domingo, 26 de febrero de 2012

El concepto romántico de brujería


 a. El concepto romántico de brujería

      Ya hemos visto que las confesiones de demonismo son sospechosas, ya que no son producto de la imaginación popular, sino creación de la gente ilustrada, y que arrancaban a las brujas bajo tortura. Sin embargo, una vez creado el concepto de demonio, también es posible que algunos individuos acusados de brujería pretendieran haber realizado pactos con el diablo. Sobre todo muchas ancianas pobres, que al ver lo desesperado de su situación, creían que un pacto con el diablo podría proporcionarles placeres materiales a cambio de la adoración y de venderle su alma. Aunque a nivel individual algunas brujas creyesen haber pactado con el diablo, carece de base la difundida creencia de que había adoradores colectivos del demonio, de la existencia de un culto brujeril que adoraban a un dios representado por un macho cabrío... estas actividades sólo existieron en las mentes de las acusadas, de sus acusadores o de ambos, según Henningsen en El abogado de las brujas.


   La antropóloga Margaret Murray, La Brujería en Europa del Este (The Witch Cult in Western Europe, 1921) mantuvo la idea de que las brujas de la Edad Moderna eran en realidad miembros de un culto de fertilidad antiguo, precristiano, cuyos benéficos ritos fueron malinterpretados por clérigos y jueces. Los paganos se organizaban en covens de trece adoradores, dedicados a un dios masculino. Murray sostuvo que esas creencias paganas y esa religión, que van desde el periodo neolítico hasta el período medieval, practicaban en secreto sacrificios humanos hasta ser expuestos por las cacerías de brujas, alrededor de 1450 d.C. A pesar de la naturaleza sangrienta del culto descrito por Murray, era atractivo por su punto de vista sobre la importancia de la libertad de la mujer, su sexualidad manifiesta y su resistencia a la opresión de la iglesia.

      Margaret Murray sostiene que la brujería -especialmente en la edad media- es el residuo de un antiquísimo culto, anterior a la entrada violenta del cristianismo, reunidos por Murray bajo el concepto de Cultos Diánicos, Dianismo -rama de la brujería con un fuerte sentido feminista-, o Religión de Diana. Este culto sería la esencia de lo que entendemos como Brujería. Nada tiene que ver con los principios del bien y el mal que manejan las religiones invasoras. Su espíritu está vinculado a la naturaleza y la relación del hombre con ella. El cristianismo llega a Europa y comienza a convertir a las clases altas. El pueblo continúa con sus viejos cultos. La iglesia absorbe muchas fiestas, tradiciones, deidades, y leyendas populares, trasladándolas a santos y mártires, muchos de los cuales, ni siquiera intentan disimular su origen. Pero existe un margen de sabiduría popular, de creencias espirituales y folklóricas, que la iglesia no logra fusionar con su visión del mundo. Estos aspectos rebeldes son lo que conocemos como Brujería. Todo lo que involucre a estas tradiciones y creencias será minuciosamente asociado al mal, conducido por la figura de Satán.


  Otros estudios que compartían una interpretación romántica de la brujería interpretaron las asambleas de brujas como protesta organizada contra el orden económico y social establecido o contra el patriarcado. Uno de ellos ha considerado el aquelarre como una actividad de goliardos que parodiarían el orden eclesiástico del momento (Elliot Rose, A Razor for a Goat, Toronto, 1962). Elliot Rose o Norman Cohn (Europe’s Inner Demons) aducen que no se conoce ni un solo caso verificado de brujas o brujos ejecutados por la práctica de ninguna religión pagana identificable… Aunque Julio Caro Baroja no aceptaba la tésis de Margaret Murray, observó un renacimiento del culto a Diana entré los habitantes de los bosques europeos en los siglos V y VI, aceptando la hipótesis de Murray que permiten hablar de una religión bastante organizada.



