viernes, 20 de julio de 2012

Ignominia: el cautiverio de Cabrera


    Leyendo por internet encontré que la editorial mallorquina Aucadena había reditado la obra de los periodistas Pierre Pellissier y Jéróme Phelipeau "Les grognards de Cabrera (1809-1814)” (los veteranos de Cabrera) sobre el atroz cautiverio que vivieron más de trece mil soldados franceses en la isla de Cabrera. 


Puerto de Cabrera

        Los hechos ocurrieron entre 1809 y 1814, durante la guerra de independencia contra Francia, cuando esta isla fue usada como prisión. Tras la victoria española de Bailén, los soldados franceses hechos prisioneros (unos 18.000 a 20.000 hombres) tuvieron diversa suerte. Los oficiales y militares de más alta graduación fueron llevados a Francia —como Dupont ó Ligier-Belier—, dónde automáticamente fueron cesados y víctimas del enfado de Napoleón, pues éste consideraba la rendición como una cobardía. Un grupo de unos 4.000 prisioneros fueron llevados a las Islas Canarias, donde terminaron rehaciendo su vida e integrándose, corriendo sin saberlo, mucha mejor suerte que el resto de sus compatriotas. La gran mayoría (entre 7.000 y 9.000 hombres) fueron llevados a la Isla de Cabrera.


      Al finalizar la batalla de Bailén se acordaron las capitulaciones de Andújar,  entre cuyos acuerdos estaba el intercambiar los prisioneros franceses con los españoles. Mientras se negociaban los acuerdos, los soldados franceses, tras una larga caminata, llegaron al muelle de Sanlúcar de Barrameda donde fueron hacinados en barcazas o "pontones", extrañas prisiones flotantes. En el trayecto, muchos murieron a manos de los aldeanos que profesaban en aquellas tierras un odio visceral hacia ellos. Los soldados españoles e ingleses, no hacieron mucho para protegerlos y, garrotazos y pedradas merman el número de los prisioneros que llegan a Cádiz. Las negociaciones fracasaron y, debido al rechazo del pueblo gaditano, los franceses fueron embarcados en dieciséis embarcaciones que los condujeron a Cabrera. Según las Capitulaciones de Andújar (22 de julio de 1808), los prisioneros franceses iban a ser llevados a Francia desde Cádiz en barcos ingleses, pero los hijos de la Gran Bretaña decidieron abandonarlos en Cabrera. Debido a la aglomeración la vida se hizo insoportable en estos barcos, el hacinamiento produjo enfermedades. Muchos heridos no pudieron soportar la falta de higiene, la escasez de alimentos y las tempestades, muriendo gran cantidad de ellos.

      En un artículo de Mariana Díaz vemos que el yacimiento arqueológico denominado Pla de ses Figueres, situado al lado de la playa, ya se puede visitar. Al parecer en este lugar hubo un primitivo convento bizantino del siglo VII y los restos dejados por los franceses. También nos informa de la obra de un historiador inglés, Denis SmithThe prisioners of Cabrera. Napoleon's Forgotten Soldiers 1809-1814publicada en catalán por Patrimonio Cultural del CIM, que aporta nuevos datos al cautiverio de Cabrera.

      El historiador inglés se  pregunta: ¿Por qué los prisioneros franceses que los españoles hicieron en Bailén acabaron en Caberera?". Según Denis Smith, en su libro, documenta la siguiente respuesta: fue una decisión "impuesta" por los ingleses, entonces aliados de España, temerosos de que si los franceses eran repatriados pudieran rearmarse y volver de nuevo a la guerra. El almirante Wellington tomó la decisión, obligado por los políticos de Londres, y otro almirante, Collingwood, mandó las tropas que condujeron a los prisioneros desde Cádiz, donde vivían en pontones, barcos fuera de servicio, en pésimas condiciones. Mallorca era su primer destino, una vez rechazada la idea de devolverlos a Francia, pero las autoridades locales se negaron a aceptarlos. Tampoco los ingleses, que tenían una base en Menorca, los querían allí. Finalmente, 12.000 llegaron a Cabrera en diferentes oleadas.



