miércoles, 22 de agosto de 2012

Críticas a la Inquisición


a. Las críticas de Antonio Pérez

      Otros personajes que contribuyeron de manera eficaz a la creación de la Leyenda Negra fueron Antonio Pérez, secretario de Felipe II, que traiciono -supuestamente- a su señor, y publicó un libro para perjudicarlo. Lo mismo hizo Guillermo de Orange al acusar a Felipe II de envenenar a su hijo Carlos y participar en el asesinato de su mujer Isabel de Valois, así como de una multitud de crímenes, y de una vida lasciva (cuando, por el contrario, era bastante ascético).


Felipe II retratado por  Sofonisba Anguissola, 1570. Museo del Prado

     En las Relaciones de Antonio Pérez, publicadas en Londres en 1594 y en España en 1849, subyace un rencor personal a su Rey, volcando su acritud contra el Absolutismo: «Porque el uso del poder absoluto es muy peligroso á los Reyes, muy odioso a los vasallos, muy offensiuo á Dios, y á la Naturaleza» (10). La primera versión anónima de sus Relaciones se publico en 1591 en Bearn, patrocinada por Catalina de Navarra, hermana del futuro rey Enrique IV de Francia, a cuya protección se había acogido tras huir de Aragón, en septiembre de ese mismo año. Gustav Ungerer atribuye esa edición de extrema rareza a Louis Barbier.



Relaciones de Antonio Pérez Secretario de Estado, que fue, del Rey de España Don Phelippe II, deste nombre. Impresso en París, s.n., 1598.  Blog de Bibliofilia

      La segunda versión, la citada Pedaços de Historia, o Relaçiones, assy llamadas por sus auctores, los peregrinos, más completa y falsamente localizada en León, apareció bajo el seudónimo de Raphael Peregrino, pocos años después. George Ticknor asignó esta edición a una imprenta inglesa, más tarde identificada por James P.R. Lyell con la de Richard Field, que puso el libro en circulación en Londres a finales de 1594. De varias fuentes diplomáticas se sabe que esta edición, patrocinada por la corte isabelina, trató de ser ampliamente difundida en Aragón y Flandes. También que fue conocida por el gobierno español desde que estaba en las prensas.




       La tercera edición surgió, no por casualidad, después de ser derrotada la incursión bearnesa de 1592 en Aragón, de fracasar la expedición de Drake contra las ciudades españolas del Caribe en 1595 o el fracaso de la flota anglo-holandesa que bajo el mando de Howard, Essex y Nassau saqueó Cádiz en 1596.  Antonio Pérez publicó en París, en 1598, la versión definitiva de sus Relaciones, sin referencia de impresor.

       Antonio Pérez del Hierro (Valdeconcha, Guadalajara 1540–París 1611), fue el secretario de cámara y Secretario del Consejo de Estado del Rey de España Felipe II. Era hijo de Gonzalo Pérez secretario, a su vez, de Carlos I de España. Juzgado culpable en los cargos de traición a la Corona y del asesinato de Juan de Escobedo (secretario del hermano del rey Juan de Austria), se acogió a su ascendencia aragonesa (la familia procedía de Monreal de Ariza) para huir de España gracias al Justicia Mayor de Aragón.


Antonio Pérez. Detalle de un grabado de 1791, Biblioteca Nacional de España, Madrid.
Wikipedia. Grabado por Manuel Salvador Carmona sobre modelo de José Jimeno, a partir del lienzo del Escorial, o directamente del que procede éste, que formaba parte de una galería de retratos existente en los Reales Estudios de San Isidro de Madrid a mediados del siglo XVIII.

      El tema principal de sus Relaciones  es el de las cualidades que en su opinión debe tener un rey, especialmente en sus Aphorismos del Libro de las Relaciones, donde en una Carta al Rey de Francia escribe:

      Porque el Poder enojado es un viento deshecho y fuerte, que aunque sea en popa, aunque no halle resistençia, no le puede sufrir un nauio: y no puede durar la violencia de su natural. Pues qué si sopla con trauesias de accidentes de las que suelen sobreuenir á Reyes en sus Reinos, y sobre todo que se acabe la Paçiençia de los Paçientes? A qui cae bien que no queda raja entera.