       El problema de estas interpretaciones es la absoluta falta de pruebas de cualquier reunión de brujas en gran número, con algún propósito diabólico o culto de la fertilidad. El temor al culto colectivo al diablo podría haberse basado en la existencia real de asambleas secretas de otros grupos, como por ejemplo, las reuniones de herejes. Por ejemplo, Carlo Ginzburg descubrió, a finales del siglo XVI, en la provincia italiana de Friul, la pervivencia de un antiguo culto de fertilidad, practicado por los benandanti. Ello supuso un cierto apoyo a la teoría de Margaret Murray. Los benandanti se rodeaban el cuello con su membrana amniótica, o camisa, a modo de amuleto y afirmaban que salían de noche (en estado de éxtasis) a combatir a las brujas, enemigas de la fertilidad. Suponían que las brujas se habían llevado al más allá los cereales y los animales, por lo que había que recuperarlos. Esta pervivencia de la religión antigua se manifiesta de dos formas diferentes:

      a). El cortejo de mujeres extáticas, guiadas por figuras femeninas o diosas, se aparece a mujeres en éxtasis en fechas definidas. El nombre de la diosa: Diana, Habonde, Oriente y Richella. La “mujer del bon zogo”  y las buenas damas


      b). Batallas por la fertilidad. En la literatura desde el siglo X al XVIII se habla de las apariciones del “ejército furioso”, de “la caza salvaje”… En ellos se reconoce a la compañía de los difuntos, o más exactamente, a la compañía de los muertos antes de tiempo: soldados muertos en combate, niños sin bautizar… Esta compañía se aparece exclusivamente a hombres (cazadores, peregrinos, viajeros) entre la Navidad y la Epifanía. Sus manifestaciones más conocidas son:

            1). El  hombre lobo
            2). Comparación entre licántropos y benandanti
            3). Los vampiros y los kresnik
            4). Los táltos del folclore húngaro
            5). Los osetas del Cáucaso: los burkudzäutä
            6). Brujos circasianos contra abjasos.
            7). Los mazzeri de Córcega.
            8). Los kallikantzaroi de la isla de Quíos


Carlo Ginzburg afirma que tras las mujeres (y los pocos hombres) ligados a las “buenas diosas nocturnas” se entrevé un culto de carácter extático. Los benandanti caían en un éxtasis durante las cuatro témporas; igual les sucedía a las mujeres del valle de Fassa; las brujas escocesas afirmaban que su espíritu, invisible o en forma de animal (corneja), abandonaba su cuerpo y viajaba; las seguidoras de la dama Habonde (Roman de la Rosa) caían en estado cataléptico y emprendían un viaje en espíritu, atravesando puertas y paredes. Así pues, tenemos que para acceder al mundo de las benéficas figuras femeninas que dan prosperidad, riqueza y saber se accede a través de una muerte provisional. Su mundo es el mundo de los difuntos. Las “buenas mujeres” están muertas, de ahí la costumbre de dejar en determinados días agua para los difuntos en las puertas de las casas, con el fin de que sacien su sed y que repartan bendiciones a las casas. A los difuntos les gustan los banquetes y las casas limpias.


Benandanti (o bruja) atacando al diablo. Jacob Binck. Alemania 1528.


      En los brujos y brujas del Valais, los benandanti del Friul, la compañía de las ánimas del Ariège… en todos observamos el viaje extático de los vivos hacia el mundo de los difuntos. Aquí está el núcleo folclórico del estereotipo del aquelarre. Aquí están las auténticas brujas de la Edad Moderna. Para Ginzburg la brujería hunde sus raíces en un antiguo culto de fertilidad. Brian P. Levak le objeta que dicho culto no se practicaba de forma real y física, con la presencia de fieles como en cualquier culto pagano. Afirma que Ginzburg no demuestra que sus brujas fuesen paganas o practicaran de hecho el paganismo. Los benandanti no sólo declararon a menudo su lealtad a la iglesia católica, sino lo que es aún más importante, nunca salieron en realidad de noche para luchar contra las brujas, sino sólo en espíritu, mientras sus cuerpos caían en estados de catalepsia (La Brujería en la Edad Moderna, p. 44).

