritas. Ni David fue un gran rey, ni Salomón un gran constructor y todos los personajes anteriores a ellos son pura invención mezclada con un pequeño sustrato histórico.      

      La primera invasión de la Vieja Europa, según Marija Gimbutas, por el pueblo de los kurganes sucedió en 4500 a.C., terminando con su cultura aproximadamente el 1250 a.C. En el Próximo Oriente las tribus indoeuropeas comienzan a penetrar en el V milenio a.C., y en el IV milenio a.C. en adelante, las tribus indoeuropeas se adentran en Mesopotamia, Anatolia y el valle del Indo utilizando la fuerza. Al mismo tiempo, las tribus semitas se trasladan a Mesopotamia y Canaán desde los desiertos sirioárabes; aunque, como hemos visto anteriormente, esta hipótesis ya no es sostenible después de los últimos estudios arqueológicos de los historiadores israelitas. Los indoeuropeos que llegan al Próximo Oriente, descendientes de los viejos cazadores paleolíticos de Europa, son los Hititas (Anatolia y Siria), los Mitanios, los Hurritas y Casitas en Mesopotamia; los Aqueos y los Dorios en Grecia, y los Arios del valle del Indo. Todos estos pueblos se establecen como casta dominante, después de saquear y devastar los países invadidos: recordemos la destrucción de Troya en el 2300 a.C. Son pueblos guerreros y su mitología es una apología de la guerra, como podemos leer en el Mahabharata, en la Iliada y en el Antiguo Testamento.  



Los Pueblos del mar son un grupo de pueblos de la Edad del Bronce que migraron hacia Oriente Próximo durante el 1200 a. C. Navegaban por la costa oriental del Mediterráneo y atacaron Egipto durante la dinastía XIX y especialmente en el año octavo del reinado de Ramsés III, de la dinastía XX. Algunos estudiosos los hacen responsables del hundimiento de la civilización micénica y del Imperio hitita, a finales del siglo XIII a. C., dando lugar al comienzo de la Edad Oscura, pero esta hipótesis es controvertida. La Edad Oscura es el periodo de la historia de Grecia que transcurre desde el colapso del mundo micénico (entre 1200–1100 a. C.) hasta la época arcaica griega (siglo VIII a. C.), caracterizado por la escasez de fuentes que hacen muy difícil la reconstrucción de las realidades históricas del mencionado periodo. Algunos grupos incluidos en la lista egipcia de los pueblos del mar son los  lukkas, los shardanas, los habiru, alasiyas, meshuesh, danunas, los ekwesh, teresh, shekelesh, pueblos del Gran Verde (el mar)...




Fuente: Gran Historia Universal, tomo II: Civilizaciones fluviales. Ediciones Folio, S.A., 2.000

      Hay una serie de hipótesis sobre la identidad y los motivos de los pueblos del mar en los documentos encontrados. Unos afirman que provienen de la pentápolis filistea, una cultura de origen extranjero surgida a finales de la Edad de Bronce, con elementos procedentes del Egeo y una cerámica de estilo micénico HR III C. Otros afirman que son pueblos minoicos, procedentes de Creta, que se asentaron en el Levante mediterráneo, como los tjeker y los peleset (filisteos).  Una hipótesis, menos clara, dice que fueron emigrantes griegos, concretamente aqueos, que se pueden identificar con los denyen y los ekwesh, basándose en la similitud entre el equipamiento guerrero, sobre todo los cascos. Algunos también incluyen a los shardanas y shekelesh, afirmando que los pueblos griegos migraron al mismo tiempo y momento a Cerdeña y Sicilia. La guerra de Troya es la historia, según Carl Blegen, del saqueo por pueblos del mar griegos. Sugiere que Ulises representa a los cretenses nómadas que volvían a su hogar tras la guerra, que habían luchado en Egipto y que fueron obligados a servir allí al ser capturados.

      La posibilidad de que los teresh estuviesen relacionados tanto con los tirrenos, como con la cultura etrusca, como con los taruisas, nombre hitita que posiblemente se refiera a Troya, fue sugerida por los estudiosos hace tiempo. El poeta romano Virgilio apuntala esta opinión cuando describe a Eneas huyendo de Troya para llegar al Lacio y fundar un linaje del que nació Rómulo, primer rey de Roma. Teniendo en cuenta las conexiones de Anatolia con otros pueblos del mar, como tjeker y lukka, Eberhard Zangger comenta que los pueblos del mar pueden haber sido los troyanos y sus aliados, y la tradición literaria de la guerra de Troya bien puede reflejar el esfuerzo griego para contrarrestar sus ataques.