        Sobran los comentarios sobre un párrafo tan elocuente que, además, el mismo autor aclara: «Sy a todas velas del poder absoluto se entrega, no queda raja entera del navío». En una carta dirigida al Papa, le presenta planteamientos semejantes sobre los límites del poder. Considera al papa como el  Vicario de Dios («porque quien tiene más del Poder de Dios, deue imitar mas a Dios») y critica con gran dureza, deslizando frases que ponen en entredicho el funcionamiento institucional de la Iglesia, su carácter político, así como el de la Inquisición española, a las que considera reos en manos del monarca (Aphorismos del libro de las Relaciones, op. cit., pág. 401). 




      Luego veremos como en el siglo XIX y XX muchos historiadores le darán la razón: Felipe II dirigía la Inquisición y la utilizó políticamente para mantener a raya a sus súbditos. El secretario continúa expresando sus amargos sentimientos contra la justicia en sus Aphorismos: «Miserable siglo en que se tiene delicto pedir justiyia, y aun se castiga por tal, “ya se va introduciendo ser delicto el tener la”», o refiriéndose a los seres humanos considera principal característica del poder la falsedad: «Enfermedad commun á todas las Cortes andar falsos los unos con los otros: como commun a los Prinçipes reyrse de todos». Aphorismos del libro de las Relaciones, op. cit., pág. 404

       La opinión de este autor sobre el tema que nos ocupa, el Santo Oficio, es de crítica amarga, dirigida a las circunstancias que rodearon a su prisión y proceso incoado por el tribunal inquisitorial: «No ay en la tierra quien tenga poder temporal para culpar, para juzgar, para condenar a nadie a monton sin juyzio y sin descargo».

      Así pues, este tribunal es denunciado como un apéndice del poder absoluto, a cuyo servicio está, y como institución opresora de las libertades del pueblo. Por ello, más adelante, se pregunta si volver y comparecer ante el tribunal, pero no le ve sentido porque «el enojo del poder absoluto es el juez». Terrible crítica que alcanza el principio jurídico del Santo Oficio, máxime cuando escribe: «Penas y castigos executados sin proçeder, no digo juizio, pero ny aún sentencia ny aún notificaçión, ny aún noticia del paçiente».

      Este es el juicio adverso de Antonio Pérez hacia la Inquisición, pero como hombre de aquella época, acepta al Santo Oficio, como comprobamos, por ejemplo, en la siguiente frase: «No digo derecho contra la Inquisición; juizio de la Fe, sanctissimo juizio, que a éste reuerençiarle he, y en su defensa poner lo que en defensa de la Fee, que es la sangre, y la vida, y todo”. «Relación dc lo iranía en Saragosa de Aragón a 24 de Septiembre del año de 1591 por la libertad de Antonio Pérez y de sus fueros, y Justicia», Relaciones op. ch.pág. 223.

b. Críticas de González Montes

      Más duros e insistentes son los juicios sobre el Santo Oficio en tres obras ya citadas. La primera es la de John Foxe, Libro de los Mártires, donde leemos: «El trato extremo y la cruel rapiña de estos inquisidores católicos de España que, bajo el manto de la religión, no buscan más que su lucro privado y su comodidad, defraudando y saqueando habitualmente de sus bienes a otros» (GARCíA CÁRCEL, op. cii., pág. 32).

      Juicio severo sobre este tribunal, del que considera responsable al Papado y víctima al pueblo español. Parecido planteamiento encontramos en Apologie ou Defense du trés ilustre Prince Guillaurne, escrita por Pierre Loyseleur de Villiers, un refugiado francés, con censuras sobre la Inquisición, tribunal que tenía esclavizado a Felipe II.