    Un dato curioso de este cautiverio es que se puede decir que fue el primer campo de concentración de la historia, según la Wikipedia. No existía en la isla ningún edificio utilizado como cárcel, sino más bien, la prisión era la propia isla.

      En Islas prisión en España de Miguel Afonso Campos que se ocupa del tema hay una respuesta de un tal Invitad@  quien afirma que encuentra curioso  que “casi todos coinciden en calificarlo (el episodio) de "historia negra" "campo de concentración", incluso del "primer Gunatánamo". Esto tiene una explicación muy sencilla, aparte de que nos gusta autoflagelarnos, en España tenemos esa tendencia, somos un poco masocas (*)

      El Invitad@ justifica su falta de compasión hacia estos soldados porque les hace culpables del saqueo  de Córdoba y de la violación de decenas de mujeres y de matar a niños de corta edad. El piensa que tienen merecido su castigo porque eran unos monstruos salvajes (*) y unos delincuentes (*). Además, dice que los españoles no tenemos porqué sentirnos culpables, pues quien los abandonó fue Napoleón, que los acusó de cobardes, y quienes decidieron retenerlos como prisioneros en la isla fueron los ingleses.



      Culpables o inocentes, de los 13.000 soldados solo llegaron vivos a la isla 7.000, donde fueron abandonados y vigilados por patrulleras inglesas que controlaban la zona. La isla tenía escasos recursos naturales, con una pequeña fuente de agua dulce, poca flora y fauna, por lo que dependían del exterior para alimentarse. Escriben Pierre Pellissier y Jéróme Phelipeau que ya están "Los franceses, preparados para desembarcar. Al menos es una pausa en sus penalidades, tocan la tierra, locos y ebrios de espacio firme que pisar. La isla no está habitada. Y los españoles se retiran en sus navíos. Después del reconocimiento de la isla, nada que hacer. Frente a un fuerte abandonado y derruido sólo permanece un bergantín inglés. Por fin, el descubrimiento de tres cabras que, al ser acorraladas al borde de un acantilado por tres mil hombres hambrientos que corren en cacería desesperada, saltan al vacío y se esfuman para siempre”.



Castillo de Cabrera

     Una chalupa procedente de Mallorca les traía provisiones, al principio cada cuatro días, encargándose del reparto los oficiales franceses. Sin embargo, debido a las tempestades en el canal que une la isla Mallorquina y la de Cabrera, el envío se retrasó ocho días, dando lugar a un fallido intento de hacerse con el barco por parte de los franceses, que enfadó muchísimo a los suministradores, por lo que no quisieron volver a la isla. Dos meses después se encontró nuevo suministrador, el cual llevó alimentos a la isla encontrando situaciones de auténtica penuria y muertes por inanición.

       Los soldados levantan cabañas junto a la playa, aunque la mayoría no hacen sino entregarse a una espera fatídica mientras ven cómo sus cuerpos van siendo más esqueléticos cada vez. Llegan hasta configurar calles, y una plaza que recibe el nombre de Palais-Royal, sitio de encuentro para intercambiar habas por pan o una guerrera usada por un pantalón remendado. Trueque convertido en comercio con los españoles que se han enterado que si los franceses carecen de todo, al menos conservan algunas monedas de oro.



Inscripciones de los prisioneros franceses en rocas de la isla de La Cabrera. Foto Cuaderno de Historias

      Los franceses se organizan en tres grupos diferentes. Los “Robinsones” controlaban el reparto de alimentos -fundamentalmente pan, habas secas y aceite- procedentes de las chalupas y obtenían alimentos de mar. Este grupo era el más poderoso y consiguió recluir a los que se volvieron locos y enfermos en la llamada cueva de los Tártaros, donde ocurrieron los más terribles episodios de canibalismo. El tercer grupo era el de las mujeres, apenas una veintena, que se prostituían para obtener alimentos.