      Otra teoría sugiere que los pueblos del mar fueron las poblaciones de las ciudades-estado pertenecientes a la civilización micénica, que se destruyeron unas a otras en una desastrosa serie de conflictos que duraron varios años. No hubo invasores externos y con solo unas pocas incursiones fuera de la parte de habla griega del Egeo. Teniendo en cuenta las enemistades entre las grandes familias de las ciudades-estado micénicas, la hipótesis de que los micenos se destruyeron entre ellos tiene una larga historia, y encuentra apoyo en historiador griego Tucídides. Otros afirman que son pueblos ítalos basándose en las posibles conexiones entre los shardana con Cerdeña, shekelesh (sículos) con Sicilia y teresh con los tirrenios, aunque antiguas, se basan solo en las similitudes etimológicas. Otra teoría afirma que los Pueblos del Mar fueron lidios de Anatolia que invadieron otros lugares debido a la hambruna que asolaba su país por la sequía.

      En resumen, los pueblos del mar citados, y sus hipotéticos orígenes, son los siguientes:

      Los shardana o sherden, cuyo nombre puede relacionarse con el de Cerdeña (Sardinia, Sardegna), y la cultura sarda de los nuraga megalíticos, las figurillas broncíneas que representan a guerreros se asemejan notablemente a los grabados de Medinet Habu y a otros restos chipriotas. También se ha propuesto para ellos un origen de Siria del norte.




      Los lukka, que aparecen en textos amarnienses, procedían de Licia. Vivían de sus potentes flotas, costeando Chipre y el sur de Anatolia y realizando acciones de piratería. Parece que los hititas los consideraron como un verdadero Estado litoral.

      Los ekwesh o akawasha podrían ser los ahhiyawa de los hititas y es verosímil que se trate de los aqueos micénicos, griegos, acaso ya establecidos en el occidente anatolio (la Mileto griega podría ser la Millawanda/Millawata de los textos hititas) y que es la teoría más aceptada. Sin embargo, las principales dudas sobre su origen proceden del dato de que los ekwesh estaban circuncidados.

     Los teresh o tursha, a los que se ha puesto en relación con el topónimo mencionado por los hititas de Taruisha y también con los tirrenos o etruscos. Algún autor, en cambio, pone su nombre en relación con el hebreo Tarshish y con el hispánico Tartessos, pero esta hipótesis goza de poca aceptación.

     Los shekelesh se han relacionado con Sicilia y los sículos. Este pueblo habría llegado a la isla tras ser rechazado en Egipto por Ramsés III.

     Los peleset son -con casi total seguridad- los filisteos. Aunque no aparecen en la documentación de Hatti, la Biblia les sitúa procedentes de Kaftor, que podría ser Creta. Presentan rasgos micénicos, aunque otros autores prefieren situar su origen en la Siria septentrional o en el Cáucaso.

     Los tjeker o thekel recuerdan el nombre de Teucro, legendario fundador de Salamina en Chipre, epónimo de los teucros (en la Tróade). Los relieves les atribuyen una indumentaria similar a la de los peleset. Quizá procedían de Anatolia, incluso pudieran ser los propios troyanos. Fueron mencionados por los hititas. Una hipótesis propone que fueron la rama marinera de un grupo en el que los peleset serían de tierra adentro.

     Los denyen podrían ser los anatolios danuna mencionados en El-Amarna. La semejanza con el nombre dánaos los relaciona con los aqueos, ya que es otro nombre de los griegos micénicos. Es posible que se aliaran con los peleset y los tjeker, compartiendo con ellos tierras y asentamientos. Probablemente se fundieron con los hebreos y en este caso serían los componentes de la tribu de Dan, que vivía del mar.

    Los weshesh podrían estar vinculados a Wilusa (Ilión-Troya en hitita), por lo que se ha sugerido que sean los restos de los pueblos troyanos.

      Campbell en sus obras “Mitología Occidental” y “Mitología Oriental” dice que los arios eran polígamos, patriarcales, orgullosos de sus genealogías, sucios, duros y habitaban en tiendas. Apacentaban ganado, cabalgaban sobre caballos y, en torno al 2000-1750 a.C. inventaron la rueda de radios y los carros ligeros. Enterraban a sus líderes tribales bajo un montículo junto con sus ayudantes y caballos, sacrificados, como los kurganes habían hecho antes que ellos. Rendían culto a los dioses del cielo, particularmente a los dioses del relámpago, de la tormenta, del viento, del sol y del fuego. La vista de estos hombres unidos a sus caballos debió de haber aterrorizado a la gente sobre la que se lanzaban, dando lugar tal vez a la imagen del centauro u hombre caballo.