     A continuación, Consuelo Maqueda Abreu nos habla del escritor que más daño pudo hacer a nuestro país por sus planteamientos sobre las crueldades del Santo Oficio. Se refiere a González Montes (Gonsalvius Montanus, Reginaldus), cuya identidad real no está del todo esclarecida, protestante español exiliado en Londres, cuya obra Artes de la Inquisición española, escrita en latín en 1567, fue traducida al francés, inglés y holandés entre 1568/1625 y 1569/1620.

      Algunos afirman que bajo este seudónimo se esconde Casiodoro de Reina (Wikipedia), autor del primer gran libro contra la Inquisición: Sanctae Inquisitionis hispanicae artes alícuota detectae, ac palam traductae (en español: Artes de la Santa Inquisición española) Este libro fue impreso en 1567.  Es un error muy extendido que Antonio del Corro había escrito este libro.




      En España la primera traducción castellana se hizo en 1851 en San Sebastián. El autor compara a la Inquisición con un árbol malo que aborrece la luz e impone «su tiránico silencio a las lenguas de los hombres». Montes dedica páginas a la mordaza de hierro colocada sobre las bocas de los hombres por este tribunal («Estas mordazas son el eterno silencio»).

      Culpa a los Dominicos («que malignamente convirtieron en su provecho y honra propia los pensamientos de los Reyes piadosos») de ser a quienes «debemos hoi la Inquisizión» (Artes de la Inquisizión Española. Primer traduczión castellana de la obra escritaen Latín por el español Raimundo González de Montes. Año MDCCCLI, pág. 13). Considera que la finalidad del Santo Oficio no fue «instruir a uno en los preceptos relijiosos, sino para castigar y estirpar los errores y las herejías» (lbident, pág. 16).

      En el mismo prefacio plantea una cuestión sumamente interesante: la escasa o nula preparación jurídica de los Inquisidores, tanto en el Derecho Pontificio (en el que dice que ningún Inquisidor es versado, aunque llaman como asesores a los teólogos), como en el conocimiento del Derecho Real (en el que los inquisidores no aventajan a los magistrados), lo que hace innecesaria la implantación de este tribunal, que debe ser extirpado.

     Centra su desaprobación en el acto de la relajación, al que tacha de impío y de diversión del miserable populacho. La entrega del reo a la justicia seglar se hace «con el mayor descaro», pidiendo que se le trate con conmiseración, y escribe el autor que glosamos:

      ¿Con qué conmiserazión’?, pues sacan a los infelizes a aquel lugar estropeados, con las coyunturas de todos los miembros enteramente dislocados i quebrantados, los huesos magullados... y en lo interior rotas las venas, las entrañas mismas por los cruelísimos tormentos... Tratarónlos ellos, sin conmiserazión, ni humanidad alguna. Imaginando de tiempo en tiempo nuevos jeneros de suplizios, en que atormentar a los desventurados con mas que bárbara crueldad.

           Cerraremos el análisis de este autor con el párrafo que le dedica al secreto, uno de los caracteres más criticados del santo Oficio:

      “I este cuidado, con que por el miedo de un fin indubitable, cosen las bocas de los que ira salen, es para ellos, entre todas sus sagradas artes, sumamente necesario, siendo este vigoroso silenzio en sus misterios, como una espezie de segurísima llave, que cierra y fortaleze toda su iranía…” Ibidem, pág. 16.

      La influencia primero aragonesa y luego española en la Península Itálica llevó a la opinión pública, incluyendo al papado, a ver a los españoles como una amenaza. Se cultivó una imagen desfavorable de España que naturalmente acabó incluyendo una visión negativa de la Inquisición.



La Inquisición en Lima. Camino hacia la plaza mayor de Lima para su condena.
Fuente: autor San Benito. Siglo XVII.