     Un año después, en 1810, habían muerto la mitad de los prisioneros, mientras que los sobrevivientes se alimentan de insectos, ratas y lo poco que les proporciona el árido terreno isleño. Sin embargo, el grupo organizado ha creado una especie de poblado donde se mercadea y se estudia e incluso se organizan pequeñas obras teatrales. Sacan sal y minerales de la isla, crean diferentes utensilios con madera que venden a los soldados ingleses a cambio de otros productos. El hambre está más controlada, algunas semillas se plantan y se consigue alguna col con la que preparar caldos. Pequeñas granjas de ratas garantizan algo de carne en los días de fiesta…

      Ese año llegan nuevos prisioneros procedentes de Alicante y, cuando parece que la desafortunada situación se va a estabilizar, llegan los terribles temporales de otoño del Mediterráneo, y cesa el suministro de alimento. Entonces la vida en la isla degenera por completo y los supervivientes recurren al canibalismo. El 1814, tras la derrota definitiva de Napoleón, habían sobrevivido unos 3.600 presos que fueron repatriados a Francia y recibidos como cobardes.

       En recuerdo a los que perecieron en esas circunstancias de sufrimiento, enterrados en el cementerio francés, se levantó un monolito en la isla. Las barracas ocupadas en Cabrera por los franceses hechos prisioneros en la Batalla de Bailén ya se pueden visitar.

Relato de lo sucedido

          El 18 de julio de 1809 desciende de la chalupa Damián Estelrich, un cura que envían como respuesta a una petición que han hecho los oficiales; es español y al domingo siguiente da su primera misa. El cura va del castillo, donde están los heridos, a otro refugio edificado sobre la colina, donde están aquellos que se consumen por la disentería o el escorbuto. Primero incineran los cadáveres, luego les acercarán picos y palas con los que construyen un cementerio. Ha terminado el verano de 1809 y los elementos naturales se abaten hostiles sobre ellos. La tormenta barre gran parte de las chozas y a los hombres más débiles, deshace el hospital y extiende los muertos del cementerio por la ladera y las chozas del lado este. Hay que volver a empezar.



      Estos detalles proceden de Víctor ClaudínLa agonía de los franceses de Cabrera 1809-1814. Tiempo de Historia nº 84, noviembre de 1981. En su artículo nos encontramos que después de la tormenta, los carceleros de Mallorca otorgan algunas dádivas: les llevan agua con la ración de comida, a algunos enfermos les ofrecen plazas en el hospital de Palma y a los oficiales les dispensan con el favor de su partida hacia Palma; sólo se quedará uno: Armand, que considera su deber continuar sirviendo a los suyos. Ducor, un enfermo, vuelve restablecido de Palma, con ropa nueva dispuesto a contar punto por punto todo lo que ha vivido en la ciudad. Ese paraíso provoca infinidad de mutilaciones voluntarias para proveerse del destino de los hospitales de Mahón o de Palma que pronto estarán abarrotados. La población mallorquina protesta y devuelve a los detenidos con la promesa, nunca cumplida, de la construcción de un verdadero hospital en la isla.



       Lo más terrible sigue siendo la sed, los labios resecos en espera del turno en la inmensa cola ante el chorrito de la fuente que han localizado en el interior de la isla. La primera evasión la protagonizarán cuarenta marinos franceses a los que les ha correspondido en suerte el intentarlo. Consiguen distraer a los españoles que vienen con la ración, gracias a una pelea simulada: no se dan cuenta de que parte de los galos toman la chalupa con el patrón español a bordo para que sus compañeros no disparen contra ellos. Se toma como la suerte de unos y el éxito de todos y reina una gran alegría.