      Entre las tribus semitas estaban los acadios que controlaron las ciudades del sur de Sumeria con su rey Sargón (2300 a.C.); los amorreos babilónicos, cuyo rey Hammurabi (1800 a.C.) redactó un famoso código de leyes. Otro grupo de amorreos destruyó Jericó en 1450 a.C., fueron sucedidos por los cananeos, que los siguieron a Palestina y Siria. Los hebreos son los sucesores de los cananeos, pero sucumbieron ante los asirios (580 a.C.) que habían tomado Babilonia en el 1100 a.C. Los dioses de los semitas habitaban en las nubes y sobre las cumbres de las montañas y arrojaban truenos, como los dioses arios.


"Thor en la batalla contra los gigantes", según Mårten Eskil Winge, 1872.

      Ambos pueblos invasores introdujeron la idea de una oposición entre los poderes de la luz y de la oscuridad, imponiendo esta idea sobre la antigua de que ambas partes formaban el todo, la unidad. Estos pueblos introdujeron la creencia en la separación absoluta entre la humanidad y la deidad. ¿Fue la dureza de la existencia en el desierto y en las estepas lo que indujo a las tribus nómadas el sentimiento de que la humanidad estaba condenada a estar enfrentada a los poderes de la naturaleza y a ser siempre derrotada por ellos? Trajeron a la literatura de la Edad de Bronce un sentido profundo de la futilidad de la vida, del carácter definitivo de la muerte, y una convicción fundamental de la culpabilidad humana.

      La destrucción que causaron las invasiones, así como su ideología, influyeron en los invadidos, quienes empezaron a desconfiar de la vida  y vieron que la muerte violenta campaba por doquier. Surgieron los guerreros y los granjeros se convirtieron en sus siervos. La mitología se contagió de la ética guerrera y comenzó a ensalzar las acciones bárbaras de unos reyes cuyas ambiciones territoriales los arrastraban aún más a la compulsión de la conquista y a esclavizar a otros pueblos.

7. El orden del patriarcado.

      En esta época surge la oposición entre el individuo y la naturaleza que es lo “otro” a conquistar. El mundo espiritual se situará fuera de la naturaleza. Todo lo bueno y noble reside ahora en los dioses trascendentes, mientras que la naturaleza (la Diosa) representa todo lo oscuro y lo negativo.

      Estos cambios también se tradujeron en el aumento del poder masculino, mientras que la mujer, que antes era propietaria y podían comprar y vender, después de 2300 a.C. en Sumeria había de consultar con sus maridos antes de vender o comprar nada. Además, en el norte acadio de Sumer (después Babilonia) los semitas consideraban a las mujeres como posesión del hombre, y padres y maridos podían mantener  o quitar la vida a sus hijas y esposas.





La lapidación (o la flagelación): En este punto el rigorismo musulmán fue también más allá del precepto divino: la flagelación a los adúlteros (Corán, 24,2). Pero Umar reinstauró la lapidación, ya practicada por los judíos y por el mismo Profeta. Ver: Ibn Hisham : Al-Sira al – nabawiya, vol. 4, p. 337; vol. 2, pp. 193-96. Tabari: Tafsir, Al-Nisa; Bukhari, Sahih, Kitab al-Hudud, vol.4; Malik bin Anis; Al-Muwatta, Kitab al-Hudud, vol. 2, p, p. 884; Muslim, Kitab al-Hudud, Raym al-Thaieb fi al-zina, vol. 11, p. 159). (Cf .waraqa@retemail.es Waraqa bin Israil). Fuente: Sancho Amigo


'Transi' del médico francés Guillaum d'Harcigny | Crédito: Wikipedia.



“Transi » de René de Chalon por Ligier Richier (1547). Expuesto en la iglesia de Saint-Étienne en la ciudad de Bar-le-Duc en France. Créditos: Mors

      Otro cambio ocurrió hacia el 2500 a.C., cuando la muerte se llegó a ver como el final absoluto y lo opuesto a la vida. La muerte se convirtió en algo espeluznante, despiadado y carente de promesa de renacimiento alguna. Las enormes consecuencias de esta cosmología se reflejaron en el incremento asombroso de derramamientos de sangre y de guerras, donde parece que la constante celebración de la matanza del enemigo podía explicarse psicológicamente sólo mediante la antigua idea del sacrificio ritual. El sacrificio del otro en la guerra servía de sustituto de la propia muerte, y la aniquilación de la tribu opuesta garantizaba la renovación de la vida en la propia.