   Hemos podido comprobar más arriba como los embajadores de los gobiernos italianos independientes promovían la imagen de una España pobre y atrasada dominada por una tiránica Inquisición. Los italianos veían en general a la Inquisición como un mal necesario para los españoles, cuya religiosidad era dudosa, por no decir falsa, tras siglos de mezcla con judíos y moros. De hecho, a partir de 1492 marrano pasó a ser sinónimo de español y al papa Alejandro VI se le llamaba marrano circuncidado. La Inquisición, se decía, aunque bien necesaria para los españoles, no era más que una treta para robar el dinero de los judíos y no tenía nada que buscar en territorio italiano donde no era necesaria. Cuando la Inquisición comenzó a perseguir a luteranos, la explicación fue que los españoles eran por naturaleza más dados a la herejía.



Alenxandre VI, un Borja valenciano

   En los Países Bajos, ya desde el reinado de Carlos I y a pesar de que el mismo Felipe II había asegurado que la Inquisición Española no era exportable, muchos holandeses tenían miedo de que el rey intentase introducirla para reducir sus libertades.

   Sin embargo, lo que se callaban los holandeses es que el propio Felipe II ya había reconocido públicamente que no hacía falta la Inquisición española, puesto que los Países Bajos ya tenían una inquisición p ropia más despiadada que la española: los tribunales de Amberes ejecutaron entre 1557 y 1562 a 103 herejes, más de los que murieron en toda España en ese período.

    La cuestión religiosa, como sucede muchas veces, fue enarbolada como causa de la resistencia a los españoles, cuando la realidad eran asuntos económicos y las ansias de dominio de la incipiente burguesía y de los comerciantes holandeses que envidiaban las tierras del Imperio español. Los manipuladores infundieron en el pueblo el temor a los católicos y difundieron que solo el calvinismo podría sacarlos de la anarquía.

c. Críticas de Guillermo de Orange

  Este temor fue manipulado por protestantes y aquellos que promovían la independencia de los Países Bajos en panfletos como De la no cristiana, tiránica Inquisición que persigue la fe, escrito desde los Países Bajos (1548) (On the Unchristian, tyrannical Inquisition that Persecutes Belief, Written from the Netherlands) o La forma de la Inquisición Española introducida en la Baja Alemania en el año 1550 (The Form of the Spanish Inquisition Introduced in Lower Germany in the Year 1550 publicado por Michael Lotter). En 1570, los refugiados religiosos presentaron en la Dieta Imperial el Una defensa y declaración verdadera de las cosas que han ocurrido recientemente en los Países Bajos (Publicado en Inglaterra en 1571 bajo el título A Defence and true declaration of the things lately done in the lowe countrey) en el que no sólo describían los crímenes realizados contra los protestantes, sino que también acusaban a la Inquisición Española de incitar las revueltas en los Países Bajos para forzar a Felipe II a ejercer mano dura, además de acusarla de la muerte del príncipe Don Carlos.



Guillermo de Orange (1533–1584) pintado por C. Garschagen

      Uno de los documentos más famosos y que más influencia tuvieron fue la Apología del príncipe de Orange de 1581, la respuesta de Guillermo de Orange a la expulsión que Felipe II había ordenado en su contra, aunque parece que el texto no lo redactó él mismo, sino su capellán Pierre L’Oyseleur, señor de Villiers (Chapter V: William the Silent en History of Holland By George Edmundson). El texto se tradujo inmediatamente a otras lenguas y circuló por los países fronterizos con Holanda; en español sólo existe una traducción de la época (Apología del príncipe d’Orange), de 1581.

     En 1579 las provincias rebeldes se agruparon en la Unión de Utrecht y se enfrentaron abiertamente a Felipe II y  Alejandro Farnesio, que era gobernador de los Países Bajos en su nombre. Guillermo de Orange, estatúder de las Provincias Unidas, era el líder del partido independentista antiespañol. El 15 de marzo de 1581 en Maastricht, Felipe II, a instancias de su secretario Antonio Pérez y del cardenal Granvela, emitió contra Guillermo un edicto de proscripción, acusándole de traición, ingratitud y herejía, declarándole "enemigo de la raza humana", y ofreciendo un cargo nobiliario y una recompensa de 25.000 coronas a quien lo entregase o asesinase.  En respuesta a este edicto de proscripción, Guillermo publicó la Apología del príncipe d'Orange, un documento en el que rebatía las acusaciones de las que era objeto por parte del rey español, justificando su carrera política y su vida privada, y defendiendo su derecho a rebelarse contra la tiranía del monarca español.