      Nada más que hambre, sed y hastío durante meses y meses. Se roba para sobrevivir y hay que organizarse, remplazar a la autoridad de la oficialidad creando un Consejo que tendrá doce miembros y cuya primera preocupación es conseguir un espacio, luego se impone una racional distribución de los alimentos, un orden en el uso del agua, dejan fuera de la ley los préstamos usurarios. Así que se castigará a los infractores atándolos a un palo durante cuatro a veinticuatro horas según la gravedad del delito; al reincidente se le cortará una oreja y, luego, ya se verá. Hay que ser severos para conservar la dignidad.  Casi un hombre de cada dos ha muerto.

      El Consejo reglamenta también la caza y la pesca. Alguien incluso llega a nado a la isla Conejera y consigue buen material que vende y deja para su propio uso.

      También se ha construido una superficie elevada con ramas y hojarasca a modo de escenario teatral donde se representan las obras que se recuerdan de memoria. Asisten los soldados que proceden de las ciudades, mientras que los campesinos prefieren convertirse en isleños silenciosos. Aparte de las visitas cotidianas, un día llegan oficiales españoles con la intención de reclutar soldados entre los tres mil esqueletos de la isla de Cabrera. Al fin, después de conversaciones inútiles entre los doce ediles, setenta y cuatro isleños de diferentes países, antes enrolados por los franceses, eligen ese tipo de liberación. El tiempo ahora, en todo caso, se mide por el paso de las estaciones, perdido ya el sentido de los días, de los meses, incluso de los años. Sólo una señal invariable: la barca de los víveres, que si se retrasa un solo día provoca numerosos fallecimientos y una oleada de terror entre los supervivientes.


      En 1810, después de un día de retraso, la barca con los víveres llega y sesenta audaces se apoderan de la barca cuando los españoles toman tierra, pero, casi al punto de escapar, poco más de dos mil seres hambrientos les tiran piedras. Ya no vitorean a los fugados, están hambrientos y la fuga se ha precipitado; luego llegará la cañonera y bombardeará a los que se han tirado al agua y a los que aún permanecen en la chalupa; no quedará ni un superviviente de los sesenta. Y a los cuatro días no viene nadie, ni al quinto día, ni al sexto... Todo son conjeturas... El hambre hace devorar cardos guisados con otras yerbas que provocan perforaciones intestinales, también la "patata de Cabrera", un bulbo venenoso y, en última instancia, se hacen al fuego cocidos de ropas rasgadas. Arriba, gordo, sentado en su baúl cerrado, está el cura que, al fin, repartirá entre los más fieles algunasde las galletas que guarda.


     Ya intentan comer los restos humanos, pero la locura, el agotamiento y la repugnancia pueden con ellos. Para alguien más que intenta la antropofagia hay juicio y condena a muerte que cumplen los españoles. Antes, un último deseo: sacar un bulto, lo que en lenguaje de Cabrera quiere decir comer unas pocas migas de pan. Al octavo día de la terrible espera, y después de haber sacrificado al burro Martín, su mascota más querida, los marinos de la cañonera distribuyen sus reservas y dejan la vigilancia regresando a Palma. Cabrera agoniza. A pesar de los cuidados, los gemelos mueren (se refiere a los dos niños nacidos en las barcazas que transportaban a los franceses a Cabrera), la viuda Jeanne enloquece. Al décimo día todos se refugian en una espera segura de la muerte. Y precisamente entonces se pasa de la ilusión a la realidad de la llegada de la cañonera y de la barca con los víveres. La abundancia mata también a quien no tiene tranquilidad.





     Se han ido sucediendo, también, el desembarco de nuevas decenas, centenas de prisioneros. Es un 12 de marzo, el de 1810, cuando regresan los oficiales. Cuentan su vida disoluta, fácil, en el acuartelamiento de Palma, hasta que la población les pretende matar; así que su retorno es, paradójicamente, un remanso de paz. Su presencia revitaliza la vida de la isla: los primeros esfuerzos son para rehacer las chozas, incluso hacen una casa sólida con materiales procedentes de restos enterrados que van descubriendo; se otorga un suplemento de víveres por parte del Consejo. Se contabilizan 1.422 casas y se bautizan las calles, se elabora un mapa y se llevan a cabo nuevos e insospechados descubrimientos en la isla.