8. El ritual del sacrificio.

      Frazer dice que el hombre primitivo posee un instinto natural de inmortalidad y “concibe la vida como una energía de tipo indestructible que, al desaparecer de una forma, debe necesariamente reaparecer en otras, aunque en la nueva forma no necesite ser inmediatamente perceptible para nosotros; en otras palabras, infiere que la muerte no destruye el principio vital, ni siquiera la personalidad consciente, sino que meramente se transforma ambas en otras formas, que no son menos reales porque eluden habitualmente la evidencia de nuestros sentidos” ( Sir James G. FrazerThe Goleen Boush”, vol. 8 “The Spirits of the Corn and the Wild”, pp. 261-2).

       La imagen de esta energía que nunca muere se plasmó en la figura de la madre dando a luz perpetuamente, que podemos ver en las figuras neolíticas de Çatal Hüyük.       Esta energía constituye una unidad. En la matanza de un animal, en la perturbación del suelo y al arrancar las cosechas, el hombre primitivo entendía que estaban violando esta unidad, por lo que idearon rituales que restaurarían mágicamente lo que se había perdido. Se tenía la sensación de que “matar” y “comerse” el cuerpo divino de la madre tierra era un sacrilegio que requería rituales de reparación que atrajesen su buena voluntad y eludiesen su ira. Escribe Neumann que los rituales de sacrificio responden a la necesidad de restaurar una unidad perturbada (The Origins and History of Consciousness).





Un sacrificio humano, según una ilustración del códice Historia de los indios de Nueva España, de Fray Diego Durán (1537-1587). Madrid. Biblioteca Nacional.

      La palabra “sacrificio” deriva del latín “sacer facere”, es decir, “hacer completo o sagrado”, en el sentido de restaurar al todo algo que se ha perdido con el objeto de permitir que la vida continúe. La renovación de la vida se asociaba con el derramamiento de sangre ya desde el Paleolítico, cuando se cubrían los cuerpos con ocre rojo para ser sepultados en sustitución de la sangre, y se pintaban con él los cuerpos esculpidos de las diosas como la de Laussel. La sangre aparecía cuantiosamente en los misterios del parto de las mujeres. Por eso se percibía la sangre como la propia fuerza de la vida.


      Para el hombre primitivo no existe la muerte. Lo explica Joseph Campbell en “Myths to Live By”: “Si la sangre de un animal al que se ha matado se devuelve a la tierra, llevará el principio vital de vuelta a la madre tierra para su renacimiento, y la misma bestia volverá en la próxima estación para ofrecer su cuerpo temporal de nuevo. A los animales que se cazaban se les ve de esta manera como víctimas voluntarias que dan sus cuerpos a la humanidad, con la condición de que se celebrarán los ritos adecuados para hacer retornar el principio de vida a su fuente”.

      En el Neolítico se creía que la sangre de la victima sacrificada al caer y empapar la tierra se producía su fertilización, haciendo crecer las cosechas. De modo similar, se creía que al pegar o golpear a la victima con ramas, brotes u hojas, a menudo en los órganos genitales, se transmitía la energía vital de la victima a la tierra o al cultivo específico para cuyo crecimiento era sacrificada.



Sacrificios humanos mostrados en el Códice Magliabechiano. Pág. 141


      En la Edad del Bronce la idea de que la muerte es necesaria para renovar la vida se manifiesta en la imagen de la Diosa madre y su hijo-amante. La aparición del hijo masculino lo podemos encuadrar dentro del proceso de individualización del ser humano. La consciencia humana se separa gradualmente de la matriz original (matriz significa “mater, madre”), lo cual se expresa haciendo aparecer un joven dios, que viene a simbolizar esta nueva consciencia. En esta época el principio generador de la creación se separa de la Diosa madre, identificándose con el dios, que ahora es el aspecto de vida y muerte del todo atemporal, de la matriz. Cuando el vástago es hembra, la hija es la nueva vida inherente a la antigua: la Diosa. En los mitos el hijo-amante o la hija desaparecen en el inframundo mediante una muerte impuesta, y luego se las encuentra o resucita, al menos de modo parcial. ¿Significa esto un intento por comprender cómo las vidas particulares parecen ir y venir, mientras que la vida en sí nunca se agota? El gradual “devorarse” o “desmembrarse” de la luna durante su fase oscura podría haber sido la imagen que sugirió la idea de la necesidad de la muerte para renovar el principio de la vida. La tribu representaría la fase oscura de la luna como imagen de la vida moribunda, y sacrificaría una victima que representaba a esta luna moribunda, sepultando las partes del cuerpo en la tierra (la Madre), para asegurar que el principio de la vida persistiese y que las cosechas volviesen a brotar. Osiris se desmiembra en catorce trozos, el número de días de la fase menguante. Jonás en la ballena o Jesús en el infierno permanecen tres días allí, el número de días en que desaparece la luna y el cielo está negro.