Guillermo de Orange, estatúder de las Provincias Unidas, era el líder del partido independentista antiespañol.

     Esta Apología se considera como el comienzo de la Leyenda negra de Felipe II, aunque también trata de la Inquisición y la libertad religiosa. La Apología es un resumen de toda la propaganda antiinquisitorial y antiespañola que había circulado en los 40 años anteriores, reunida para justificar la independencia de los Países Bajos. Afirma que la quema de herejes es un pasatiempo natural de los sanguinarios españoles, que divertía especialmente al Duque de Alba. Además añade que la mayoría de los españoles, y en especial la nobleza, tienen sangre judía o mora.



Guillermo el Taciturno asesinado en su casa por Balthasar Gérard el 10 de julio de 1584

    Balthasar Gérard era un francés católico que consideraba a Guillermo de Orange una mala personas y un traidor, por lo que decidió asesinarlo. Gérard fue capturado antes de que pudiera abandonar Delft y encarcelado. Fue torturado antes de su juicio, donde fue sentenciado a ser brutalmente ejecutado. Los magistrado decretaron que la mano derecha del asesino debía ser quemada con un hierro al rojo vivo, que su carne se separara de su cuerpo con pinzas en seis puntos diferentes, que se le descuartizara y eviscerara vivo, y que su corazón se le arrancara del pecho para finalmente decapitarle. Y lo más triste del asunto es que estas torturas eran habituales en estas tierras y las europeas circundantes (Wikipedia).

d. Críticas de John Foxe

    En el norte de Europa fue el enfrentamiento religioso y la amenaza del poder imperial español los que dieron nacimiento a la Leyenda Negra, ya que el pequeño número de protestantes que fueron ejecutados por la Inquisición no hubiera justificado una campaña de ese tipo. Los protestantes, que habían empleado la imprenta con éxito para difundir sus ideas, intentaron ganar con propaganda la guerra que no podían ganar por las armas (De The Real Inquisition editado en National Review por Thomas F. Madden, profesor y catedrático del departamento de historia de la Universidad de San Luis en St. Louis, Missouri).

   Por una parte, los teólogos católicos tachaban de advenedizos a los protestantes, que, al contrario que la Iglesia Católica, no podían demostrar su continuidad desde tiempos de Cristo. Por otra, los teólogos protestantes razonaban que esto no era cierto, que la suya era la Iglesia auténtica que había sido oprimida y perseguida por la Iglesia Católica a lo largo de la historia (cf. Madden). Este razonamiento, que sólo fue esbozado por Lutero y Calvino, fue completado por la historiografía protestante posterior, identificándose con Wyclif y los lollards de Inglaterra, los husitas de Hungría y los valdenses de Francia. Esto, a pesar de que los herejes en el siglo XVI no sólo eran perseguidos en países católicos, sino también en los países protestantes (Los luteranos y católicos fueron violentamente perseguidos y torturados en la Inglaterra de Enrique VIII e Isabel I por tribunales civiles. En Europa, Lutero, Calvino, Melanchthon, Zuinglio y otros reformadores perseguían a los anabaptistas, católicos y judíos. Para más información, véase The Protestant Inquisition.). A finales del siglo XVI las confesiones protestantes se habían identificado con las herejías de épocas anteriores y se autodefinían como mártires.