     Los ingleses les traen suplementos de víveres y algunas ropas. Se potencia el comercio con ingleses y españoles. Los isleños ofrecen minerales encontrados en una gruta,  castañuelas, tenedores y cucharas talladas en boj. También los maridos o amantes que no pueden mantenerlas venden a sus mujeres para que ellas puedan sobrevivir... En una subasta, una mujer se oferta por diez francos vestida y cinco desnuda. Esta es una de las pocas ocasiones en que se hace referencia a licencias de intercambio sexual; la moralidad de la época seguramente no permitió que este punto fuera recogido en las crónicas de la época.





     Con trompetas y trombones, y tres o cuatro clarinetes, se improvisa una banda. A la que se suma un coro. Los oficiales del bergantín inglés acuden a la representación teatral de la tarde, va a ser una farsa de Moliere:Le medecin volant, que han podido reconstruir integro. Semanas más tarde, los actores improvisarán sin éxito una revista basada en la vida del Palais-Royal; sin éxito porque el público les correrá. Además ha nacido una epidemia, la del deseo de aprender: se aprende a nadar, a leer y escribir, cálculo, matemáticas, costura, escultura, esgrima, danza. Son las horas menos dolorosas de Cabrera, a pesar de que el hambre sigue atenazando los estómagos; pero el hastío ha sido vencido. Se inaugura un nuevo teatro durante una noche de gala. Al cumplirse el año de estancia en Cabrera nadie tiene ganas de conmemorar el aniversario. Pero es el momento en que el cura Damián intente una gran fiesta religiosa con motivo de Pentecostés. Se canta durante la misa especial el Veni Creator. Su esfuerzo redentor se continúa con una carta al Consejo, que tiene la respuesta adecuada de unos hombres que no toleran que él imponga su ley en la isla.



      Cuarenta oficiales preparan una fuga y, en secreto, van construyendo una balsa que en tres meses está preparada; pero en el último día, los españoles les descubren y la destrozan. Marieu desafía al delator a un duelo a navajas, pero será él quien caiga muerto. Aun cuando la preocupación esencial en Cabrera es el hambre, la situación se suaviza cuando la muerte de prisioneros permite una mayor ración a los supervivientes, aunque mal distribuida. El sistema se va volviendo injusto, pero el Consejo lo tolera, hasta que el capitán Louxical exige justicia y la obtiene después de ser retado a duelo y vencer. Se termina con las ventajas y es el fin de la compañía teatral porque los cómicos no trabajan por nada.


Puerto de Cabrera

      Pero los españoles se dan cuenta de que se envían demasiadas raciones, y Palma envía un comisario para que cense Cabrera. Pero se prepara una maniobra para engañar el recuento. En los siguientes censos los trucos que utilizaban los franceses eran siempre exitosos, al punto de que en el tercero o cuarto, la población había aumentado sin que se correspondiera con nuevas deportaciones. Para el último censo, la Junta de Palma envió tropas armadas que rodearon a los franceses.

        El 27 de julio de 1810, cuando un manto de agonía cubre la isla, los ingleses se llevan a oficiales y suboficiales. A bordo del Britania llegan a Plymouth y a Portsmouth luego, desembarcan y son conducidos a la prisión de Portchester, donde permanecerán hasta 1814. Unos días después, el 15 de agosto, fiesta del Emperador, los que permanecen en tierra organizan una pitanza especial en la gran marmita comunitaria: cada uno pone cinco habas, se mete a un gato salvaje cazado en el bosque de pinos y unas cuantas ratas; hay también algunos salmonetes y un pulpo. Las lagartijas salvajes no las cogen; las consideran peligrosas para comer. Con lo fácil que es apresarlas al no tener miedo al hombre. Por riguroso orden, todos ponen manos a la obra. Es un auténtico festín. Hay quien se emborracha de alegría, de risa, de esperanza.