Jonas y la ballena, de Justus Jonas d. Ä. (1493-1555)
Créditos: Universitätsmatrikel in Erfurt Justus. AboutBibleVideos

      ¿Qué es lo que ha fallado en el pensamiento humano que conduce al sacrificio humano o animal? La pérdida de fe en la Diosa y su creencia fundamental, la inmortalidad, conduce al individuo a la desesperación. “La irrevocable desorientación de la humanidad al darse cuenta del hecho de la mortalidad” (“El mito de la diosa” Pág. 194). Es en ese momento en que nace el Espíritu como algo separado de la Naturaleza. El acto de la humanidad de tomar consciencia de que es una criatura distinta del animal y de las plantas rompe la totalidad del orden divino al dividir la consciencia en la dualidad del que percibe y de lo percibido. Esto ocasiona una herida que el ser humano intenta curar eliminando la separación que hay entre nosotros (naturaleza humana) y nuestra naturaleza animal. La gran Madre servía de imagen de la Totalidad originaria y su hijo era la imagen de la parte separada de la totalidad originaria. Cuando el ciclo de la luna se experimenta de modo mítico, la parte (el hijo) muere y se reúne con su madre (la Totalidad), naciendo una nueva parte de esta unión. El mito proporciona tranquilidad de que la muerte no es el final, sino una mera fase de un ciclo mayor.  Este mito, y todas las imágenes de la Diosa, pueden verse como la respuesta a la necesidad humana de pertenecer a la totalidad y el miedo de acabar aislado de ella irrevocablemente.

      Los rituales de sacrificio de animales o seres humanos se hacían par restablecer el sentimiento perdido de Unidad, pero nunca consiguieron curar la herida, porque el hombre no reconoció (no hizo consciente) que tenía una herida y se limitó a representar los ritos literalmente, matando una victima e identificándose (él, que es simple bíos, una parte) con la zoé, al otorgarse el poder de la Diosa. La parte se olvida que sólo es una parte y se cree el todo, con lo que el ser humano es liberado en apariencia de la complejidad de la condición humana al jugar el papel de la deidad. La muerte de un animal o de un ser humano es una forma de compensación del sentimiento de impotencia frente a fuerzas que no se podían comprender ni controlar. Sobre esto veremos el terror que le causa al hombre el no saber, el no  comprender algunas cosas, como explica Cliford Geertz: el miedo a lo desconocido. El acto de sacrificio en el que un ser humano mata a otro es un síntoma de un desorden radical de la psique en el que la persona, o la tribu, se arroga los poderes de la deidad. Psicológicamente esto es un mecanismo de defensa incosciente contra el miedo, expresada en el doble reflejo de la “negación” y de la “inversión”: “No tengo miedo y soy poderoso”. Campbell denomina a este mecanismo “inflación mítica” y considera la práctica del sacrificio como la expresión más antigua de lo que se llama “psicosis”. La psicosis es la última defensa contra el terror incosciente.

      En el ritual de sacrificio los seres humanos proyectan y canalizan su miedo a la muerte en un hombre o animal específico, con lo que la matanza de este particular ser vivo es al mismo tiempo la de sus propios miedos, pues la muerte del otro sustituye a la de estos últimos. Si el miedo se hace consciente se aclara que es de creación propia y que no existe en la naturaleza de las cosas, por lo que es el miedo mismo lo que ha de ser “sacrificado”, con lo que se consigue la reunión con el todo del que su propio miedo les había separado.

9. El sacrificio del rey dios: ritual regicida.

      Por todas partes del mundo se cree que existe un misterioso proceso por el que el Uno se tornó lo múltiple, permaneciendo todavía Uno (Edgar WindPagan Mysteries of the Renaissance”). Lo múltiple, en tanto que manifestación temporal del Uno, puede morir, mientras que el Uno no tiene fin. Este proceso misterioso está representado por el mito del ser divino cuyo cuerpo es “dado” como creación y alimento para la raza humana.