Grabado de 1550 que representa la batalla de Mühlberg. Autor Luis de Avila y Zuñiga

   Cuando comenzaron las persecuciones de protestantes en España, la hostilidad que había hacia el papismo se extendió inmediatamente al rey de España, del que dependía la Inquisición, y a los dominicos, que la dominaban. Al fin y al cabo, la mayor derrota que habían sufrido los protestantes había sido a manos de Carlos I de España en la batalla de Mühlberg en 1547. Una imagen de España, en parte promovida por la corona española, como adalid del catolicismo se extendió por toda Europa.



Carlos V en la batalla de Mühlberg, pintado por Tiziano

    Esta identificación de los protestantes con las herejías llevó a la creación de martirologios en Alemania e Inglaterra, colecciones de vidas de mártires descritas con mucho morbo, a menudo profusamente ilustradas, que circularon entre las clases más populares y que insuflaban la indignación contra la Iglesia Católica. Uno de los más famosos y el que más influencia tendría fue el Book of Martyrs (El libro de los mártires, 1554) de John Foxe (1516–1587), como ya señaló Ricardo García Cárcel


John Foxe (1516–1587)

      Foxe dedica un capítulo entero a la Inquisición española, el The execrable Inquisition of Spayne, en John Foxe el Book of Martyrs, donde habla de una cruel y bárbara Inquisición que persigue a los muy ricos para hacerse con sus bienes, a los intelectuales para amordazarlos y a los amantes de la libertad que son:

   “… puestos en una horrible prisión y entonces inventan crímenes contra él a voluntad y mientras ningún hombre hablará por él. Si el padre habla una palabra por su hijo, también es apresado y encerrado en prisión como favorecedor de herejes. Tampoco le es permitido a nadie visitar al prisionero: y allí está sólo, en tal lugar, dónde no puede ver mucho más que el suelo, en el que se encuentra, y no se le permite leer o escribir, más aguanta en la oscuridad palpable, en horrores infinitos, triste y lleno de miedos, peleando con los asaltos de la muerte... Añade a estas aflicciones y horrores de la prisión, las heridas, amenazas, latigazos y flagelaciones, hierros, torturas y tormentos que soportan. Algunas veces son sacados y expuestos en algún lugar más importante, para la gente, como espectáculo, para reprobación e infamia... El acusador es secreto, el crimen secreto, los testigos secretos: lo que se haga es secreto, tampoco se advierte al prisionero de nada”.

      Como estamos señalando durante todo el artículo, vemos que se repite una vez más la acusación de que cualquiera puede ser juzgado por cualquier nimiedad, de que los inquisidores nunca se equivocan, que los acusados lo son por envidia o dinero y, si no se encuentran pruebas se inventan. Los prisioneros permanecen reclusos en calabozos oscuros donde sufren horribles torturas, etc. Ya hemos explicado que, en palabras de Agostino Borromeo, todo esto corresponde a la inquisición de los países europeos y es ajena a la española, que apenas aplicaba la tortura siempre en condiciones mucho más benignas que en los juicios civiles del momento.

      Como vimos, también sirvió para elaborar la Leyenda Negra el Sanctae Inquisitionis Hispanicae Artes (Exposición de algunas mañas de la Santa Inquisición Española) publicado en Heidelberg en 1567 bajo el seudónimo Reginaldus Gonzalvus Montanus. Parece que Gonzalvus era un seudónimo de Antonio del Corro, un teólogo protestante español exiliado en los Países Bajos (Wikipedia).

       Para Consuelo Maqueda Abreu (op. cit.) esto es un error frecuente, pues debajo de Reginaldus Gonzalvus se esconde Casiodoro de Reina. El libro fue un éxito inmediato que se tradujo a muchos idiomas, citándose hasta el siglo XIX. El relato nos cuenta todas las etapas por las que pasa un prisionero: proceso,  interrogatorio…, relatado de manera que el lector pueda identificarse con la víctima. Sin embargo, Casiodoro de Reina presenta como la regla para la Inquisición española lo que es práctica habitual en las justicias europeas que conocía, como la tortura extrema y los malos tratos a los prisioneros.