      Pero Cabrera no es mas que un coto de envidias, desconfianzas y suspicacias, de hombres divididos en rabiosos por escapar, desesperados que se arrastran por el monte y algunos resistentes. Los que sólo sueñan en huir tienen la posibilidad en las barcas de los españoles que pescan en la bahía de Cabrera. Unos lo consiguen y llegan a Berbería y, al fin, en septiembre de 1813, los evadidos se unen a las tropas francesas: son más de treinta hombres. Masson, el cerebro de la fuga, no conseguiría un bergantín para liberar a sus compañeros hasta el 1 de marzo de 1814. Casi lo consigue.


    Pero siguen llegando prisioneros. En 1812, la Europa aliada envía a la isla el contingente más importante: unos mil quinientos prisioneros embarcados en Alicante. No creen lo que les espera y, como hicieran los primeros, recorren la isla, ven la inmensa cola que espera un poco de agua, llegan hasta una gruta donde se agolpan cuatrocientos presos conducidos allí por su locura, por su enfermedad o por castigo a sus robos. También está allí Jeanne, que perdió a los gemelos, a la burra y a su compañero y que ahora se repliega sobre si misma con la mirada perdida y riendo sin cesar... Son los conocidos como “los tártaros”. Los de Alicante se horrorizan. Pero aún no han visto todo, les queda el hospital, mero vestíbulo del “Valle de los Muertos”.


     Wagré, el cabo de la fuente, prepara otra fuga. Mientras, nadie cree todavía en la derrota y retirada del Ejército Imperial. En una de las visitas de los ingleses, un comandante vomita y al retroceder hacia el bergantín ven como un prisionero lame y devora el vómito. Se da poco, pero incluso se ven cosas peores, como aquel eremita que se comía la mierda.

      Un día llega a Cabrera Baltasar, el que va a ser el gobernador de Cabrera y que va a hacer trabajar a los detenidos para que no sigan intentando la evasión. En la primavera de 1813, los cabrerenses, menos “los tártaros” y “los robinsones”, convergen en el Palais-Royal por múltiples motivos: en preparación de una evasión, en espera de una liberación inminente, los que compran y los que venden cualquier cosa. Los charlatanes, los jugadores, hay improvisados tenderetes, chozas transformadas en tenduchos. Se dan gritos, se oferta la mercadería. Ha aparecido dinero y se tienen algunos buenos productos. Lo que ha permitido todo esto son los agricultores que plantaron semillas ofrecidas por españoles e ingleses, aunque nada se desarrolló más que las coles. Y así decrece el escorbuto. También el cura da trabajo en un campo de algodón que quiere hacer. En los acantilados del cabo Lebeche se descubren yacimientos de sal marina que se venderá a buen precio, pero que entraña un gran riesgo conseguirla. El dinero ha venido por los bastones tallados que venden a los españoles; también se encuentra la manera de trenzar un cesto o una canastilla. Se ha conseguido a crédito un yunque. Y el cura organiza un taller de tejidos. Hay ganaderos que reproducen las ratas para que no se exterminen.

      Pero las grietas de la nueva sociedad crecen con las diferencias sociales: maestros, oficiales, aprendices y la corte de pobres: “robinsones” y “tártaros”, incluso hay intermediarios. Eso provoca enfrentamientos por envidias, egoísmos, rapacidades, etc. Los pobres se vengan. Y se ha rechazado la autoridad del Consejo para soportar a Baltasar y a su adjunto, el comisario, que los trata como perros franceses, golpeando más de una vez a detenidos demasiados lentos a la hora del reparto.

      El 16 de mayo de 1814 sólo quedan en la isla tres mil hombres. Una goleta maniobra ante la entrada del puerto, como si quisiera entrar en la bahía, ante tres mil hombres que no esperan nada. Los marinos arrían las velas y echan el ancla. Un oficial de la goleta grita a través de una bocina: “¡Libertad! ¡Libertad para los prisioneros!”

“¡Libertad!”

