domingo, 8 de julio de 2012

Imaginario europeo: cine mitológico


El cine del viejo continente, a diferencia de la literatura, la pintura o la escultura, parece avergonzarse de su rica herencia mitológica. Por consiguiente, salvo muy contadas ocasiones como El pacto de los lobos (Le pacte des Loups, 2001) de Christophe Gans, las leyendas y fábulas de la mitología europea se ha visto relegadas a producciones de serie B poco atractivas, como El monstruo de Creta (Teseo contro il minotauro, 1961) de Silvio Amadio, El valle de los hombres de piedra (Perseo l’invincibile, 1963) de Alberto Martino, una pobre recreación de las aventuras de Perseo contra la gorgona. En este sentido el cine de Hollywood ha sido más respetuoso y entusiasta a la hora de convertir un puro espectáculo fílmico las aventuras de Perseo en Furia de titanes (Clash of the titans, 1981) de Desmond Morris, con los efectos especiales de Ray Harryhausen; y Jasón y los argonautas (Jason and the Argonauts, 1963) de Don Chaffey, inspirado en el poema de Apolonio de Rodas (295-215 a.C.) llamado Argonáutica.









Furia de titanes (Clash of the titans, 1981) de Desmond Morris 



      Solamente Hércules ha sido relativamente bien tratado en el cine europeo, gracias a los trabajos de realizadores como Vittorio Cottafavi en La venganza de Hércules (1960) que incluye una pelea con el Cancerbero de escasa calidad técnica, y La conquista de la Atlántida (1961) y Mario Bava en Ercole al centro della Terra (1961). Pese a sus limitaciones, el aliento aventurero, homérico, de La venganza de Hércules es muy superior al de Los amores de Hércules (Gli amori di Ercole, 1960) de Carlo Ludovico Bragaglia, cuyo clímax se supone que es una secuencia que recrea torpemente la lucha de Hércules contra la Hydra de Lerna, provista de sólo tres cabezas, sin que posea entraña épica alguna.







       Quizás la más hermosa lucha entre el Héroe y el Monstruo del cine europeo de todos los tiempos sea la que nos ofreció el realizador alemán Fritz Lang en la primera parte de Los nibelungos, titulada La muerte de Sigfrido (1923) y La venganza de Grimilda (1924). El protagonista del poema épico o Edda descubierto por Christoph Myller en 1782, El cantar de los nibelungos, es tratado por Lang como un superhombre ario, su apostura no tiene nada que ver con los cánones de belleza masculinos helénicos, su valentía bárbara, su nobleza salvaje lo convierten en una antítesis pagana de Jesucristo. Es un héroe emblema del viejo principio militarista germano, modelo del espíritu alemán, de ahí que Hitler admirara ambas películas. Sigfrido forja su espada y parte en busca del dragón Fafnir, el guardián del Oro del Rin, del Anillo de los Nibelungos, sol en la tierra y principio absoluto de toda la vida, al cual ni siquiera los dioses Aesgard fueron capaces de controlar, es la criatura dionisiaca por excelencia: una potencia cósmica pura. El combate de Sigfrido y Fafnir fue símbolo de Alemania contra sus enemigos exteriores, vistos como seres demoníacos e impuros, lo cual adelanta cierta ideología filonazi. Su batalla es la del orden contra la energía pura. Sigfrido, de cabellos rubios, apolíneo, frío, severo se enfrenta a la Bestia, de aspecto rocoso y titánico, es decir, ctónico, representante del lóbrego mundo nocturno. Sigfrido es la línea que el hombre trata contra la naturaleza, contra sí mismo, es la querella entre las dos mitades de nuestro cerebro: la zona gris del córtex y el sistema límbico, entre la razón y los impulsos primarios.



Die Nibelungen (Los Nibelungos) de Fritz Lang del año 1923 y 1924. Son dos partes: La muerte de Sigfrido y La venganza de Grimilda. Después de vivir varias aventuras legendarias, el joven y valiente guerrero Sigfrido, llega a la corte de los reyes borgoñeses en Worms. Por haberse bañado en la sangre de un dragón, que él mismo mató, Sigfrido se ha vuelto invulnerable, con la excepción de un pequeño lugar entre sus hombros. El guerrero consigue la mano de la hermosa Krimilda, pero se ve atrapado en las intrigas asesinas de la reina Brunilda y del celoso Hogen de Troje. Krimilda trama su venganza. Se casa con Etzel, el rey de los hunos, quien se convierte en su instrumento, y prepara sistemáticamente la horrible destrucción del linaje de los nibelungos en esta segunda parte de la monumental película.

      Para Erich Neumann la formación de la conciencia masculina, el ego del héroe, está inminentemente ligada a aquello que llamamos la lucha con el dragón, representado por tres componentes principales: el héroe, el dragón y el tesoro. Al vencer al dragón, el héroe gana el tesoro, que es el producto final del proceso simbolizado por la lucha… Es el combate con una madre que no puede considerar una figura personal sino que se trata del arquetipo de la madre. El miedo al dragón representa el temor masculino al elemento femenino en general. El incesto del héroe es incesto con la Grande y Terrible Madre (…) superar el miedo de ser castrado significa vencer el dominio de la madre… Para el ego y para el elemento masculino el elemento femenino es sinónimo de lo incosciente (…) el vientre de la mujer es el lugar de origen de donde se vino. De ese modo, todo lo que es femenino es, como vientre, el útero primordial de la madre, de la Gran Madre del origen de todo y del incosciente.

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