       La Inquisición ejecutó con penas de muerte -preferentemente la horca- a unas 2.500 personas y, como dice Agostino Borromeo, durante mucho tiempo se confundieron los juicios con las condenas de muerte. La Inquisición española sentenció a un número reducidos -de 130.000 acusados- a prisión y galeras; la inmensa mayoría sufrieron penas espirituales, como peregrinaciones obligadas, penitencias y plegarias.

    Recordemos nuevamente a Stephen Haliczer, uno de los profesores universitarios que trabajaron en los archivos del Santo Oficio, quien descubrió que los inquisidores españoles usaban la tortura con poca frecuencia (aplicada a menos del 2% de los prisioneros) y generalmente durante menos de 15 minutos, sin que nadie la sufriera más de dos veces. Más aún, el Santo Oficio tenía un manual de procedimiento que prohibía muchas formas de tortura usadas en otros sitios de Europa. Los inquisidores eran en su mayoría hombres de leyes, escépticos en cuanto al valor de la tortura para descubrir la herejía.


Auto de Fe, de Francisco Ricci (1683). Museo del Prado.

     Así se hacían los Autos de Fe en España, con mucha pompa y parafernalia. En sus 356 años de existencia tuvieron lugar muy pocos autos y se dictaminó la muerte de unas 2.500 personas. Aproximadamente en el mismo periodo se produjeron 110.000 procesos en Europa que terminaron en unas 60.000 ejecuciones, la mayor parte en Alemania (25.000) y Polonia, pero en Francia tampoco se quedaron cortos, según se lee en “La caza de las brujas en la Europa Moderna”, de Brian Levak.

    En Europa no se mataba a la gente con tanta solemnidad, en la Plaza Mayor de la capital de la Corte. Allí se hacía de forma más artesana y chapucera, con sencillas hogueras donde se metían grupos de personas que eran achicharradas en vida, cosa que no ocurrió en España, porque los reos fueron ahorcados. El problema es que las dichosas hogueras ardían por toda Europa con una virulencia e intensidad inusitada, desconocida en los países mediterráneos y, sobre todo en España, donde los inquisidores dominicos eran escrupulosos cumplidores del sistema procesal, con sus libros de procedimientos a los que se ajustaban y, además, eran unos escépticos que no podían creer en brujas voladoras, todo lo más, creían que eran unas viejas trastornadas por los efectos de la vejez o de alguna hierba ingerida, a la que se debía imponer un castigo de azotes, pelarle el peño o pasearla públicamente para su escarnio, pero nunca la quemaban. 



A los canónigos de Orleáns quemados en 1022 se les acusaba de formar parte de una secta que gustaba de quemar a los hijos que habían tenido durante las orgías. Templarios que fueron quemados en la hoguera. Ilustración, crónica anónima (Von der Schöpfung der Welt bis 1384) "Desde la creación del mundo hasta 1384”. Biblioteca Municipal en Besançon, Francia.




Crónica de Nuremberg. Quema de judíos durante la Peste Negra



Flemish ChronicleQuema de judíos durante la Peste Negra (1348-1350)



Quema de brujas en Zúrich en 1580. (Wickiana/ZB Zürich)



Quema pública de tres brujas en Derneburg (Harz, Alemania), Octubre de 1555. Grabado que se reproduce en miles de páginas web, achacando dichas quemas a la Inquisición española. La quema la realizan ciudadanos civiles y autoridades locales alemanas. Lo normal es ver como pié de pagina:  “Torturas barbáricas en extremo utilizadas por la "Santa Inquisición", institución de la Iglesia Católica Romana”, falsedad que hace a cualquiera desisitir de leer el resto del articulo.