      La locura se adueña de Cabrera.

"¡Libertad!"

      Los detenidos llegan a la arena de la playa desde todos los rincones de la isla. Unos han podido hacerse con un taparrabos, otros visten una chaqueta desgarrada. Han pasado ya cinco años y once días. "Napoleón ha dejado de reinar. La nación entera ha aclamado el retorno del rey..." Benoist y Jean Baptiste son de los pocos veteranos que han conservado la vida. La partida se organiza para una semana después en un primer convoy, será ya el 23 ó 24 de mayo; a últimos del mes los barcos del rey regresan a por el resto. Es el apoteosis.

"Adiós peñascos, adiós montañas,
Grutas, desiertos, antros horribles;
Dejamos vuestras tristes campiñas
Para volver al hogar feliz.
Podemos cantar a coro
Que la paz nos resucitará;
Pues se regresa del otro mundo
Cuando se viene de Cabrera."


      Todo arderá el día del embarque. Cabrera se purifica. Aproximadamente, las cuentas de Jean-Baptiste suman unos trece mil quinientos los detenidos que debieran haber regresado a su patria. Vuelven menos de tres mil... El cálculo es absurdo, escalofriante... Han muerto tres de cada cuatro detenidos.

"¡Libertad!"

      El puerto de Marsella se llena de pasión por los presidiarios de Cabrera, pero son sospechosos de no adherirse al rey. Con el paso del tiempo todo se pierde en el olvido. Aunque permanezcan algunas preguntas sin contestar, como aquella del porqué nunca los barcos de Napoleón atacasen a un bergantín inglés y dos cañoneras españolas que custodiaban la isla. En 1847, un centenar corto de cabrerenses se reúnen en París. Ese mismo día, sobre una estela de granito colocada en la isla, unas letras permanecerán grabadas: "A la mémoire des Francais á Cabrera", es el príncipe de Joinville, hijo de Louis-Philippe quien inaugura el simple monumento.
  
     Hoy la isla de Cabrera sigue siendo propiedad del Ejército español, aunque algunas personas, como un tal Feliu, la reivindiquen como suya. Allí han establecido su puesto un destacamento de cuarenta soldados y, de cuando en cuando, se practican algunas operaciones y ejercicios. En Cabrera se sabe que hubo uno de los monasterios paleocristianos de la alta Edad Media, durante la época de San Agustín, y que la riqueza arqueológica de la isla es muy importante y casi está a flor de tierra: la cerámica griega y otras maravillas que se mantienen perdidas, olvidadas, como esa cantidad de restos humanos, calaveras, esqueletos más o menos enteros, huesos que se hallan por doquier. Verdadero y bestial recuerdo de un episodio desconocido de nuestra Guerra de la Independencia que se cerró con la desaparición de más de una decena de miles de vidas humanas.

      Esto lo ha escrito Víctor ClaudínLa agonía de los franceses de Cabrera 1809-1814. Tiempo de Historia nº 84, noviembre de 1981. No creo que se pueda añadir mucho más.

      También se puede leer la obra que Laura García Gámiz ha publicado “Cuando el padre nos olvida. Los prisioneros de Cabrera en la Guerra de Independencia (1808-1814), traducción de “Souvenirs del’Empire. Les CabrériensÉpisode de la Guerre d’Espagne” de Gabriel Froger, mediados del siglo XIX, en la que, como él mismo dice, actúa como simple copista de las memorias de SebastienBoulerot (superviviente de Cabrera).






Ruinas de edificios rudimentarios construidos por los franceses. El yacimiento arqueológico del Pla de ses Figueres ha sido restaurado y señalizado.


Fuentes y más información:
Según  Sinuhé GorrisTejiendo el Mundo





Referencias:

Les Grognards de Cabrera : 1809-1814 de Pierre Pellissier y Jéróme Phelipeau
Los franceses de Cabrera, traducción de Carlos Garrido
L'Emperador o L'ull del vent, de Baltasar Porcel
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