       Existen rituales agrícolas de la siega en los que se seleccionaba una victima para personificar al cereal agonizante, la luna menguante y la muerte del viejo año. Su sacrificio permitía la renovación de la fuerza vital. Sugiere Frazer que en un tiempo este papel lo jugó el rey, que a su vez jugaba el papel del dios (Ver Campbell Primitive Mythology”. Frazer en “The Golden Bough”. Vol 4. The Dying Go. Mircea EliadeHistoria de las Creencias y de las Ideas religiosas”).

      Frazer dijo que al final de un periodo fijo, así como en tiempos de especial adversidad, para restaurar la Unidad y revificar el tiempo se sacrificaba al monarca, sumo sacerdote o a una chiquilla o un niño. El rey o el sumo sacerdote personificaban la energía de la vida. Cualquier signo de enfermedad o debilidad del rey amenazaba el curso de la naturaleza y la continuidad de la vida. El sacrificio del rey “viejo” aseguraba entonces que se detuviesen las fuerzas de la decadencia, al igual que el establecimiento de un rey “joven” o nuevo renovaba la vida para toda la comunidad.

     Estos ritos han perdurado hasta el siglo XX. En las fiestas de primavera la “muerte” –en la figura de un anciano- se “llevaba fuera”, a la vez que otra vestida con hojas, musgo y cortezas de árbol (el “hombre verde” de muchas leyendas), simbolizando la primavera y renovación de la vida, se “traía dentro”. La matanza de dios, de su encarnación humana, era necesaria para renovar la vida. Este ritual de la matanza de dios se observa en el cristianismo cuando al final del invierno se celebra un tiempo de duelo (la cuaresma) que precede a la muerte y resurrección del dios (Cristo), con el advenimiento de la primavera. En las procesiones de Semana Santa  los penitentes “salen al lado de carrozas adornadas con flores que transportan las imágenes de la virgen María y de Jesús” (“El mito de la diosa”, Pág. 196).

      El mismo rito del duelo por la muerte de dios se observa en el mes del Ramadán islámico y en la Pascua judía. Estas ceremonias son legados de un tiempo en que el sacrificio humano se llevaba realmente a cabo, como en la práctica del regicidio y en el ofrecimiento de los primogénitos, junto con el sacrifico de articulaciones de dedos y prepucios. En distintos momentos de la historia de las diversas culturas, los animales comenzaron a reemplazar a los seres humanos en el ritual religioso.



Códice Mendoza, folio 60: Castigos a los niños de 11 a 14 años. Nótense las lágrimas del niño y el signo de amonestación en la boca del padre.

      En opinión de Frazer el hombre o animal a sacrificar era también chivo expiatorio y con su muerte alejaba todas las aflicciones de la humanidad: enfermedades, hambrunas e influencias malévolas. Frazer sugiere que hubo antaño dos rituales separados. El primero era la costumbre de matar al dios humano o animal con el fin de salvar su vida divina del debilitamiento provocado por las mermas de la edad. El segundo era la costumbre de organizar una expulsión general de males y pecados una vez al año. Cuando a las gentes se le ocurrió combinar estos dos usos, el resultado fue el empelo del dios que muere como chivo expiatorio: el dios asesinado era cargado con el peso de los pecados de la gente y sus sufrimientos para que pudiera llevárselos consigo al mundo desconocido de ultratumba. Frazer ve en las ejecuciones de criminales los restos del ritual regicida: Cuando una nación se civiliza, si no cesa todo sacrifico humano, al menos selecciona como víctimas sólo a los miserables a quienes se daría muerte en cualquier caso. Así, se puede confundir en ocasiones la matanza de un dios con la ejecución de un criminal” (FrazerLa Rama dorada”). 



Lapidación de un adúltero en un patio de tecpan. Probable Codex Florentino
Dibujo del libro Educacion de Los Aztecas escrito por Fernando Díaz Infante

      “La práctica degenerada de sacrificar a otro con objeto de justificar una idea e implícitamente salvarse uno mismo podría subyacer tras la caza de brujas y la quema de herejes, así como en los actos contemporáneos de terrorismo” (“El mito de la diosa”. Pág. 197). De la soltura con que puede justificarse la barbarie humana en los términos de que es necesario el sacrificio del delincuente para que pague sus penas, para que la sociedad funcione  mejor…, se deduce que se necesita un esfuerzo importante para percibir el acto de arrancar la vida de otra persona como algo moralmente malo.