      Según Rómulo Carbia (1885-1944), el personaje que más contribuyó a la consolidación y pujanza de la Leyenda Negra fue fray Bartolomé de las Casas, quien publica su Brevísima historia de la destrucción de las Indias en 1542, donde se relatan macabras historias de crímenes y atropellos de los españoles sobre los indígenas. Los españolistas intentan desacreditar al fraile diciendo que fue el inventor de la esclavitud moderna al intentar traer negros de África, más resistentes, para sustituir a los indios en las tareas más pesadas (hecho que también olvidan quienes lo consideran patrón de los Derechos Humanos). Además fue uno de los primeros colonos, maltrató a muchos indios y años más tarde, ya como sacerdote arrepentido, introdujo la Inquisición en América, en contra del parecer del emperador Carlos V.



Rómulo Carbia, Historia de la leyenda negra hispano-americana


        En la formación de la Leyenda Negra fue fundamental el papel jugado por los impresores protestantes, que tradujeron y cambiaron el título a la obra de fray Bartolomé. Sus intenciones eran manifiestas, como demuestra el hecho de que de otro protagonista de entonces, Bernal Díaz del Castillo, no publicaran nada. 



Bernal Díaz del Castillo

      De dichos editores hay que destacar a B. Picart y, sobre todo, a Teodoro de Bry, artista grabador flamenco, que montó en Frankfurt su propia editorial, y entre 1590 y 1625 publicó la colección de grandes y pequeños viajes por las Indias de autores principalmente protestantes, muchos de ellos piratas a las órdenes de las naciones enemigas de España. A la obra de Las Casas se le añadieron unos grabados que supusieron una auténtica revolución en los sistemas de comunicación y conocimiento de entonces (algo parecido a lo que supuso el cine, tan bien aprovechado por la propaganda yanqui, siglos después). Grandes masas de personas que no sabían leer, y de distinta condición social, pudieron «ver» lo que hacían los españoles en América.

       A partir de los años 1559 a 1562 aparecieron unos libros que presentaban a la Inquisición como una amenaza a las libertades europeas. Estos escritos razonaban que los países que aceptaran la religión católica no sólo perderían sus libertades religiosas, sino las civiles también a través de la Inquisición. Para ilustrar sus puntos describían autos de fe y torturas y empleaban abundantemente relatos de huidos de la Inquisición dispuestos a contar su historia. La Reforma era vista como una liberación del alma humana de la oscuridad y la superstición reinante en España.

        Francia, Gran Bretaña y los Países Bajos poseían las prensas más activas del continente y las emplearon eficazmente para defenderse cuando se consideraron amenazados. La rivalidad política entre España e Inglaterra, con el intento de invasión de Gran Bretaña por Felipe II como fondo, estimularon la propaganda antiespañola de guerra.

     En Inglaterra, los monarcas católicos habían creado tribunales religiosos para luchar contra la herejía, los últimos creados por María Tudor. Los reyes anglicanos, sobre todo Isabel I de Inglaterra, prefirieron emplear tribunales civiles para reprimir a los disidentes religiosos, ante todo a los católicos, creando un tribunal más terrible que el de la Inquisición. Los ingleses secuestraban a los católicos exiliados en otros países, como le ocurrió al católico John Story, que fue trasladao a Inglaterra para ser torturado, acusado de traición y conspiración y ser ejecutado. El sistema por el que el gobierno insistía en juzgar a rebeldes, no a herejes, se mantuvo hasta el reinado de Jacobo I.  La masacre de católicos efectuada por Enrique VIII, Isabel I y Jacobo II- fue considerable, superando las 100.000 personas.

     Así, los fanáticos religiosos obtuvieron el apoyo del gobierno, que financiaba panfletos contra España, de entre los que destaca A Fig for the Spaniard (Una lista de algunos de estos panfletos y el texto de A Fig for the Spaniard se puede encontrar en Una higa para los españoles). También contribuyó Antonio Pérez, que, residente en Inglaterra en la época, publicó en 1598 A treatise Paraenetical. En el texto Pérez repite la imagen de Felipe II y de la Inquisición que ya había dado a conocer Guillermo de Orange, confiriendo un cariz trágico al personaje de Don Carlos y de fanatismo religioso a Felipe II y a la Inquisición, que se mantendrá hasta la época moderna.
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