      Brian P. Levack afirma que sólo las ensoñaciones y la imaginación de las brujas pueden sustentar una interpretación romántica de la brujería. Los campesinos acusados de brujería tenían sus propias fantasías, las cuales podrían reforzar la de sus acusadores.  Muchas mujeres creían haber volado de noche y copulado con demonios, lo que reafirmaba la creencia de los inquisidores de que tales mujeres habían participado en un aquelarre (Recuerdo algunas interpretaciones de los sueños y, si no me equivoco, el volar significaba el placer sexual o su búsqueda; por otra parte, también he oído muchas veces que el soñar con toros o animales negros con cuernos es síntoma de deseo sexual. Lo digo por lo del dios cornudo y los vuelos de las brujas).

 Emmanuel Le Roy Ladurie, Les Paysans de Languedoc (Paris, 1966) nos dio a conocer una de las fantasías de los campesinos del Languedoc, quienes imaginaban un orden social invertido como forma de protesta simbólica. La revelación pública de su fantasía podía muy bien interpretarse como una descripción de los aquelarres donde, según se creía, todo estaba al revés. Pero como hemos dicho, la fantasía era mental, no física, con lo que seguimos sin tener pruebas de la existencia real de un culto brujeril o de la presencia de un grupo de personas que practicaran algún ritual interpretado como brujería. (Recordar los signos de la Penya Escrita de Milleneta, o las piedras o círculos de Benirrama).


      El hecho de que la caza de brujas encerrase tal cantidad de fantasía ha llevado a muchos historiadores de la escuela liberal o racionalista a considerar la brujería como un engaño o una ilusión masiva que afectó a los campesinos europeos. Esta quimera se  disipó con el desarrollo del conocimiento científico y la ilustración difundida por Europa en los últimos años del siglo XVII y XVIII. Brian P. Levack tampoco comparte esta teoría, pues el cree que ha demostrado suficientemente que hubo individuos que practicaron la magia, muchas veces nocivas, y que hubo otros individuos que establecieron pactos con el diablo. La verdad es que a mí este segundo punto no me ha quedado nada claro. “Se puede mantener que el mago y el demonista se engañaban a sí mismos; tal afirmación dependerá de las creencias de cada cual respecto a la eficacia de la magia y la existencia de un demonio capaz de mantener tratos con los humanos. Pero cuando los escritores y las autoridades judiciales intentaban acabar con la brujería, no estaban tratando de una amenaza enteramente inventada” (P. 45)  Vaya conclusión más pintoresca, si tenemos en cuenta que ha sido obtenida de premisas como las siguientes:

      a) Que apenas hubo brujas y fueron una minoría las personas que practicaron la hechicería, la mayoría eran ancianas analfabetas.

      b)  Estas ancianas fueron acusadas por malquerencias de sus vecinos.

      c) Las mujeres confesaron bajo tortura.

       d) Sobre la existencia de un pacto con el demonio, la única prueba que tenemos son las confesiones, pero obtenidas con tortura.

      Es como si el señor Brian P. Levack se contradijera, demostrando la falsedad de lo que afirma, pero inmediatamente reaccionaria y dijera, como los gallegos “Pero haberlas, ahilas”: “… cuando los escritores y las autoridades judiciales intentaban acabar con la brujería, no estaban tratando de una amenaza enteramente inventada…” Es decir, existía una amenaza real, sin embargo no nos dice en que consistía dicha intimidación. La mayoría de las mujeres acusadas no practicó ningún tipo de magia maléfica, ni tampoco blanca. No hubo ninguna redada en cuevas que demostrara la reunión de las brujas, ni se sorprendió en ningún claro del bosque la reunión de un aquelarre; muchas de las personas que dijeron haber asistido a estas reuniones confesaron para evitar el dolor y obtener el perdón, en su mayoría eran viejas en estado senil, afectadas por demencias y locuras, fantasías, melancolías y mitomanía.

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