10. El sacrificio en la Edad del Bronce.

       En la primera Edad del Bronce se requería la muerte del rey para renovar la fertilidad de la vida. Más adelante, según las pruebas de los enterramientos de Ur, parece como si la muerte natural del rey o la reina (o incluso el sacrifico) requiriese el sacrifico ulterior de sus cortesanos.

      Sir Leonard Wooley, que halló estas pruebas en Ur, dice que el sacrifico humano se limitaba a los funerales de los  personajes de la realeza, los cuales eran enterrados vivos junto con su señor. Ni reyes, ni reinas, ni cortesanos parecen haber sufrido en estas sepulturas reales ni haber muerto en contra de su voluntad (estado de identificación mítica con su monarca). Debieron de darles una bebida soporífera antes de enterrarlos vivos, afirma Sir Leonar Woooley en “Ur of the Chaldees”.

11. La guerra como sacrifico ritual.

      El sacrifico de las víctimas de guerra es una variante de la idea arcaica del sacrifico. Como hemos visto el miedo es lo que articula los rituales de sacrifico, por lo que las sociedades que se sienten amenazadas, ya sea por fuerzas naturales o por ataques del exterior, aliviarán su miedo sacrificando a otros. La exterminación absoluta de otros pueblos –ahora denominados el “enemigo”- se convirtió en un nuevo modo mágico de eludir la muerte, y se creía que la sangre vertida en la batalla por el enemigo “fertilizaba” la vida del propio grupo tribal e incluso que incrementaba la “potencia divina” del mismo rey.
  



La estela de  Naram Sin (c. 2300 a.C., susa). Naram Sin, de Acad, portando la corona de cuernos de un dios tras la victoria sobre  los lullubianos. Un cautivo en el centro parece haber sido lanzado hacia abajo.

12. La degeneración de la Diosa madre.

      La vida y la muerte ya no se consideran dos aspectos complementarios de la totalidad divina. La una traía esperanza y gozo, la otra desesperación. Las aguas subterráneas, antaño repletas del poder generativo de la Diosa, se redujeron ahora a un río de la muerte (NeumannThe Great Mother”, en su libro describe a la Diosa ya dividida). La diferencia radical entre la “buena madre” y la “terrible” pertenece a las tribus arias y semitas, no al Paleolítico ni al Neolítico. La vieja Diosa madre europea daba la vida a los muertos. A partir del 2000 a.C. asirios y babilónicos representan el inframundo con todo lujo de detalles espantosos. Los muertos son consignados a regiones oscuras convertidos en espíritus condenados a la existencia más mínima que la mente humana pueda imaginar. En el Poema de Gilgamesh podemos ver una visión desesperada de la muerte:

      “Allí está la casa donde se sienta la gente en la oscuridad; polvo tienen por comida y barro por carne. Vestidos como pájaros con alas para cubrirse no ven la luz, se sientan en la oscuridad” (N.K. Sandars (ed.) “The Epic of Gilgamesh”, Penguin Books-Penguin Classics, Harmonds-Worth 1960). 



      Esta visión del Poema de Gilgamesh anticipa la imagen de la Odisea en la que los muertos aparecen como “los incorpóreos espectros de los hombres”. Vemos como las tablillas asirias habla de un oscuro Apocalipsis en el que los ángeles son todos demonios. Los muertos dejan de ser los guías ancestrales, los consejeros de los vivos, quienes proporcionan abundancia a su tribu, y se convierten en seres horribles que se arrastran por el barro en el inframundo. Tanto arios como semitas son nómadas que realizan grandes migraciones, dejando a sus muertos abandonados a grandes distancias. ¿Puede esto causar más desesperación?

      De otro lado, la antigua visión neolítica continuó en Egipto, lo que tuvo algo que ver con el hecho de que Egipto no sufriera invasiones masivas. Los egipcios no se llenaban de terror y desesperación ante la perspectiva de la muerte, sino de la esperanza de poder entrar en los campos del paraíso.

13. La diosa de la guerra.

      Cuando la imagen unitaria de la Diosa se divide surge una “diosa de la muerte”, pronto esta diosa se convierte en la diosa de la muerte de los otros, en una “diosa de la guerra”. La diosa ahora lleva miedo al corazón y la destrucción a los que son llamados enemigos; “ella bebe la sangre de las víctimas que fueron antes sus hijos” (“El mito de la diosa”. Pág. 202). El rey le ofrece sacrificios par aumentar sus conquistas. La diosa se convierte en sirviente del deseo de poder del rey.



Innana-Istar como diosa de la guerra (c. 2000 a.C.)

      En Egipto también surgió una espantosa imagen de la Diosa como una leona “cuya melena desprendía el humo del fuego, cuyo lomo era del color de la sangre, cuyo semblante resplandecía como el sol, cuyos ojos de fuego brillaban” (“El mito de la diosa”. Pág. 203) y  gustaba de realizar grandes matanzas de hombres: era la diosa Sekhmet. Para detenerla en sus matanzas se la emborrachaba vertiendo 7000 jarras de cerveza, tintadas de tojo, sobre el campo.



Representaciones de la diosa egipcia Sekhmet



14. Inflación mítica.

      Campbell define el estado de inflación mítica como la “exaltación del ego en la postura de un dios” (“Oriental Mythology”). Los individuos asumen los poderes y atributos que creen que pertenecen a la divinidad, hasta el punto de creer que dicha deidad está encarnada en sus propias personas, o que están llevando a cabo el deseo de la misma. El rey Sargón de Acad fue la primera manifestación de una persona atacada de “inflación mítica”, creyéndose de origen divino, lo cual, además, legitimaba su mandato.




Cabeza de Sargón I, c. 2300 a.C.



15. La “gran inversión”. Comienzo de la épica.

      El hombre sufre terror, no ante la naturaleza, sino ante la muerte a manos de otros seres humanos, porque durante los milenios III al I a.C. se produce una oleada de barbarie que podemos detectar en la destrucción de murallas, ciudades, grandes matanzas de seres humanos y la esclavitud de muchos de ellos. Estos acontecimientos calamitosos provocaron lo que Campbell denomina la “gran inversión”, cuando la muerte terminó siendo aceptada y bienvenida como rescate del sufrimiento que provocaba este terror, y dejó de ser experimentada como una continuación del prodigio de la vida.

      Se construyeron grandes murallas y aparecieron los reyes poderosos, con cuyo ascenso y narración de sus hazañas comenzó la épica a existir, para celebrar las proezas del gobernante guerrero. La destrucción de las ciudades en las guerras se experimentaba como la furia o el odio de un dios contra el pueblo arrasado, y  su imagen simbólica era la del dios del viento huracanado.

      En el 2200 a.C. aparece en Egipto el lamento de un hombre en forma de dialogo con su alma, quien anhela la muerte como liberación del horror de la vida:

¿A quién puedo hablar hoy?
Los hermanos son malignos
Y los amigos de hoy no son cariñosos.
De avaricia está llenos los corazones
Y todo el mundo se apega a los bienes de su vecino.
El hombre amable ha perecido
Y a todas partes va el hombre que carece de escrúpulos.
¿A quién puedo hablar hoy?
El malhechor es un amigo íntimo
Y el antiguo hermano de acción se ha vuelto un enemigo.
Ninguno recuerda el pasado
Y quien solía hacer el bien carece de ayuda.
Las caras se vuelven
Y cada hombre mira de reojo a sus hermanos.
La muerte está hoy ante mí,
Como la llegada de la salud a un enfermo,
Como entrar en un jardín tras una enfermedad.
La muerte está hoy ante mí,
Como el aroma de la mirra
Como balancearse bajo una vela en un día de viento.
La muerte está hoy ante mí,
Como el despejarse del cielo,
 Como un hombre que busca algo que desconoce.
La muerte está hoy ante mí,
Como cuando un hombre anhela ver su casa
Tras muchos y largos años de cautiverio.

(“El diálogo de un hombre con su alma”, versión de un poema egipcio compilado por Anne Baring y Jules Cashford a partir de traducciones del papiro de Berlín 3024).

      A medida que la imagen de la muerte se vuelve cada vez más espeluznante y sin redención, la necesidad de alcanzar la inmortalidad durante la vida terrestre se hace más urgente. El heroísmo fue una reacción ante el poder de la muerte, vencida por la fama inmortal de un hombre. El mito del héroe es un mito solar en el sentido en que es una imitación en la tierra de la conquista por parte del sol de los poderes de la oscuridad en el cielo, tal como se percibía ahora la llegada del amanecer. El héroe está solo ante la fuerza antagónica, apoyado por su padre sol en el cielo. El Poema de Gilgamesh es la primera historia de un héroe.

      La humanidad está pasando por una etapa de evolución en que la gente debe tratar de conocer más, de adquirir conocimientos sobre si misma, y  se despreocupa de ser. En esta etapa la gente tiene que perder su sentido de la relación con el Todo con el fin de descubrirse a sí mismos como individuos, más allá de las funciones como miembros de una comunidad o tribu. Mitológicamente esta transición puede expresarse como la conversión de la diosa en un dios. 




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